La paz vuelta añicos

Quienes siguen mis escritos y conocen mi pensamiento sobre el proceso de paz recordarán, en primer lugar, que soy un convencido de la necesidad de vivir en paz como un legítimo anhelo de alguien que ha vivido toda su vida en un país en conflicto interno pero también, y en segundo lugar, que siempre he dicho que la paz no era firmar unos acuerdos con el mayor grupo guerrillero, incluso con todos los actores del conflicto, sino que ese derecho a la paz sólo se alcanzará cuando haya auténticas condiciones de justicia y equidad.


También lo he dicho muchas veces aquí, la guerra es un sucio negocio que mueve miles de millones de dólares en todo el mundo y no conviene que tan lucrativa inversión frene sus réditos. La paz tiene tanto enemigos abiertos y frenteros como enemigos ocultos y solapados. Si se trata de sabotearla, ponerle trabas, hacerle zancadilla, bloquearla, oponerse, tumbarla, desprestigiarla, volverla añicos y acabarla, todo vale. Lo que pasó en el centro comercial en vísperas del día del padre es una muestra irrefutable de terrorismo ruin y miserable que sacrifica víctimas inocentes con el propósito de generar pánico, caos, desasosiego social. Hay que amargar la fiesta. El frenético carnaval de muerte y derramamiento de sangre no puede acabar.

La paz se ha convertido en la pelotica que se tiran unos a otros, la manosean, la pisotean, se la disputan, la acarician, se le paran encima, la botan, mejor dicho, da para todo. Con un gobierno en su ocaso, con una popularidad en declive, que logró lo que ninguno pero que nunca lo supo manejar, pasa lo que le pasa a los animales salvajes, todos le caen encima, lo convierten en su presa de festín y se lo comen vivo. Nunca el tocosan había funcionado tanto como ahora.

Los intereses que se mueven ahora y cada vez más en tiempos de campaña electorera son eminentemente politiqueros y por supuesto económicos. La presea es el poder y hay que conquistarlo a como dé lugar. Todo vale. Ya se verá luego cómo se reparte ese botín, cómo primero se traicionan y luego cómo se destrozan los vencedores entre sí. Por ahora parecen amigos, pero en verdad siempre han sido enemigos. Eso lo saben. Amigos de oportunismo y conveniencia, sociedad temporal y frágil. Curiosamente eso es lo que les importa. Su bienestar y confort. La paz es una pelota con la que se juega. Es un tema, es un pretexto.

En medio de ese siempre sórdido y complejo panorama, justicia y equidad no existen en la jerga. Eso no importa, eso no conviene. Se sabe que allí está el meollo para alcanzar la auténtica paz pero nadie lo afronta, nadie lo aborda. El asunto no era firmar unos acuerdos, la cuestión era tener sólido el andamiaje que los pudiera sustentar y ese andamiaje resultó endeble. Por eso todos se sienten con derecho al paro y a la huelga, a pedir de todo hasta alcanzarlo. Si las FARC lo lograron por qué no nosotros. El gobierno está debilitado en su agonía, desangrado y anémico en su economía y hay que sacar provecho. Por eso todos sacan tajada, quieren pan y pedazo. Los elenos se sienten fortalecidos ante la debilidad de un gobierno moribundo representante de un estado venido a menos. Los acuerdos de paz hay que hacerlos añicos vociferan unos, hay que modificarlos precisan otros. Pero ninguno, repito, va al meollo, va a la fuente. El asunto es de fondo, el asunto es de equidad y de justicia social en un país tremendamente inequitativo e injusto.

La paz que queremos ha resultado más compleja de lo que nos imaginamos. El vacío de Estado ha sido tan fuerte que hay una ausencia generalizada de institucionalidad. No hay credibilidad frente a un Estado que promete el oro y el moro pero casi nunca cumple. La corrupción campea descaradamente victoriosa. La impunidad es evidente y pareciéremos al borde de la anarquía. El estado fallido no es discurso, es un hecho. Y eso no es culpa de este gobierno como amnésicamente algunos atribuyen. Se les olvida que de todos antes se ha dicho lo mismo.

Me da pena volver a lo de siempre, pero se hace necesario, como diría el finado Gómez Hurtado, un acuerdo sobre lo fundamental: los principios y valores que nos mueven, la familia y la escuela sólidas como instituciones basilares transparencia y honestidad como condiciones básicas incuestionables… mejor dicho, lo de siempre y que ya sabemos pero que o no queremos o que no nos dejan. Hay que seguirle apostando a la paz verdadera y no dejarla volver añicos como algunos insisten.