El Espíritu entre obstáculos

Esta es la semana de Pentecostés. El domingo pasado, los católicos celebramos la Venida del Espíritu Santo. Fiesta llena de significado en las circunstancias actuales. Cuando Colombia se debate entre el castigo vengador y el perdón en verdad y justicia restaurativa. Y el mundo se divide entre los que quieren una comunidad planetaria en la Casa Común y los que invitan a sacarle al planeta todo para hacer negocios ya, con Estados Unidos, el país por fuera del Acuerdo de París, donde Wall Street es primero que la gente y que la Tierra.


En contraste, la fiesta de Pentecostés es memoria de la fuerte experiencia comunitaria de Jesús resucitado. Cuando entregó a sus discípulos el Espíritu: la cercanía conmovedora no del dinero y del poder, sino del Misterio de lo definitivamente importante, que los creyentes sentimos en el regalo de la vida y en la llamada en conciencia a amar en compasión, solidaridad, respeto, justicia y perdón.

Intimior intimo meo (lo más íntimo de mi propia intimidad), llamaba San Agustín a esta captación de la presencia del Espíritu, más allá de sí mismo, en el encuentro silencioso con el misterio del Amor gratuito, que le regalaba la existencia personal en la inmensidad del universo. Que lo tomaba a él, Agustín, infinitamente en serio. Para impulsarlo a acoger misericordiosamente a los demás como él era acogido.

El relato de Pentecostés describe la comunidad movilizada por esta inesperada energía. Todos y todas lo testimonian inmediatamente, y los que no son de la comunidad lo comprenden, en ese grupo de hombres y mujeres tomados por el Espíritu. Es una fiesta de gracia y de fraternidad, que toca lo más hondo del sentido del ser humano, captado ese día por judíos y romanos, árabes y cretenses, creyentes y no creyentes.

Este es el Espíritu que busca abrirse paso en los hombres y mujeres de Colombia y del mundo: indígenas y negros, campesinos y habitantes populares, sindicalistas y empresarios, uribistas o santistas, exguerrilleros y militares; y, allende fronteras, en estadounidenses y europeos, asiáticos, africanos, árabes y latinos. En todos, el mismo Espíritu, que brega por afirmar, en medio de nuestros aciertos, errores y dudas, la dignidad de ser radicalmente amados, que nos mueve a cuidar a cada quien en el respeto de género, de cultura, de raza de historia personal.

La crisis de Colombia es una crisis espiritual profunda. Nos golpea con dolor. Nos llevó a la guerra, o a como quieran llamar a nuestras 2.000 masacres, 60.000 desaparecidos, 30.000 secuestros, 3.000 ‘falsos positivos’, 8 millones de víctimas. No importa quién fuera el presidente, así fue. Y somos parte de la crisis del ser humano en el mundo, donde el miedo a los demás levanta muros, donde da pánico aceptar que lo primero es la comunidad universal en la casa planetaria que tenemos que cuidar juntos, y donde el país que debía reunirnos en confianza y solidaridad se separa para mostrar su bárbara potencia de egoísmo financiero y armado en Trump, el líder impredecible y peligroso.

La realidad es que todos ponemos obstáculos en nosotros mismos y en nuestras comunidades y naciones a la acción del Espíritu, que nos hace seres humanos en la maravilla de la Tierra y nos invita a restaurarnos, reconciliarnos, creer los unos en los otros, construir juntos desde nuestras diferencias para que prevalezca la paz.

En el Evangelio del día, Jesús entrega este Espíritu con el mensaje de la Pascua: “Que la paz sea con ustedes, reciban al Espíritu Santo”. Y la paz se hace con el enemigo ¿Y si no, con quién? Por eso dijo en otro momento: “Amen a sus enemigos. Hagan el bien a los que les hicieron mal”. Y en otra ocasión: “Lleven la paz, como ovejas en medio de lobos, a sabiendas de que serán incomprendidos y perseguidos por ello”.