Los jesuitas hoy estamos llamados a ser agentes de reconciliación en un mundo fracturado, y lo seremos desde la radicalidad que deriva de una profunda experiencia de ser nosotros mismos reconciliados por Cristo: «Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos encomendó el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,18).

 

 

 

Llamados a reconciliar

  •    Septiembre 13 de 2017
  •    Jesuitas España

El concepto de «reconciliación» ha pasado a ocupar en los últimos tiempos un papel central en la definición de la misión de la Compañía de Jesús. Aunque el término ya venía empleándose al menos desde la Congregación General 32, son las dos últimas congregaciones ―la 35 y la 36― las que lo han incorporado definitivamente a nuestro vocabulario esencial.


El título del decreto 1 de la última congregación, que define a los jesuitas como «Compañeros en una misión de Reconciliación y de Justicia», nos da la medida del cambio operado.

Para la Compañía de Jesús, la reconciliación se presenta en una triple dimensión relacional: con Dios, con los otros y con la creación, que constituyen tres componentes inseparables de nuestra misión.

• La necesidad de reconciliación con Dios nos convoca a proclamar el Evangelio en muy diferentes contextos, aportando por nuestra parte la singularidad de la espiritualidad ignaciana como herramienta valiosa en los procesos de conversión personal y comunitaria.

• La reconciliación con la humanidad demanda de nosotros un servicio de justicia y de paz, sirviendo a los pobres y excluidos. Entre las formas de sufrimiento más importantes a las que debemos responder en el mundo actual, destaca para nosotros la de los refugiados y migrantes; y las comunidades indígenas y marginadas.

• Por último, en cuanto a la reconciliación con la creación, partimos de la convicción de que la crisis medioambiental es una expresión de la crisis que origina también pobreza y exclusión. Son heridas de un mundo roto, al que los jesuitas hemos de responder promoviendo una nueva forma de producción y de consumo que coloque la creación en el centro.

Algunos subrayados actuales permiten entender el proceso de clarificación -todavía en curso- que el concepto de «reconciliación» ha vivido en los últimos años. En primer lugar, se destaca el vínculo entre la reconciliación y la justicia. Un acento importante en determinados contextos en los que la reconciliación puede utilizarse para soslayar la asunción de responsabilidades por atrocidades cometidas. La reconciliación es siempre obra de la justicia; una justicia discernida y formulada por las comunidades y contextos locales.

En segundo lugar, esta misión de reconciliación y justicia se plantea actualmente desde una fuerte exigencia respecto a nuestro propio estilo de vida personal y comunitario -algo en lo que insiste también el padre general Arturo Sosa, S.J. en la carta que envió recientemente a toda la Compañía-. Y no se trata de una simple advertencia a cuidar la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, sino de una profética llamada a la conversión siguiendo el ejemplo de los primeros compañeros. Es esta una exigencia que responde a uno de los principales rasgos de nuestro tiempo, en la Iglesia y en la sociedad: lo que hoy conmueve es el testimonio de vida, las opciones reales. No se nos pregunta solo en favor de quién trabajamos, sino cerca de quién vivimos, y cómo nos comportamos en nuestro día a día entre nosotros y con nuestro entorno.

Los jesuitas hoy estamos llamados a ser agentes de reconciliación en un mundo fracturado, y lo seremos desde la radicalidad que deriva de una profunda experiencia de ser nosotros mismos reconciliados por Cristo: «Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos encomendó el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,18).