La alegría del servicio

Testimonio del jesuita Erik John J. Gerilla, Timor Oriental, publicado en el sitio web del Secretariado para la Justicia Social y la Ecología, en el cual manifiesta que las tareas apostólicas asignadas como novicio y como escolar fueron fundamentales para fortalecer su compromiso con el apostolado social.


Ingresé en el noviciado en Manila en el año 2003. Por aquel entonces no tenía ninguna inclinación particular respecto a qué ministerio quería desempeñar; tan solo esperaba llegar a ser sacerdote algún día y terminar trabajando en una parroquia. Pero no podía imaginar que las tareas apostólicas que se me asignaron como novicio y como escolar moldearían con el tiempo mi interés en -y mi deseo de- comprometerme en el apostolado social la mayor parte de mi vida de jesuita. En Filipinas, los jesuitas estamos involucrados en un amplio abanico de tareas sociales. La Doctrina Social de la Iglesia y otras herramientas que aprendí durante mi formación han alimentado en conjunto mi deseo de explorar en mayor profundidad este ministerio, a menudo tan complejo, cargado con una buena mezcla de alegrías y penas.

En cuanto fui ordenado sacerdote hace dos años, la primera tarea que se me encomendó fue directamente en el campo que he aprendido a amar. Fui enviado a Timor Oriental, donde también había pasado unos buenos años de magisterio. Para esta misión, se me nombró director del grupo encargado de poner en marcha el Servicio Social Jesuita de Timor Oriental, recién creado. Cuando me incorporé, el grupo había iniciado algunos pequeños proyectos e identificado algunas áreas prioritarias clave. Puesto que el grupo había planificado y debatido ya diversas cuestiones sociales que preocupaban a las comunidades a las que servían, me resultó bastante fácil convenir una planificación estratégica para el equipo. El resultado del proceso nos llevó a continuar lo que habíamos comenzado, pero esta vez con mayor atención a cuatro asuntos estratégicos. El equipo está pensado para volcar nuestras capacidades humanas y nuestros recursos en el desarrollo comunitario integral, y este mandato ha ganado matices adicionales en el nuevo plan estratégico.

Nuestra preocupación primordial es el bienestar de las comunidades a las que servimos. Podría parecer fácil mantener esto en mente, pero con el tiempo hemos aprendido que, cuando vamos de un lado a otro organizando comunidades y recabando todos los recursos que podemos obtener, a menudo pasamos por alto la consideración de dónde están las personas y qué es lo que ellas tienen para empezar. Me he esforzado al máximo para aplicar lo que sé sobre el enfoque del desarrollo comunitario basado en activos (asset-based community development), pero no resulta fácil en el contexto de Timor Oriental, donde casi todo es rudimentario. Sin embargo, estas comunidades tienen recursos tanto tangibles como intangibles. Ver en su caso que "el vaso de agua está medio lleno, no medio vacío" es determinante para ganarse su confianza y lograr que nuestro trabajo sea más efectivo de lo que sería si nos esforzáramos denodadamente por lograr objetivos cambiantes.

El punto de partida para organizar comunidades conforme a nuestro programa de desarrollo comunitario integral son los proyectos de suministro de agua en estas comunidades. En áreas en las que el acceso al agua potable es difícil acometemos la construcción de un sistema sostenible de suministro de agua perforando hoyos para instalar bombas de agua que la extraigan de fuentes subterráneas. Puesto que el agua es un recurso vital para la supervivencia, debería ser más bien fácil organizar a estas personas y requerir la acción comunitaria. El reto radica en cómo expandir la visión de los beneficiarios de estos programas, de suerte que sea posible sacar de ellos su propia visión de futuro, es decir, lo que les gustaría ver dentro de cinco o diez años, y a partir de ahí generar ideas sobre cómo conseguirlo. A menudo tratamos con personas que tienen una visión de muy corto alcance a causa de la prolongada lucha y de las privaciones sufridas durante un largo periodo de tiempo. Con frecuencia les cuesta imaginar un futuro mejor. Yo mismo me encuentro a menudo en ese dilema cuando he de hacer frente a una compleja red de cuestiones para las cuales resulta casi imposible hallar soluciones rápidas.

En los pocos años que llevo comprometido en el apostolado social, en especial en el contexto de Timor Oriental, me he convencido de que no podemos sino plantar semillas y cuidar los pimpollos en el curso de nuestra vida. Las generaciones futuras recogerán el fruto a su debido tiempo. Así las cosas, estamos llamados, por lo tanto, a ser más pacientes con este movimiento que avanza más bien despacio. En nuestros proyectos de suministro de agua tenemos un conjunto bien definido de objetivos, así como de indicadores de que estos objetivos se están cumpliendo; sin embargo, solo nos planteamos objetivos evaluables y temporalmente limitados. Nuestros mejores esfuerzos para asegurar que el hecho de brindar a una comunidad acceso a agua potable tiene todo el impacto posible siempre se quedarán cortos en relación con las inmensas posibilidades y el enorme impacto que pueden derivarse para las vidas individuales.

Ahí es donde está el gozo de servir a la gente. La sonrisa en los rostros y el entusiasmo de las personas son tan conmovedores que nos impulsan a vivir con mayor pasión todavía nuestro trabajo. Cometemos errores, pero nos las arreglamos para volver a levantarnos, porque el aprendizaje es una puerta abierta para nosotros, que nos estimula aún más. Ello viene acompañado de la sensación de que hemos hecho algo, no importa cuán insignificante o intrascendente. Lo que aprendemos y permanece presente es que, si hoy servimos a los demás con corazón alegre, el futuro cumple las promesas. Hay luchas y retos de enormes proporciones, pero el gozo de servir a estas personas contribuye a mantener el ánimo, aun cuando asalten las dudas.

Fuente: Secretariado para la Justicia Social y la Ecología