El Papa Francisco: un ejemplo en cuerpo, lenguaje y emociones

Andrés Monsalve Rojas, director de Gestión Humana de la Administración Provincial, nos cuenta lo que significó para él la visita del Papa Francisco a Colombia y resalta dos aspectos de lo que más le llamó la atención.


A principios del pasado mes de julio cuando ya podía percibirse que la visita del Santo Padre a nuestro país era algo real, algunos familiares, amigos y conocidos que ya sabían que me había vinculado como colaborador de la Compañía de Jesús, me preguntaron si podía conseguirles: boletas, entradas o algún avistamiento más cercano con el Papa.

Tal vez todas esas pretensiones alimentaron mi fantasía y pude imaginar al Santo Padre caminando por los pasillos de la Curia Provincial, saludando sorpresivamente a quienes laboramos aquí; se tomaría un tinto preparado por Ana Belén y comería una arepa preparada por María, luego nos abrazaríamos, tomaríamos fotos y quedaríamos ungidos por sus bendiciones. Ciertamente esto no ocurrió.

Así pues, esa aspiración imaginaria, al igual que muchas que tenemos generalmente los seres humanos, era lo que yo quería que pasara y me beneficiaría a mí, pues tendría la mejor “selfie” con el Papa para subir a las redes sociales. Hoy comprendo que la visita del Santo Padre pretendía mucho más que alimentar protocolos, fotos, vanidades y símbolos sociales; es por ello, que respetando a todas aquellas personas que practican la literatura espiritual me atrevo a incursionar escribiendo estas palabras de inspiración sobre el Santo Padre y su visita a Colombia.

Lo que más me llamó la atención de la visita del Santo Padre fueron dos aspectos:

La vulnerabilidad del Papa Francisco como un hombre que sangró atravesando las calles de Cartagena. Finalmente le hallé el sentido a su frase de cierre: “recen por mí”.

El ejemplo: sobre este aspecto viene a mi memoria el mensaje del Padre Provincial en el III Encuentro Jesuitas Colombia de este año y la invitación que precisamente el Santo Padre hacía para atrevernos a remar mar adentro en nuestras actividades misionales y esto simplemente es: atreverse, salir de la zona de confort, sentir el magis, actuar en consecuencia con lo que nos dicta la conciencia, dar el 110%.

Hay muchas formas para describirlo y es que Jorge Bergoglio lo hizo en diferentes momentos de su vida: como maestro en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe cuando invitó al maestro Jorge Luis Borges a su clase de literatura, en la gestión de refugiados cuando ofreció albergue en el Colegio Máximo a algunas personas que eran perseguidas para ser asesinadas por la nefasta dictadura en Argentina, como Obispo Auxiliar persuadió al Cardenal para que oficiaran una Eucaristía para proteger la eminente demolición de un barrio marginado en Buenos Aires y así deben existir un sin número de acciones del Papa Francisco que nos dejan su ejemplo de atreverse a remar mar adentro.

En congruencia con los dos puntos anteriores pienso que no debemos esperar décadas para que los milagros del Papa Francisco se nos muestren como hechos científicos improbables, este hombre que nos visitó sangra y no espera probabilidades; él busca, lucha y hace que las cosas que le dicta su conciencia sucedan, esto le ha implicado sacrificios.

No esperemos que una foto o una bendición del Papa arregle nuestros problemas, simplemente en un momento de silencio: cerremos nuestros ojos, escuchemos nuestra consciencia y hagamos que suceda algo, tengamos en cuenta también que la invitación a sostener la esperanza, buscar reconciliación y aspirar a la paz abarca mucho más que a jesuitas, sacerdotes y colaboradores laicos; esta es una invitación para los seres humanos que lloran, sonríen, sangran y se curan igual que el Papa Francisco.