Oraciones Milagrosas

Para empezar, debo decir que las oraciones milagrosas no existen. Me refiero a aquellas fórmulas de oración de las que se asegura que son “milagrosas”, en el sentido de que por el hecho de pronunciarlas se conseguirá el favor solicitado. En otras palabras, oraciones que por su propia virtud realizan el milagro u obligan a un santo o a un poder sobrenatural a realizarlo.


Los verdaderos milagros sólo pueden ser obra de la libertad y omnipotencia de Dios. Ni siquiera se puede decir que sean obra de los santos. Los santos pueden ser simples intercesores ante Dios, no autores de milagros.

Al pensar en escribir mi artículo sobre este tema, busqué por curiosidad en Internet. Me quedé pasmado al ver allí cómo se anuncian, por centenares, oraciones milagrosas a cantidades de santos y ángeles; y para implorar por todas las necesidades imaginables del ser humano: por el amor y el dinero, el trabajo y la salud, la prosperidad, para quitar maldiciones, para conseguir imposibles.

Pensé que si estas fórmulas, pretendidamente milagrosas, dieran resultados seguros, ya hubiéramos convertido este mundo en un paraíso: una vida sin angustias ni dolores, y con todas nuestras ambiciones satisfechas.

Caemos en los barrizales de la superstición cuando pretendemos manipular por medio de determinadas fórmulas, a un santo o a una potencia sobrenatural, para lograr nuestros deseos. Dista mucho de esa práctica la oración cristiana: la petición humilde y confiada de quien expone sus necesidades al Padre del cielo y acepta de antemano su voluntad.

¿Qué tal los paquetes de oraciones a San Judas Tadeo que a veces encontramos en una banca de la iglesia? Allí se nos advierte que para conseguir el favor deseado y evitar eventuales castigos debemos sacar 50 copias y repartirlas. Y se mencionan casos de favores, y también de castigos a quien interrumpió la cadena de oraciones o se burló de ella.

El padre Hernando Muñoz, mi compañero encargado del templo de Cristo Rey en Pasto, solía recoger esas oraciones milagrosas y con unos buenos paquetes de ellas pronunciaba el domingo una homilía dramatizada: “Convénzanse - decía- cómo todas esas promesas y amenazas son mentira. Miren cómo yo, en vez de multicopiarlas y difundirlas, me burlo de esos papeles, los arrugo, los pisoteo, los escupo y ahora los arrojo a la candela (todo esto lo hacía delante de los fieles), y verán cómo no me sucede ninguna de las desgracias anunciadas. Efectivamente al padre Hernando nada le sucedió y hoy sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal en Bucaramanga sano y salvo.

El catecismo de la Iglesia Católica advierte: “La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia de algún modo mágica a ciertas prácticas por otra parte legítimas y necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, presidiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición” (2111).