Te pedimos, Señor, por todos aquellos que consagran sus vidas a la pastoral vocacional para que en nombre de Cristo no dejen de lanzar las redes para dar a la Iglesia las vocaciones que necesita para cumplir con su misión.

 

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Jueves de oración por las Vocaciones a la Vida Religiosa en la Compañía de Jesús

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19 de octubre: Jueves de Oración por las Vocaciones

Se avecina un nuevo jueves y, con ello, el deseo de que sigamos asumiendo este día como un momento especial de oración por las vocaciones. Pidámosle a Dios la renovación de cada jesuita y de toda la Compañía de Jesús en su vocación y misión. Así seremos verdaderos promotores y animadores vocacionales. Dios los bendiga.


PARA NUESTRA REFLEXIÓN Y RENOVACIÓN

Estar en las fronteras (Apartado de la Conferencia de Adolfo Nicolás, S.J. en el 2010)

Las fronteras han tocado una cuerda muy sensible en toda la Compañía de Jesús. El lenguaje de fronteras es un lenguaje muy popular y en todas partes todo el mundo habla de fronteras. No solamente en la Compañía de Jesús, yo veo también a otros Generales de otras órdenes hablando de fronteras, porque es un término que ha usado el Papa, hablándonos a nosotros, pero es un término simbólico muy inspirador, por tanto ha sido muy bien acogido.

Pero a pesar de todo siguen siendo lugares difíciles. Mi problema sería cuando las fronteras se nos hagan fáciles y las usemos para todo, entonces no sirven para nada. Llamamos frontera a todo y perdemos la dificultad de la frontera. La dificultad de la frontera está en que no sabemos y hay que poner allí toda la carne en el asador. Siguen siendo lugares difíciles, desprotegidos, a la intemperie, sin caminos trazados, a riesgo de la propia seguridad y de toda clase de malentendidos en los centros protegidos y tradicionales. Por eso el Papa nos llama allí. Yo creo que el Papa es consciente, y espero que nosotros lo seamos también, de que si vamos a las fronteras, vamos a tener muchos problemas. Porque vamos a aprender el lenguaje de las fronteras, que no entiende el resto de la sociedad.

Cuando hablamos de esto, les digo a los jesuitas que, si vamos a las fronteras, tenemos que aprender tres lenguajes: el lenguaje de fuera de la frontera, para poder hablar con la gente que está allí; el lenguaje de dentro de la frontera; y luego el lenguaje del centro. Tres lenguajes, que son totalmente distintos. Yo reto a los teólogos jesuitas a que, si quieren escribir un artículo puntero, lo hagan en los tres lenguajes. Tres artículos, no uno. Y verán lo difícil que es.

Frontera, por tanto, es una de esas palabras que se escuchan con gusto y se digieren con amargor. Es como la Palabra de Dios en el A.T., donde dice: “¡Come! Dulce a la boca, pero amarga en el estómago”. La palabra frontera necesita para mí la ayuda de otros dos términos. Hablo dentro de nuestra tradición jesuita, y creo que la mayoría de ustedes entienden y pueden hacer la traducción a su contexto. La palabra frontera no es una palabra solitaria, que se define a sí misma. La palabra frontera no define nuestra misión, sino solamente dónde nos quiere Dios y la Iglesia: donde haya sufrimiento, dificultad, retos acumulados, donde no sabemos exactamente qué es lo que se puede hacer.

Pero hay otra palabra que necesitamos: el “horizonte”. Vamos a la frontera y desde allí tenemos que definir cuáles son nuestros horizontes, qué es lo que nos inspira, lo que nos guía. Y el horizonte para nosotros es claramente el evangelio, el evangelio de Jesús. Vamos a la frontera y desde allí queremos saber qué hacemos, quién nos inspira, quién está a la raíz de mí mismo caminar hacia la frontera. Vamos a las fronteras mirando el horizonte; nunca fronteras sin horizonte, nunca horizonte sin fronteras. Fronteras porque allí nos llama el Señor. Su horizonte, porque de él sacamos la luz y la orientación para nuestro trabajo en las fronteras.

Un tercer término viene con la pregunta: ¿Cómo se vive en las fronteras, cómo estamos en las fronteras? La pregunta crucial para todo servidor del evangelio es precisamente ésta: ¿Cómo estar en las fronteras? ¿Qué es lo que la Compañía de Jesús trae a estas fronteras? Yo diría dos contribuciones específicas. Una, el horizonte que nos da el evangelio y que expresa nuestra fe en el reino de Dios, que nos invita a comprometernos en esta situación bajo la inspiración de Cristo. Y la otra es el método ignaciano, la manera de vivir que nos dio S. Ignacio. Una tradición en la que hemos crecido, una tradición que hemos recibido y que queremos hacer nuestra. Una manera de proceder fiel al ímpetu original de los Ejercicios Espirituales, que muchos de ustedes conocen, y a las formulaciones de las distintas Congregaciones Generales que han ido determinando nuestra manera de vivir.

La frontera indica las situaciones-límite, donde la humanidad o la Iglesia necesitan un servicio. El horizonte nos marca la dirección y la orientación básicas. El método ignaciano nos dice cómo movernos, cómo funcionar, cómo servir, o cómo discernir.

Ayer estaba en Fontilles, que está en un momento de cambio porque la lepra ya no es una enfermedad definitiva, sino que ha sido ya superada por el tratamiento. La M. General de las Franciscanas, que han trabajado en Fontilles con los jesuitas durante 100 años, hablando de la colaboración entre las dos congregaciones, decía que cree que las franciscanas han aprendido de los jesuitas un “discernimiento sereno”. Eso es lo que San Ignacio nos ha querido dejar, un discernimiento sereno.

Ir a la frontera, vivir en la frontera, sabiendo discernir. Con el horizonte del evangelio, pero sintonizado con el Espíritu, para que haya una dirección interior, una manera de actuar, una manera de vivir, una manera de responder. Podríamos decir una manera de estar contemplativa y profético-ignaciana, que nos permita ver como Dios ve. Eso les preocupaba mucho a los profetas del A.T. y le preocupaba mucho a S. Ignacio. Ver como Dios ve. En una de las meditaciones más importantes de los Ejercicios, se trata precisamente de imaginar a Dios mirando al mundo. Por tanto tratar de captar qué siente Dios ante un mundo que está disgregado, separado, cada uno va por su lado y hay guerras, sufrimiento, penas, etc. ¿Qué siente Dios frente a ese mundo? Eso es lo que S. Ignacio quiere que nosotros sintamos. Ver como Dios ve, sentir como Dios siente, hablar como Dios habla y servir como Jesús ha servido.

El profeta no es solamente el que habla. Muchos creen que ser profeta es hablar y hablar en voz alta. El profeta primero entiende, siente profundamente, y entonces actúa. Pero primero sus entrañas se han revuelto y ha visto el mundo de otra manera. Ha sentido el mundo de otra manera. Es un proceso de visión total, movimiento interior, y luego una misión, que naturalmente es una misión compartida. Todo comienza dentro y fluye hacia fuera con gran fuerza. Ésa es la fuerza del profeta. La experiencia interior fluye hacia afuera, y fuera se encuentra con otras fuerzas parecidas; entonces es cuando surge la fuerza profética.

El profeta reconcilia y promete un mundo reconciliado. Las dos cosas: el profeta habla de reconciliación y promete un mundo reconciliado. Y da energía para trabajar por ese mundo reconciliado. Las tres cosas. El profeta que solamente habla es irresponsable, falso profeta. El verdadero profeta habla y promete, hace ver, deja ver un mundo distinto y comienza ya a celebrar la esperanza de que ese mundo va a ser realidad. Las tres cosas hacen falta: testimonio, promesa y celebración. Hay alegría, porque si no hay alegría nos agotamos. Un compañero, director de un Centro Social en Tokio durante muchísimos años, en los últimos años, desde hace unos quince, ha pensado que en ese Centro se necesitaba un poco más de espiritualidad. En América Latina los teólogos de la liberación hablan de espiritualidad. ¿Por qué? Porque en la acción social, el problema de las fronteras es que es agotador, te agotas. En el mundo se habla hoy de “charity exhaustion”, el cansancio que viene de tratar de responder a los retos que encontramos en nuestro mundo. Y mucha gente, con muy buena voluntad, con grandes deseos de ayudar, se agota. Porque son tantas las necesidades, tantos los problemas a los que queremos responder, que nos quedamos sin energía. Este compañero en Japón decía que incluso los no cristianos necesitan esta energía. Y para no cristianos empezó a tener sesiones de espiritualidad. Para dar energía, para poder seguir sirviendo, y sirviendo con esperanza y con alegría, porque si no se sirve con alegría, no sirve.

Aquí entra la dinámica profética, que no es la del que echa todo por tierra. La profecía es un mundo nuevo, lleno por tanto de entusiasmo, de dinámica, de energía. Y esa energía hay que cultivarla, hay que celebrarla, hay que promoverla, dentro y fuera de nosotros.

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