"Solo siendo jesuita..."

Testimonio de James Conway, S.J., Guyana (BRI), sobre cómo las experiencias vividas en su infancia generaron un enorme interés por la justicia social al entrar a la Compañía.


Escribo estas líneas en el décimo aniversario de mi ordenación. Estos hitos marcan nuestras vidas. Nos ayudan a pararnos y a mirar los caminos recorridos. Entré en el noviciado cuando tenía 31 años, trayendo conmigo una vasta gama de experiencias. El hilo, o uno de ellos, que conecta mi vida `antes´ y `después´ de la entrada en el noviciado, es mi enorme interés por los problemas relacionados con la justicia. Mi interés por la justicia social se remonta a mi infancia, por esto quizás lo llevo tan dentro.

Es posible que cuando era niño quizás no fuera tan consciente de ello, pero estoy casi seguro de que hunde sus raíces en ver a mi padre discapacitado luchando por criar a una familia con recursos muy limitados. Yo tenía meses cuando mi padre quedó seriamente herido en un accidente laboral que le impidió seguir trabajando. Al crecer me di cuenta de su sensación de aislamiento e impotencia que, por lo menos en un primer momento, modelaron su mundo y el de toda nuestra familia. Pude ver y oír también la discriminación a la que se enfrentaban las personas discapacitadas -llamadas en aquel entonces "inválidos"- y el efecto que estas categorías y etiquetas tenían sobre la gente. Los retos para acceder a la ayuda y a los servicios sociales, complicados y difíciles de alcanzar, y posiblemente diseñados para separar a los pobres "que lo merecían" de los "que no lo merecían" hicieron mella en mí.

Necesité años para conectar la forma de injusticia que viví en mi casa por la situación de mi padre y que impactó a mi familia, con otras formas de injusticia que, una vez percibidas, parecían estar en todas partes. Y necesité todavía más tiempo para reconocer que mucha injusticia se debía a estructuras sociales que no tenían por qué ser así.

Esta intuición volvió a hacerse presente durante un año en el que trabajé en Bangladesh con programas de desarrollo de OXFAM, una ONG británica. Fue un año muy formativo, que realmente me transformó. Tenía entonces 21 años y no había viajado nunca tan lejos, así que todo me parecía muy nuevo en muchos sentidos. De pronto me vi sumergido de lleno en un mundo de miseria que abrió mis ojos y mis entrañas de una forma alarmante al sufrimiento de mujeres y hombres. De repente, empecé a darme cuenta de las impresionantes brechas de riqueza y poder que existen, presentes en cada nivel de la vida humana -local, nacional e internacional- y que los sistemas financieros globales y los sistemas de "ayuda" gubernamental internacional fomentan y refuerzan.

Durante ese año conocí los escritos de Paolo Freire. Un grupo de religiosas aplicaba la pedagogía de Freire a un programa de alfabetización de adultos para campesinos sin tierra. Su pedagogía me cautivó por cómo se servían de la alfabetización -que se les negaba hasta entonces- para que las personas describieran su vivencia y por el modo en que despertaban en los campesinos la toma de conciencia de la explotación en que vivían.

Recuerdo que cuando leí por primera vez el libro de Freire "Pedagogía de los oprimidos" me sentí como despierto o, mejor dicho, tomé conciencia de cómo el lenguaje y los sistemas pueden utilizarse para crear una cultura del silencio. Y pude desgranar de este libro muchos otros incontables tesoros que siguen ocupando un lugar especial en mi biblioteca.

Desde que entré en la Compañía he estado casi siempre junto a refugiados y migrantes. Como "maestrillo" estuve en el noroeste de Inglaterra trabajando para una red local de apoyo a refugiados y, después de la ordenación, mi tarea en la parroquia consistía sobre todo en ayudar a migrantes, la mayoría de ellos indocumentados. Antes de la tercera probación he trabajado en el Servicio Jesuita a Refugiados en Londres y he sido capellán de un centro de detención cerca del aeropuerto de Heathrow.

Al reflexionar sobre ese periodo de mi vida, veo ante mí los rostros y las sonrisas de la gente con quienes he trabajado y que he encontrado. Recuerdo también algunas historias increíbles y la angustia de las personas. Pienso en los enormes obstáculos que muchos tuvieron que superar y quedo atónito ante el valor que muchos han mostrado. Encuentro sorprendente el gozo profundo que es posible sentir al trabajar en el apostolado social teniendo en consideración el sufrimiento de las personas con quienes nos encontramos y la vulnerabilidad que cada encuentro evoca.

Ahora estoy trabajando en Guyana con una población indígena en la frontera con Brasil. Solo siendo jesuita y sacerdote me habría atrevido a esperar tantas increíbles oportunidades de ver y experimentar la vida en toda su diversidad. AMDG

Tomado del Secretariado para la Justicia Social y la Ecología