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16 de noviembre: Jueves de Oración por las Vocaciones

En la presente oración y en las venideras queremos invitarlos a leer y a sacar provecho de una serie de apartados del texto: “Promover las vocaciones a la vida consagrada, prioridad pastoral inaplazable”. Por Mons. Juan María Uriarte.

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16 de noviembre: Jueves de Oración por las Vocaciones

Queridos amigos en el Señor: La vida religiosa, y por tanto la presencia de la Compañía de Jesús en la historia, es un regalo para la Iglesia y toda la humanidad. Nuestras vidas y vocaciones, así como las de quienes vendrán a la Compañía son un don. Los invitamos para que cada uno siga cultivando su fertilidad de jesuitas ejerciendo un “ministerio vocacional” lleno de alegría y esperanza. Dios nos bendiga a todos.


PARA NUESTRA REFLEXIÓN Y RENOVACIÓN

En la presente oración y en las venideras queremos invitarlos a leer y a sacar provecho de una serie de apartados del texto: “Promover las vocaciones a la vida consagrada, prioridad pastoral inaplazable”. Por Mons. Juan María Uriarte.

I. RETICENCIAS, RESISTENCIAS, INSUFICIENCIAS

1.- Ante el “invierno vocacional”

“La pastoral vocacional constituye el ministerio más difícil y más delicado” (NV 6). La escasez de vocaciones consagradas provoca, por lo general, en los religiosos un estado anímico de aguda preocupación. Es interpretado como una gran prueba, que debilita a la Iglesia. En bastantes genera un desaliento teñido de nostalgia que congela en parte su actividad e induce en ellos una cierta “patología del cansancio” provocado por la flagrante desproporción entre esfuerzos y resultados.

Quedan aún algunos responsables que, movidos por un voluntarismo un tanto miope, persisten en aplicar modelos pastorales ya periclitados y, con mayor voluntad que acierto, intensifican su tarea de siempre pensando que una mayor dedicación producirá una mayor floración.

También hay religiosos que enfrascados en sus múltiples tareas apostólicas parecen no tener “espacio psíquico” para incorporar a ellas una activa inquietud vocacional que tome el relevo al lamento estéril y al miedo al futuro.

No faltan tampoco quienes, ante la aparente esterilidad de tantos esfuerzos, optan por entregarse enteramente a la formación del laicado y vierten sobre esta tarea noble y necesaria casi todo el “capital afectivo” de sus afanes pastorales.

Hay que decir, con todo, que en muchas Congregaciones la opción por esta pastoral prioritaria es un hecho evidente. A ella dedican personas muy cualificadas y preparadas y recursos materiales notables. Amplían viejos enfoques y aplican nuevos modelos de acción. Pero ello no les ahorra la tentación del desaliento ni la necesidad de practicar intensivamente la virtud teologal de la esperanza. “Quizá no exista en la vida de la Iglesia otro sector que tenga mayor necesidad de abrirse a la esperanza” (NV 38) y a una confianza más aquilatada en el Dios del futuro. Muchos religiosos afrontan con gallardía espiritual esta prueba.

2.- Reticencias mentales

La dificultad y delicadeza de la promoción vocacional es muy propicia para suscitar en bastantes religiosos algunas reticencias mentales o prejuicios que suelen bloquear la propuesta vocacional.

a) Todos conocemos a religiosos que, en nombre de la psicología evolutiva y de la pedagogía del acompañamiento educativo sostienen que a nadie puede hacérsele honestamente una propuesta vocacional antes de la edad propiamente juvenil. Tal propuesta sería un condicionamiento indebido para un psiquismo todavía débil. Olvidan que una cosa es la propuesta que puede ser más temprana (aunque siempre adaptada a la edad) y otra es la respuesta decisoria que habrá de ser más tarde. Ignoran asimismo que los condicionamientos sociales que dificultan en las generaciones juveniles la emergencia de la inquietud vocacional son hoy tan sumamente poderosos que resulta muy difícil tal influencia desmedida y duradera.

b) Casi espontáneamente muchos religiosos y catequistas tienden a creer, con dudoso rigor teológico, que nuestros niños y adolescentes son “laicos en gestación”. En consecuencia la formación, los testimonios de vida y las pautas de conducta que les ofrecemos están exclusivamente orientados hacia la vida laical. Pero los niños y adolescentes no son “laicos en gestación”, sino “cristianos en gestación” abiertos en principio a un abanico de vocaciones cristianas diferentes. Introducir en los procesos formativos unos contenidos orientados hacia la vida consagrada es una tarea tanto más legítima cuanto mayor es la dificultad que una vocación consagrada tiene hoy de abrirse paso en una selva de ofertas múltiples y más seductoras.

c) Otra reticencia mental preocupante anida también en algunos o bastantes religiosos. Para ellos la alarma por el descenso de las vocaciones es injustificada o, al menos, desmesurada. Se preguntan incluso si este descenso no será más bien una gracia que una desgracia, puesto que nos obligará a transferir a los laicos responsabilidades eclesiales que les corresponden por vocación y han sido hasta ahora absorbidas por un clero abundante y unos consagrados numerosos. No valoran suficientemente que la vida consagrada “pertenece sin discusión a la vida y santidad de la Iglesia” (LG.44), pertenece a la plenitud de la Iglesia y revela la profundidad de la vida cristiana y su dimensión escatológica (cfr. Beyer en “Vat. II: Balance y perspectivas”, Salamanca. Ed. Sígueme, pag. 852s.) Es un bien eclesial necesario. La penuria de un bien necesario no es una gracia, sino una desgracia. Aunque es verdad que en el corazón de esta penuria el Espíritu quiere decirnos algo. Discernirlo es una tarea que no debemos subestimar ni diferir.

Para tu oración: ¿Crees en la propuesta de la vida religiosa para el mundo de hoy? ¿Te identificas con algunos apartados del texto? ¿Sientes reticencias para plantearles a los jóvenes una posible opción de vida religiosa? ¿Te sientes feliz viviendo tu consagración a Dios en la Compañía?

ORACIÓN DE LOS FIELES

Señor Jesús, tu amor y solicitud por la humanidad te llevó a ser un promotor vocacional con tus discípulos y a elevar constantemente oraciones por el incremento de éstos al servicio del Reino de tu Padre. Intercede por la Compañía de Jesús y toda la Iglesia para que gocemos de buenas y santas vocaciones. A cada súplica respondamos: Señor, Jesús, óyenos.

- Señor Jesús, así como llamaste un día a los primeros discípulos para hacerles pescadores de hombres, continúa también ahora haciendo resonar tu invitación: ¡Ven y sígueme! Oremos.

- Da a los y las jóvenes la gracia de responder prontamente a tu voz. Sostén en sus fatigas apostólicas a nuestros obispos, sacerdotes y personas consagradas. Oremos.

- Da la perseverancia a nuestros escolares y a todos los que están realizando un ideal de vida totalmente consagrada a tu servicio. Oremos.

- Suscita en nuestra comunidad el espíritu misionero. Manda, Señor, operarios a tu mies y no permitas que la humanidad se pierda por falta de pastores, de misioneros, de personas entregadas a la causa del Evangelio. Oremos.

- Oh Cristo, que con tu sacrificio redentor purificas y elevas el amor humano, haz que en nuestras comunidades fomentemos con nuestro testimonio la cultura vocacional. Oremos.

- María, Madre de la Iglesia, modelo de toda vocación, ayúdanos a decir "sí" al Señor que nos llama a colaborar en el designio divino de la salvación. María escúchanos.

Gracias, Señor, por escuchar nuestras oraciones. Atiende también aquellas súplicas que están en lo profundo de nuestros corazones y que sólo Tú conoces. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN FINAL (recitada al unísono)

A ti, Señor, nos dirigimos con confianza. Hijo de Dios, enviado por el Padre a los hombres de todos los tiempos y de todas las partes de la tierra, te invocamos por medio de María, Madre tuya y Madre nuestra: haz que en la Iglesia y en nuestra mínima Compañía no falten las vocaciones.

Jesús, único Salvador del hombre, te rogamos por nuestros hermanos que ya han respondido "sí" a tu llamada al sacerdocio, a la vida consagrada y a la misión. Haz que su existencia se renueve de día en día, y se conviertan en Evangelio vivo.

Señor misericordioso y santo, sigue enviando nuevos obreros a la mies de tu Reino. Ayuda a aquellos que llamas a seguirte en nuestro tiempo: haz que reciban con gozo la semilla de tu Palabra, la guarden en el corazón y la hagas fructificar para el bien de tu pueblo y de todos los hombres.

Tú, que eres Dios, y vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

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