En la fiesta de San Pedro Fabro

Pedro Fabro (saboyano, 1506) es un personaje poco conocido pero no por eso deja de ser una de las personas en las que mejor se refleja el auténtico “sello ignaciano”, ya que compartió muchos años de su corta vida con San Ignacio.


Él fue uno de los primeros compañeros –él único ya sacerdote- con que se encontró en París y con el que congenió a fondo a lo largo de sus años de estudiantes a pesar de la gran diferencia de edad en el momento de encontrarse (él 24 años e Ignacio 38). Con Ignacio hizo el mes de Ejercicios, que supuso para él una gran experiencia. Con él y con el resto de compañeros comparte no solo todo lo que constituye la vida cotidiana de unos estudiantes (estudios, afanes, dinero, amistad, etc.) sino también el mismo sueño que va brotando en todos ellos de ir a Tierra Santa al finalizar sus estudios. Él presidirá la eucaristía en la iglesia de Montemartre de París donde todos se comprometen con voto ir a Tierra Santa -¡por ser la tierra de Jesús!- y con ellos compartirá también la enorme desilusión que les produjo el no poder realizar dicho sueño, pues las continuas guerras se lo prohibieron.

Fabro va a ser testigo privilegiado, juntamente con Laínez, de la gran experiencia mística que Ignacio tuvo a unos pocos kms de Roma (“la visión de la Storta”) a donde iban con la intención de ponerse a disposición del Papa para que les enviara a misionar a donde él le pareciera más oportuno. Pero una vez fundada la Compañía de Jesús Fabro –en quien Ignacio tiene plena confianza- va a ser el protagonista principal para llevar a cabo los delicados encargos que le encomienda Ignacio sobre todo en Alemania, España y Portugal. Y será en Barcelona donde recibirá el aviso de dirigirse a Trento porque el papa le ha nombrado teólogo del Concilio. De paso por Roma se encuentra, después de siete años, con Ignacio que le acompañará en el momento de su muerte y sin poder, por tanto, asistir al Concilio. ¡Tenía 40 años!

En su famoso Memorial o Diario espiritual nos dejó descritos sus rasgos más humanos así como sus elevadas experiencias místicas. Sufrió mucho con los primeros (por su carácter indeciso, tímido y escrupuloso) y gozó mucho con los segundos (expresión de su profunda experiencia de Dios, de su deseo de buscarle y hallarle en todas las cosas o, como se decía de Ignacio, de llegar a ser un “contemplativo en la acción”). Todo ello le fue configurando como un jesuita ejemplar: el amigo predilecto de los primeros compañeros, el especialista en dar Ejercicios (era el que mejor los daba, según el parecer de Ignacio), el hombre atento y servicial a la hora de acompañar y echar una mano a todo el que lo necesitase. Un jesuita ejemplar en su tiempo… ¡y hoy! El 5 de septiembre de 1872, el Papa Pío IX, reconociendo el culto que se le venía dando en su nativa Saboya, lo declaró beato y el Papa Francisco lo canonizó en 2013.