SJR Colombia: Historias que Tejen Sueños

Testimonio de Juanita, originaria del pueblo Wounaan Nonam, miembro de la comunidad indígena de Valledupar, ubicada en el bajo San Juan del Pacífico colombiano.


Son las diez de la mañana, y como todos los domingos escucha y participa atentamente sobre las obligaciones y opiniones que se dan durante la reunión en la casa comunitaria. La asignación de tareas es de importancia para Juanita Ginquimía. Como coordinadora de mujeres orienta todos los procesos que están relacionados con la siembra, limpia y recolección de la cosecha, además de que es ella quién decide que mujeres quedan encargadas de asistir a los talleres y cuales deben ayudar a preparar los alimentos. “Sí tenemos mucha caña vamos todas las mujeres y a las diez de la mañana ya estamos en la casa, pero si no tenemos caña, nos demoramos mucho más”, narra Juanita.

Durante la reunión dominical de esa húmeda mañana, varios hombres hablaban con preocupación sobre la importancia de preservar el territorio. Están todos sentados sobre el fresco piso de madera en una especie de círculo, el cual extrañamente está dividido por los hombres a un costado y las mujeres al otro. Es un tema coyuntural. En la comunidad de Valledupar viven 17 familias que ocupan las escasas 48 hectáreas, que apenas les da para sobrevivir, no para alimentarse bien.

Juanita escucha atenta, sobre su cuello posa un hermoso y elaborado collar verde fruto de sus propias manos. Lo muestra con orgullo y predomina sobre los collares de las otras mujeres de su comunidad. Tiene una mirada firme y penetrante, quizá como reposan sus ideas en su cabeza. Su sonrisa es tímida, pero transmite serenidad, y aunque sus rasgos se trasforman en una increíble fortaleza cuando toma la palabra, sigue siendo una mujer sencilla y pausada. Ella, sienta su opinión y es tomada en cuenta por los hombres de su comunidad, pero estas acciones no son reconocidas gracias a los años que pesan sobre su existencia, que es el patrón común. Por años las mujeres indígenas han adquirido el respeto dentro de sus pueblos gracias a su avanza edad y sabiduría, pero en el caso de Juanita no es así.

No obstante que posee saberes y tiene varios años, los cuales a ciencia cierta no se saben, a pesar de que su cédula registra 42, determinar su edad fue un supuesto, ya que su registro de nacimiento no existe y hasta hace muy poco la registraduría logró entregarle a ella, y a su comunidad el documento de identidad. La edad pasó a un segundo plano para esta indígena Nonam, pero sus actividades se convirtieron en algo significativo. Sus ideas, sus consejos a la juventud, sus opiniones y sobre todo sus deseos de superación hacen que sus palabras claven un eco hoy dentro de su comunidad.

Es la única mujer mayor de Valledupar que sabe firmar su nombre, hablar y entender el español y esto la convierte en alguien especial. Tradicionalmente las mujeres mayores de la comunidad no saben escribir, no hablan otra lengua que no sea el wounaam y poco les gusta salir de sus hogares. El interés de Juanita por aprender otra lengua no tiene otro motivo sino llenarse de conocimientos, fortalezas y herramientas para ayudar a preservar y defender su territorio. En la actualidad su comunidad enfrenta una lucha porque se les sea reconocida legalmente la zona en la que hoy están sus hogares. Esa misma que por ley y designio de la madre tierra se les otorgó hace varios años atrás.

Sumado a la no legalización de tierras, la comunidad de Valledupar padece lo ilógico. Mientras que en la UAF (Unidad Agrícola Familiar) señala que por cada familia se deben tener al menos 60 hectáreas para una adecuada producción de alimentos, en la comunidad tan sólo se cuentan con 2 hectáreas y media por cada familia, lo que hace difícil su permanencia y alimentación en el territorio.

Por eso, ella asiste con interés a los talleres ofrecidos por diferentes organizaciones que les brindan apoyo en el objetivo de defender el territorio, “cuando me dicen a mi yo salgo. Mi esposo también me apoya y él me dice que a mí me sirve mucho. Yo aprendo un poquito, cuando ellos hablan. Necesito entender que esta pasado en la zona”, dice Juanita. Quien está interesada en trabajar con sus compañeras, como ella les llama a las otras mujeres de su comunidad, en mejorar la cosecha y variedad de alimentos para ser autosostenibles.

El papel de la mujer indígena es reconocido como gestora de vida, pues dentro de las comunidades ellas son claves en el proceso de producción, reproducción y trasmisión cultural, pero más allá de verse así y de entender la importancia de preservar su cultura, Juanita moviliza a las otras mujeres a que se interesen por aprender a escribir, “ellas deberían salir más a las reuniones”, afirma.

Además de ser coordinadora, es partera y pertenece al cabildo indígena. Hace más de cinco años fue profesora, cargo que ahora desempeña su hija. “Marisela es activa, es fuerte. Yo le enseñé eso, que estuviera informada. Le dije; si usted no va a la reunión usted no aprende. Tiene que ir, porque si esta trabajado con niños debe ir. Ella está estudiando.” Juanita también comparte sus saberes. Aguacerito es la canción con la que alaban al dios Ewandam y es la que todos los niños de la comunidad deben recordar, fue ella quien se encargó de enseñárselos y es una de las prácticas más significativas y simbólicas. Siempre antes de sembrar se debe empezar con los ritos sagrados para augurar una buena y próspera cosecha.

Juanita, a pesar de que no es reconocida en su comunidad como líder, pese a tener las actitudes, es una matrona comunitaria y mientras su esposo, Gerardo, quien sí es reconocido como tal, la apoye, ella seguirá incitando a sus hijos y a los jóvenes de su comunidad para que estudien, se formen, compartan sus conocimientos y ayuden a preservar sus tradiciones “Se debe oír. Yo les digo; óyeme, no hable mala palabra- no hay que pelear” son las frases que repite constantemente Juanita.

Esta mujer y madre de cinco hijos se considera feliz. Ella misma se ha estado abriendo un espacio entre los hombres de su comunidad y mientras narra sus experiencias en su escaso español, asegura que si hubiese recibido más educación tendría más herramientas para luchar por su tierra y que aunque sólo sabe firmar, logró motivado por pertenecer al cabildo indígena, quiere aprender a escribir y a leer español, además de seguir enseñando wounaam, cantos y bailes tradicionales.