Visión Cristiana sobre el Perdón

Columna de opinión del P. Gustavo Baena, S. J., miembro del Centro de Fe y Culturas, publicada en el periódico El Mundo, de la ciudad de Medellín, el pasado sábado 7 de noviembre del presente año.


Es común escuchar en las personas la visión de un Dios como juez implacable, que está atento a lo que hacen los seres humanos para ajustar cuentas con ellos. Incluso algunos simbolizan a Dios como un triángulo con un ojo en la mitad para representar alguien que todo lo ve y a quien no se le escapa ningún pecado.

Para entender el sentido del perdón en la visión cristiana es necesario aclarar que en el Antiguo Testamento Dios no deja nada impune. Así habla el profeta Amós varias veces en los juicios que él pone en su profecía; en cambio, en el Nuevo Testamento Dios deja todo impune, es decir, Dios aparece infinitamente compasivo, más aún, perdona antes de que los humanos le pidamos perdón, como lo podemos ver en la parábola del hijo pródigo, donde Jesús nos regala la comprensión que ha logrado de Dios por su amor de misericordia.

Esto muestra claramente cómo la revelación ha sido progresiva y cómo Jesús se convierte en el supremo revelador para entender a Dios de una manera nueva. Lastimosamente muchas personas siguen viendo a Dios con los lentes del Antiguo Testamento, el cual fue una manera de entender la experiencia de Dios en clave de los elementos culturales que tenían en su momento. Es como si hoy quisiéramos conocer la luna con unos binóculos teniendo ya a la mano un telescopio.

Algo similar sucede con el concepto de pecado. En toda la Biblia, a excepción de San Pablo, el término pecado es un término jurídico, es decir, el pecado es un delito, un desorden o un acto repudiable que comete el hombre y merece punición o castigo. En este contexto, perdonar sería sencillamente absolver del castigo. Sin embargo, el hombre pecador queda en su interioridad intacto, en otras palabras, el mismo pecador sigue con su tendencia al pecado desde dentro y por eso, cuando busca ser absuelto o perdonado, parecería que de lo que se está tratando no es del pecador en sí mismo, sino de la consecuencia o del juicio condenatorio de Dios mismo sobre el pecado.

Para Pablo el pecado (en singular) es un modo de existencia del mismo ser humano, una tendencia desde lo hondo de su propio ser a cerrarse sobre sí mismo y a bloquear su capacidad de salida al otro. Ese pecado, que suelen llamarlo posteriormente en la Teología como pecado original, no se perdona, sino que se lo elimina gratuitamente por la acción mediadora del hombre Jesús y de todos los hombres. Lo que la revelación nos ha ayudado a entender a partir de Pablo es que Dios, encarnándose en nosotros, está bregando a eliminar esa tendencia egoísta que tenemos y trasformando al hombre desde dentro, para que salga de sí y se ponga al servicio de los demás y de esta manera, pueda ser más humano.

Esto significa que la acción de Dios por el Resucitado no es cuestión de perdón, sino de transformación del ser para que no peque más. Hay un axioma universalmente admitido: el amor no es compatible con el no perdón, eso quiere decir que sería absurdo siquiera sospechar del amor de Dios, pues nos está creando él mismo habitando en nosotros mismos y dándosenos las 24 horas del día en la estructura profunda de nuestro ser, implícito en nosotros. Por eso Dios es absolutamente perdonador

Nuestro compromiso cristiano sería actuar como Dios, amando profundamente al pecador y perdonándolo con todo la sinceridad del corazón.