Ciudadanos conscientes - desafío de la educación hoy

Columna de opinión del P. Horacio Arango, S.J., director del Centro de Fe y Culturas y rector del Colegio San Ignacio, publicada en el periódico El Colombiano, de la ciudad de Medellín, el 22 de octubre del presente año.


Solemos decir que alguien es un inconsciente cuando en sus actos no tiene consideración de los demás, cuando obra pensando solo en su beneficio inmediato, sin tener en cuenta los efectos de su conducta a largo plazo. Inconsciente -decimos- el que vota por un candidato sin conocer su propuesta ni su historial o lo hace pensando en un beneficio personal. Inconsciente el que consume de manera desproporcionada o se hace el ciego ante las injusticias sociales y con cuánta frecuencia les decimos a nuestros adolescentes que nos escandaliza su inconsciencia frente al Bullying, el fraude, el mal uso de las redes sociales, entre otros. Esto ejemplifica en la práctica a qué nos referimos al señalar la necesidad de ampliar la conciencia, hasta que podamos sentir que cada ser humano es nuestro hermano y que este mundo es nuestra casa común.

Ejemplos como los anteriores, nos ayudan a entender por qué la calidad de la educación debería pasar hoy por acompañar la formación de personas conscientes, sin embargo, es necesario precisar a qué nos referimos con esta característica pues muchos la usan sin tener claridad sobre lo que significa.

Desde un sentido cognitivo, ser consciente es percatarse de lo que se percibe. Esto significa que no solo sentimos, sino que nos damos cuenta de que sentimos y preguntarnos por qué nos ocurre o por qué lo hacemos de ese modo. Pero la conciencia se puede entender también como ese movimiento interior por el cual, no simplemente nos percatamos de nuestra existencia, sino que nos hacemos cargo de ella en la reflexión que lleva a construir nuestra identidad. Si en el primer sentido, la conciencia me hace saber en qué estoy, en este segundo sentido la conciencia me permite saber quién soy y quién puedo llegar a ser en relación con los otros y al entorno. Así entendida, la conciencia es el lugar del discernimiento y de la sabiduría donde se van consolidando los principios morales y se toman las decisiones relevantes.

Hay en la conciencia una dimensión de profundidad y otra de amplitud que son inseparables entre sí. Por la primera se consolida la identidad y se tiene una experiencia íntima de la vida; por la segunda nos abrimos a la alteridad y nos hacemos solidarios. La primera nos da con qué actuar y la segunda nos muestra a quién servir con nuestra acción. Cuanto más crezca nuestra conciencia en esas dos dimensiones, más sabios seremos. De hecho, creo que la sabiduría no es otra cosa que la conciencia entendida de esta forma integral y me atrevo a decir que el anhelo principal de nuestros centros educativos debería ser graduar a nuestros alumnos en sabiduría antes que en el bachillerato académico.

Ahora bien, para que la tarea educativa lleve efectivamente a una toma de conciencia, se requiere reflexión. Esto se logra abriendo espacios para que los estudiantes dialoguen sobre lo que vivieron, escriban al respecto, decanten lo que experimentaron allí; y en esto, una vez más es fundamental la labor del maestro, que ayuda a discernir lo que se ha vivido. En educación lo que no pase por la conciencia es baladí. Ojalá las comunidades educativas pudieran constituirse, en sus distintos niveles, en verdaderas comunidades de discernimiento, no solo para favorecer la participación, sino para propiciar la toma de conciencia a partir de las diversas situaciones que tiene que afrontar la escuela.

Ciertamente, no será fácil acompañar la formación de la consciencia, pero es necesario. Nos corresponde educar una generación que tiene el deseo hipotecado al mercado, que muestra escasa conciencia de las consecuencias de sus actos y una débil percepción de sus límites morales y por eso nuestra labor se requiere hoy más que nunca.