La autoridad hecha servicio

En la manera de gobernar y ejercer su pontificado el papa Francisco ha dado testimonio de lo que ha de ser el ejercicio de la autoridad. Gestos concretos de humildad, cercanía y acogida a la bendición del pueblo de Dios; sencillez y austeridad en el modo de vida; trabajo corporativo y colegiado basado en el discernimiento previo a las determinaciones y decisiones han sido signos elocuentes de su magisterio.


El liderazgo evangélico ha sido una de las consignas y líneas de acción del Papa. Ejercer cualquier cargo de autoridad en la Iglesia es un servicio que se ha de realizar desde el testimonio, la alegría y la valentía. Se trata de ser testigos de la acción del Espíritu que actúa en nosotros desde la conversión y purificación; no de puestos que se alcanzan mediante el carrerismo, el gatopardismo espiritual o como recompensa a adulaciones y pagos de favores por bienes recibidos. El Papa ha insistido en que no hay cristianos de primera y de segunda, todos somos discípulos misioneros de Jesucristo. El ejercicio de la autoridad no debe ser cuestión de privilegios, acciones burócratas y formalistas para ocupar los primeros puestos y ser tratados con especial pleitesía y favoritismos, lejos de nosotros divinizar a los jefes o superiores y crear cortejos a su alrededor: comportamientos de exhibicionismo donde idolatremos a personas, propios de la mundanidad que distancia y divide.

El ejercicio de la autoridad, insiste el Papa, ha de hacerse desde el servicio con profesionalidad y santidad de vida. Vida inmersa en el Espíritu, apertura del corazón a Dios, humildad profunda y caridad fraterna. Se ha de ser levadura, sal y luz para nuestras instituciones eclesiales y para un mundo que nos necesita. Por ello, se ha de estar atentos a las estructuras de carácter controlador e inquisidor que se constituyen en cargas pesadas que nos hacen comodones, inamovibles y lejanos de la mayoría de nuestro pueblo.

Hombres y mujeres que ejercen la autoridad en misión confiada por la Iglesia serán, ante todo, hombres y mujeres de Dios, de un potencial de creatividad profética que les haga capaces de ser fieles a lo esencial, visionarios de futuro y anunciadores de la buena nueva; capaces de desenmascarar y denunciar todo abuso y toda injusticia. No ser ciegos y sordos a los signos de los tiempos y los lugares; saber comprender con el corazón, para animar y sostener, ayudar y socorrer, consolar y curar. No ser ciegos y sordos a los clamores y gritos de nuestro pueblo para liberar y salvar del yugo de cualquier esclavitud. Hombres y mujeres profetas de esperanza, esto es: portadores de vida, libertad y comunión. Hombres y mujeres cuyo servicio de autoridad se hace desde un trabajo por la paz y la unidad, el perdón y la reconciliación, el ecumenismo y la aceptación de lo diverso y plural en orden a la construcción de un mundo mejor para todos, donde ninguno se sienta excluido, sino reconocido y valorado.

La forma de gobierno del papa Francisco está encaminada a la fidelidad profética propia del Evangelio: “no será así entre ustedes”. El mayor, el primero, el amo se hará el menor, el último, el siervo. De allí brotarán los nuncios, los pastores, los presbíteros; la jerarquía lejos de ser una escala de poder para avasallar e imponer ha de ser un medio de servicio eclesial para contribuir en el peregrinar del pueblo de Dios. La autoridad hecha servicio es aquella que denuncia toda injusticia, anunciando la buena nueva de la liberación y oteando en el horizonte un mundo mejor cargado de esperanza.