Agolpados a la puerta: “A nadie llamen padre”

  •    Noviembre 03 de 2017
  •    José Raúl Arbeláez, S.J.

El P. José Raúl Arbeláez, S.J., reflexiona en torno a la lectura del domingo 5 de noviembre del presente año y señala que a todos nos gusta que nos llamen por el nombre. Indica que “Hermano”, debería ser el único calificativo utilizado para llamarnos unos a otros, por lo menos desde la perspectiva cristiana. Y precisa que al llamarnos simplemente hermanos, o por nuestros nombres, tendríamos «la esperanza de que el poder de la palabra “hermano”, realice lo que tanto sueña Dios: un mundo fraterno.»


A todos nos gusta que nos llamen por el nombre. No soy la excepción. Por otra parte, desde muy pequeño, mis padres insistieron permanentemente para que a nadie llamara con apodos. Ha sido un principio que siempre he intentado conservar. Probablemente esta manera de tratar a las personas con las que me relaciono ha evitado que terminara cargando yo con uno u otro remoquete.

Ahora, sin embargo, muchas personas al enterarse de que soy sacerdote, en lugar de llamarme por mi nombre -algo que me agradaría sobremanera-, prefieren llamarme “padre”. Incluso, esta manera de referirse a mí la utilizaban muchos feligreses en Villatina, un sector popular en la comuna oriental de Medellín. Corría el año 1994 y apenas cursaba la etapa de noviciado en la Compañía de Jesús. Allí íbamos cuatro novicios para realizar el trabajo pastoral de fin de semana. A todos nosotros, eso sí con mucho cariño y respeto, solían llamarnos “los padrecitos”.

Evidentemente la palabra “padre” que tantos utilizan para referirse a un sacerdote no se asimila a un apodo. Más bien hay que entenderla como lo que es: una palabra que usualmente se utiliza para referirse a alguien que es fraile, religioso, sacerdote, clérigo o tonsurado. Hay personas a las que les agrada que les llamen así. Tengo entendido que al Papa Francisco, todavía ahora, le gusta que lo llamen, simplemente, “padre” Jorge.

No será fácil, sin duda, acatar la recomendación de no llamar padre “a ningún hombre sobre la tierra”. En efecto, es la exigencia que presenta Jesús en el Evangelio que escucharemos este domingo (Mateo 23, 1-12). Hay una anécdota muy simpática que ejemplifica lo difícil que resulta llamar a los sacerdotes por su nombre, pues la fuerza de la costumbre se impone. Un sacerdote que presidía una Eucaristía, queriendo hacer eco de esta solicitud de Jesús, pidió a la feligresía durante la homilía que, por favor, siempre se dirigieran a él llamándolo solamente por su nombre; que no le dijeran “padre”. Entonces todos los feligreses en coro le respondieron: “Bueno padre”.

¿Por qué Jesús se opone tan radicalmente a que alguien sea llamado “padre”? Pero además, tampoco acepta Jesús que llamemos a alguno “maestro” o “guía”. ¿Qué efecto nocivo percibe Jesús en dichos apelativos? No debemos perder de vista que Jesús revela en sus acciones y en sus palabras el querer de Dios. A mi modo de ver, Jesús comprende con toda claridad la fuerza que tienen las palabras. Y si nos exige, por un lado, no llamar a nadie en la tierra ni “maestro”, ni “padre”, ni “guía -seguramente pensando en los efectos nocivos que esas palabras podrían tener en el imaginario de la comunidad-, por otro lado, nos recuerda la categoría relacional básica sobre la cual se cimenta la posibilidad de un Reino de Dios: “porque todos ustedes son hermanos” (Mateo 23, 8).

“Hermano”: he ahí el único calificativo que debería utilizarse para llamarnos unos a otros, por lo menos desde la perspectiva cristiana. Bien mirada, la propuesta es sencilla en su formulación; pero al mismo tiempo profunda, retadora y, francamente, difícil de llevar a término. Sin lugar a dudas, existe una gran distancia entre aquello que se dice haciendo uso de las palabras y lo que las acciones por sí mismas manifiestan. ¡Qué difícil encontrar una auténtica coherencia entre las palabras y las acciones! Pues bien, aquí la invitación de Jesús consiste en reconocer a todo ser humano como un hermano, con la misma dignidad; y ante el cual la única posibilidad de establecer algún nivel de primacía se encuentra, única y exclusivamente, en el servicio que pueda prestársele: “que el mayor entre los hermanos sea el que sirve” (Mateo 23, 11).

De algún modo, el trato que nosotros los cristianos católicos nos damos, en una gran mayoría de casos, desvirtúa la categoría de “hermano”. Desde muchos siglos atrás, el modo como el cristianismo fue entrando en diálogo con las instancias de poder desvirtuó la expresión institucional cristiana, es decir, la Iglesia. También allí surgieron instancias de poder que perduran en el tiempo y que, en virtud del “institucionalismo” y el “tradicionalismo”, dificultan la posibilidad de una relación efectivamente fraternal, de “hermanos”, entre aquellos que ocupan altas, medianas o bajas jerarquías y el “pueblo” cristiano.

Hoy, las palabras de Jesús deben repetirse con valentía. Entendiendo que en todo el margen de jerarquías que hacen parte de la Iglesia (religiosos, diáconos, sacerdotes, monseñores, obispos, arzobispos, cardenales y Papa) se encuentran muchos claramente dispuestos a hacer de su vida un testimonio coherente de vida cristiana, es necesario advertir que también muchos se han sentado en la cátedra del institucionalismo y del tradicionalismo para “hacer fardos muy pesados y difíciles de llevar, que echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo los quieren mover” (Mateo 23, 4).

Así, pues, realizar el sueño que tenía Jesús -es decir, el sueño de Dios- de una humanidad fraterna, cuyos miembros se tratan entre sí, y obran unos con otros, con la clara conciencia de saberse unidos única y exclusivamente por el vínculo de la hermandad -ese sueño-, dista todavía de ser una realidad. No lo ha sido hasta ahora. No sabemos si lo será. En todo caso, parece ser que en buena medida –lo advierte Jesús- depende del uso que hagamos de las palabras.

Miguel Ángel Ruiz es un autor mexicano de textos espiritualistas o neo-chamanísticos. En 1997 escribió un texto titulado Los cuatro acuerdos. Se puede leer en Internet escribiendo simplemente el título en el buscador. El primer acuerdo fundamental que propone reza así: Sé impecable con tus palabras. Al respecto afirma lo siguiente: “El primer acuerdo es el más importante también el más difícil de cumplir. Es tan importante que sólo con él ya serás capaz de alcanzar el nivel de existencia que yo denomino «el cielo en la tierra». El Primer Acuerdo consiste en ser impecable con tus palabras. Parece muy simple, pero es sumamente poderoso. ¿Por qué tus palabras? Porque constituyen el poder que tienes para crear. Son un don que proviene directamente de Dios. En la Biblia, el Evangelio de San Juan empieza diciendo: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Mediante las palabras expresas tu poder creativo, lo revelas todo. Independientemente de la lengua que hables, tu intención se pone de manifiesto a través de las palabras. Lo que sueñas, lo que sientes y lo que realmente eres, lo muestras por medio de las palabras.”

Voy a ser atrevido: si de verdad queremos una humanidad más fraterna; si cuidar las palabras que pronunciamos es lo más importante; si cuidando bien las palabras logramos alcanzar el nivel de existencia que llamamos el cielo en la tierra, pues las palabras cuidadas son el poder que tengo para crear; si cuidando las palabras pongo de manifiesto mi intención, lo que sueño y lo que siento realmente; si las palabras cuidadas son un don que proviene directamente de Dios; si Jesús nos pidió que nos cuidáramos del mal uso de las palabras a la hora de referirnos a los demás… ¿por qué no comenzamos a cambiar nuestros hábitos en el hablar y comenzamos a llamarnos simplemente “hermanos”? ¿O por qué no, simplemente, llamarnos respetuosamente por nuestros nombres, mostrando así la horizontalidad fraternal de nuestras relaciones cristianas? No más “padre”, no más “señor Obispo”, no más “su eminencia, el arzobispo”, no más “su santidad, el Papa”. Y simplemente llamarnos hermanos, o por nuestros nombres, con la esperanza de que el poder de la palabra “hermano”, realice lo que tanto sueña Dios: un mundo fraterno.