Formando líderes para la paz

La Congregación Mariana Claver de Bucaramanga, en alianza con el Programa Colombia Responde de USAID, se dio a la tarea de formar 2.500 extensionistas rurales en 18 municipios de Antioquia, Córdoba y Nariño. Su objetivo: potenciar las capacidades de los ciudadanos que habitan estas regiones, para que se conviertan en replicadores de conocimientos en sus comunidades y aporten a su desarrollo económico y social.


—Este día va a cambiar la historia de la región. Ustedes nos han devuelto la credibilidad —dijeron a los docentes de la Congregación Mariana Claver varios campesinos del caserío Brazo Izquierdo, del municipio de San José de Uré, en el sur de Córdoba, la mañana del 14 de agosto de 2016 cuando recibieron el certificado que los acreditaba como extensionistas rurales en caucho y cacao.

Tenían suficientes razones para sentirse contentos. Parecía que al fin alguien se acordaba de esta humilde comunidad, perteneciente a uno de los municipios más jóvenes de Córdoba y afectado, como casi toda esta región, por el conflicto armado, la minería informal y los cultivos ilícitos.

—Aquí nunca habíamos visto que llegara alguien a darnos una formación tan completa —expresaron emocionados mientras permanecían sentados en los improvisados bancos de su escuela, que engalanaron con entusiasmo para la histórica ceremonia.

La escena viene a la memoria de Claudia Moreno, una mujer jovial y de corazón noble, que un día abandonó su natal Bucaramanga para viajar al Bajo Cauca antioqueño a apersonarse de un gigantesco reto personal y profesional: formar 2.500 personas como extensionistas rurales en 18 municipios del Bajo Cauca, el Norte de Antioquia, el sur de Córdoba, y en Tumaco, departamento de Nariño.

A Claudia, quien es una especie de embajadora de la Congregación Mariana Claver Bucaramanga, le correspondió el reto de liderar —junto con Luis Fernando Durán, gerente de la institución y director general del proyecto— este proceso formativo gracias a la alianza entre la Congregación y el Programa Colombia Responde, de USAID, para fortalecer a las organizaciones productivas en los municipios donde este programa ha venido haciendo presencia durante los últimos cinco años.

Un extensionista rural es una persona que ayuda a gestionar el desarrollo de una comunidad desde cada una de las líneas económicas en las que se forma, explica Claudia mientras permanece sentada en la céntrica oficina de la Congregación Mariana, en el municipio de Caucasia. —Es un replicador del conocimiento para que los productores mejoren su cadenas productivas —añade.

—¿Pero cómo vamos a hacer este proceso posible? —fue lo primero que se cruzó por su cabeza. Si bien la Congregación Mariana Claver ha acumulado una vasta experiencia en procesos de educación para el trabajo y el desarrollo humano, este proyecto representaba un desafío especial. Significaba llegar a zonas alejadas de tres departamentos donde pocas instituciones habían estado antes. —¿Y cómo seleccionar a los estudiantes? —también se preguntó. Para esto resultó fundamental el apoyo de las organizaciones productivas existentes en cada uno de los territorios.

Fue un proceso integral que además de contemplar un componente técnico, también incluyó las áreas de proyecto de vida y adaptación laboral
Resueltos los primeros obstáculos, hasta los lugares más remotos de estas localidades llegaron los docentes, un equipo interdisciplinario de profesionales altamente calificados que le apostaron a ser “transformadores de vida”, para brindar una formación integral a mujeres y hombres, jóvenes y adultos, en las líneas relacionadas directamente con la vocación económica de sus territorios.

Así, durante las dos fases que duró este proceso —desde marzo de 2016 hasta junio de 2017—, los participantes recibieron instrucción técnica en cacao, caucho, piscicultura, apicultura, plátano, café, economía familiar, vías terciarias, coco, productos lácteos, camarón, maracuyá, gestión empresarial, servicios financieros, ovinos, papaya, arroz y yuca.

Pero el proceso no consistió solamente en enseñarles cómo abonar una planta o cómo producir cacao. Simultáneamente los estudiantes se formaron en los componentes de proyecto de vida y adaptación laboral, donde reflexionaron sobre los valores humanos necesarios para enfrentar desafíos a nivel personal y comunitario, así como en el desarrollo de habilidades necesarias para el mundo laboral.

Ana Milena Delgado, docente del área transversal de proyecto de vida, cuenta que esta formación consistió principalmente en ubicar a los alumnos en lo que quieren para su futuro, dado que la gran mayoría vive en zonas afectadas por el conflicto armado y los cultivos ilícitos.

—Ellos tenían metido en la mente que lo único que daba dinero era la coca, entonces había que cambiarles el chip de que deben prepararse para el futuro para mejorar el bienestar de sus hijos —explica.

Luis Fernando Durán, gerente la Congregación, complementa que este proceso buscó sacar a los estudiantes de lo ilícito, formándolos en ser ciudadanos respetuosos de las instituciones. Ciudadanos éticos y honrados, que ayuden desde las organizaciones a construir tejido social.

—Dentro de nuestros objetivos estaba, además de la empleabilidad y el mejoramiento de la calidad de vida, formar mejores personas para una mejor Colombia —argumenta.


Asumiendo retos

Deisy Pérez, ingeniera agrónoma y docente en el área de cacao en Tarazá, reconoce que al principio le preocupaba que la mayoría de sus alumnos no había llegado, siquiera, a tercero de primaria, aunque eran personas con muchas ganas de aprender y trabajar. —Pero poco a poco los fui conociendo, fui descubriendo la manera de enseñarles y me fui emocionando a medida que vi interés en ellos –recuerda.

Esto para decir que las dificultades de este proceso estaban a cada paso.

Por ejemplo, Sara Robles, docente del área de cacao, debió irse a vivir durante los cuatro meses que duró el curso a la vereda Altos del Tigre, de Cáceres, porque los extensos horarios no le permitían regresar al pueblo.

—Era una de las veredas más alejadas y las entradas eran restringidas —dice Sara.

Otra gran dificultad representaba el hecho de que algunos de los estudiantes no supieran ni leer ni escribir. Pero los docentes, con esa vocación inmaculada de la enseñanza, no tuvieron problema en enseñarles —incluso yendo hasta sus casas— hasta que aprendieron a firmar.

Además, algunos alumnos debían hacer un esfuerzo mayúsculo para poder asistir a clase, pues tenían que trabajar desde la madrugada para estar puntuales a la 1 de la tarde, cuando iniciaba el curso.

—Tres de mis alumnos trabajaban desde las 3 de la mañana hasta las 12, se iban a rayar caucho y al mediodía llegaban a la casa y se iban a la clase. Eran personas muy constantes, nunca faltaban —cuenta Carolina Paredes, ingeniera agropecuaria y docente de apicultura en el corregimiento La Caucana, de Tarazá.

Las cosas no fueron fáciles, pero la mayor parte de los estudiantes asistieron con paciencia y disciplina a todo el proceso y fueron los primeros en celebrar con orgullo el día en que recibieron el diploma como extensionistas rurales.

—Para ellos esta oportunidad fue como si pudieran ir a la universidad —cuenta Claudia Moreno y sus ojos brillan de alegría al hablar de una experiencia que para ella y su grupo ha significado innumerables trasnochos, pero también infinitas satisfacciones.