La Reforma Protestante: quinto centenario

  •    Noviembre 07 de 2017
  •    Gustavo Jiménez Cadena, S.J.

En su artículo de opinión, el P. Gustavo Jiménez Cadena, S.J., nos dice que el 31 de octubre de 1517 se considera como el día en que se inició la Reforma Protestante. Explica el papel que Martín Lutero jugó en el tema y precisa: “hoy, al conmemorar el V centenario de la Reforma, se busca reemplazar los muros de enfrentamiento por puentes tendidos hacia la unidad perdida.”


Sucedió hace quinientos años. El 31 de octubre de 1517 se considera como el día en que se inició la Reforma Protestante. Ese día el monje agustino Martín Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus famosas 95 tesis, que pretendían ser los temas para un debate teológico.

En sí, ésta fue una pequeña bola de nieve que se desprendió ese día de la cumbre de las montañas y, a medida que rodaba por la pendiente, fue adquiriendo ímpetu acelerado, hasta convertirse en la mayor de las avalanchas que han golpeado a la Iglesia Católica en toda la historia.

A principios del siglo XVI toda Europa, desde las fronteras rusas hasta Portugal, era católica. Treinta años después, cuando murió Lutero en 1546, prácticamente la mitad del Continente se había desgajado de la Iglesia.

El 2 de julio de 1505, cuando el joven Martín Lutero regresaba de su casa a la universidad, bajo una gran tormenta, un rayo le cayó muy cerca. Aterrorizado, gritó: “Santa Ana, ayúdame; me haré monje”. Quince días después abandonó su carrera de abogado y entró al convento de los agustinos.

Martín Lutero fue un religioso fervoroso. Hoy coinciden los historiadores en decir que Lutero fue un hombre con una sed sincera de Dios que vivía profundamente su vida espiritual. Un monje cumplidor y piadoso. Sin embargo, paralelamente, se habla de un espíritu angustiado, atormentado por los escrúpulos, obsesionado por el pecado, con la vivencia de un Dios del terror y de la justicia divina como castigo. Tenía un temperamento contradictorio y violento.

Mucho más tarde, hacia 1514, en la llamada “revelación de la torre” descubrió al Dios de la misericordia: la justicia divina no es de castigo sino de amor.

La Iglesia del siglo XVI, para ser fiel a su vocación cristiana, estaba necesitando una reforma radical, una purificación a fondo que abarcara desde el sumo pontificado y continuara por los obispos, los monasterios y conventos, hasta el bajo clero y los fieles.

La historia que siguió a la publicación de las 95 tesis fue lamentable. Los ánimos se encendieron. Empezó un enfrentamiento larguísimo y apasionado entre Martin Lutero y la Iglesia romana, en el que se entremezclaron las razones teológicas, los prejuicios mutuos, los intereses políticos y los resentimientos personalistas. Multitud de veces Lutero se refirió al Papa como “diablo”, “prostituta”, “asno”.

Se culminó con la excomunión del fraile agustino y el rompimiento definitivo con Roma. La cristiandad se dividió en dos, y con el tiempo la sección protestante se partió en mil pedazos más.

Hoy, al conmemorar el V centenario de la Reforma, se busca reemplazar los muros de enfrentamiento por puentes tendidos hacia la unidad perdida. El Papa Francisco se reunió en Suecia, en oración ecuménica, con el presidente de la Federación Luterana para pedir perdón por la división perpetrada por los cristianos en ambas tradiciones.

Al regresar de Suecia, el Papa recalcó el mérito de Lutero de haber difundido la biblia entre el pueblo cristiano raso: “Lutero fue un reformador en un momento difícil y puso la palabra de Dios en manos de los hombres”. Y siguió así: “Quizás algunos métodos no fueron los correctos, pero si leemos la historia vemos que la Iglesia no era un modelo que imitar: había corrupción, mundanismo, afección a la riqueza y al poder”. Es de advertir que la relajación religiosa estaba bastante generalizada. Lutero, en una de sus conversaciones de sobremesa, había dicho: “la vida de los papistas es tan mala como la nuestra”.

Del Papa Francisco son también estas frases conciliadoras: “El estudio cuidadoso y riguroso, libre de prejuicios y polémicas ideologías, permite a las Iglesias, hoy en diálogo, discernir y asumir aquello que de positivo y legitimo había en la Reforma, y distanciarse de los errores, las exageraciones y los fracasos que llevaron a la división”.