La reunión impensable

  •    Julio 27 de 2017
  •    Francisco de Roux, S.J.
  •    Bogotá

El 19 de julio tuvo lugar este encuentro entre exjefes de las autodefensas y miembros del secretariado de las Farc. Fui invitado por Álvaro Leyva para contribuir a un ambiente de confianza y respeto. Ayudaron, sin querer aparecer, dos mujeres entregadas generosamente a la reconciliación. El lugar fue la casa provincial de los jesuitas en Bogotá.


En las redes, sensatas unas, envenenadas otras, se dijo de todo, y los periodistas especularon sobre el evento. Un comunicado escueto y claro de los participantes apareció en la prensa.

Lo importante es el sentido de este diálogo y por eso van estas reflexiones. La paz, como construcción de largo plazo de toda la sociedad, tiene por condición fundante el final de la guerra entre los que se enfrentaron a muerte. Y esta ocurre cuando ellos toman la decisión de dejar de lado el “ojo por ojo” vengador de heridas salvajes que claman retaliación. Este paso fortalece el protocolo de los acuerdos formales.

El encuentro entre hombres que se hicieron daños descomunales e hicieron daños a la sociedad no es justificación del mal hecho. Al contrario, es un acto de aceptación transparente de responsabilidades mutuas y una determinación de invertir la vida que queda en reparar, restaurar y aportar a un mundo nuevo.

Este ponerse juntos de los más opuestos, de quienes en su distancia radical abarcan a todas las posiciones contradictorias y excluyentes, es muestra de que es posible el sueño de otro país. Que tenemos que construir entre todas y todos o no habrá futuro para nadie. Y de que, para que sea posible, todas y todos tenemos que cambiar.

La conversación, que se inició con prevenciones e incertidumbres, desató durante ella misma y dejó en marcha un movimiento de aceptación transparente y sin miedo de la realidad histórica y humana de cada quien y sus organizaciones, y terminó con un acto de fe en la sinceridad del otro y un apretón de manos jovial y sereno. Muestra de la reconciliación que puede abrirse paso entre polarizaciones.

La llegada al claustro de los jesuitas dio pie para que los participantes se situaran más allá de sus grupos, intereses o partidos, para pensar en la causa más grande: las víctimas. Y lo hicieron por disposición propia, sin ser requeridos. Como si al mirarse de frente vieran la sangre y el dolor espantoso de Colombia, que clama el ‘basta ya’, y lo asumieron como algo propio.

Contra toda incredulidad, se mostró que los seres humanos pueden cambiar. Aunque esa transformación les tome años. Allí, los que consideramos como los más malos tomaron el riesgo de creer en la conversión de sus antagonistas mortales. En espera de que los que nos consideramos “la gente de bien” tengamos la grandeza de parar los odios entre nosotros y ofrecer una casa común de confianza a quienes salen sin armas de la guerra, con el coraje de creerles y abandonar el señalamiento de terroristas, asesinos y bandidos.

Finalmente, los participantes pusieron la verdad, desde todos los lados, sin restricciones, como el componente más importante de la tarea que sigue. No la restringida verdad jurídica que se limita a responder ante el juez si se es o no partícipe en un crimen puntual de guerra o de lesa humanidad, sino, mucho más allá, la verdad de organizaciones, personas, propósitos políticos y económicos, que propiciaron la inmensa tragedia. Pero no la verdad para acrecentar los odios y los señalamientos, sino la verdad para que nos miremos en el desnudo de nuestras responsabilidades, despojados de disculpas y abogados, y para que, conscientes de todo lo acontecido, podamos transformarnos juntos.

Quedamos así en el horizonte del perdón libre. Que no es conceder impunidad, sino ofrecer toda la verdad, reparar todas las víctimas, deponer todos los odios y encontrar la justicia.