CG 36: El discernimiento

  •    Octubre 27 de 2016
  •    José Ignacio Garcia, S.J., coordinador Conferencia Europea
  •    Curia Jesuita en Roma

La Congregación avanza ahora por sus sendas menos brillantes. Atrás queda la emoción de la elección o del encuentro con el Papa Francisco. Ahora se pone en marcha la maquinaria de un órgano de deliberación, para ello pasamos las horas leyendo documentos, escuchando intervenciones y sopesando argumentos. También tenemos tiempo para orar y reflexionar antes de las votaciones que decidirán el acuerdo, o no, con las propuestas. Si a ti, amable lector, te parece un poco aburrido lo que describo, es cierto, lo es. Pero no estamos aquí para divertirnos.


Y tampoco es una queja. Sencillamente describo el momento que nos toca vivir. Pero, además, las condiciones son excelentes para lo que debemos hacer. Discernir, buscar la voluntad de Dios en nuestra vida es un ejercicio intenso, muchas veces frustrante, casi siempre intuitivo y muy pocas veces luminoso y radiante. La mayor parte de nuestras decisiones las tomamos en un rápido equilibrio entre intereses, sospechas, certezas, temores y convicciones. Nuestras decisiones no son siempre discernimientos, pero casi todos nuestros discernimientos terminan en decisiones.

El discernimiento nace de una convicción, sin duda ingenua, pero de una densidad de vida notable: es posible ajustar nuestra vida a la voluntad de Dios. Reconocemos la voluntad de Dios como expresión del amor y el perdón de Dios, que hemos conocido en Jesucristo, y que podemos experimentar por la acción del Espíritu Santo. Y si la posibilidad de una voluntad de Dios parece como una cierta amenaza a nuestra libertad hablemos entonces, sin miedo, de un sueño de Dios para el mundo y también para mí. El discernimiento no es un juego de dos voluntades que buscan imponerse, sino el encuentro de dos libertades que quieren, precisamente, encontrarse. Y entonces, establecer una alianza. Un pacto fundado en la mutua donación y que dura lo que nosotros seamos capaces de mantener, porque por el lado del Señor no se rompe nunca.

La Congregación es un ejercicio, complejo e intenso, de discernimiento comunitario. Si la experiencia del discernimiento tiene mucho de aventura emocional (distinguir lo que nos impide ser libres, reconocer nuestra fragilidad y confiar más allá de nuestro cálculo estrecho de costes y beneficios), la experiencia del discernimiento comunitario tiene el aspecto de una orquesta tocando hermosas piezas. En nuestro caso la orquesta ha ensayado junta ¡muy pocas veces! Y, sin embargo, a medida que pasan los días, vamos avanzando en la comprensión de un sentir común. La dinámica de grupos ayuda, la gestión de la diversidad cultural es imprescindible, pero más profundo que eso está la sensación -gozosa- de sentirnos conducidos. Ese sería el gran secreto de esta asamblea, la voluntad -el sueño de Dios- nos va haciendo converger. La consolación es como la luz que nos va mostrando el camino, por eso, un aplauso espontáneo puede ser más convincente que muchos discursos.