El objetivo de la comisión es la verdad humana, no la jurídica, que define culpables y da sentencia con ´el debido proceso´, muchas veces lejano de la realidad.

 

 

 

Empieza la Comisión de la Verdad

  •    Noviembre 16 de 2017
  •    Francisco de Roux, S.J.

El P. Francisco de Roux, S.J. comparte algunas reflexiones preliminares sobre los desafíos que enfrentará la Comisión de la Verdad.


Esta es mi última columna. En adelante escribiré como presidente de la comisión. Mientras emprendemos esta tarea difícil en equipo, me he hecho estas reflexiones preliminares. Se trata de la verdad de todas las víctimas, a partir del dolor general, porque no hay colombiano que no haya sufrido en sí mismo o en su familia, amistades, organizaciones, el golpe de la violencia. No es una comisión contra nadie. Es contra la mentira.

Veo dos grandes desafíos. El encuentro en las regiones con las víctimas de todos los lados en un proceso de acogida, reconocimiento y esclarecimiento de lo ocurrido, con el propósito de generar una comprensión colectiva de lo que nos pasó y avanzar hacia la reconciliación.

Y un documento final, dentro de tres años, que presente la verdad compleja y las responsabilidades morales y recomendaciones. No para acrecentar odios y rupturas, sino para convocarnos a una tarea ética y social colectiva desde nuestras diferencias.

Entre tanto, conviene mantener el juicio en suspenso e informar continuamente sobre el proceso participativo para poder decir al final: estos casos fueron así, y lo afirmamos con certeza; en estos otros establecemos lo que parece más probable; en aquellos otros, discutibles, hay varias interpretaciones serias posibles, y escogemos una por las razones que presentamos, etcétera.

El objetivo de la comisión es la verdad humana, no la jurídica, que define culpables y da sentencia con “el debido proceso”, muchas veces lejano de la realidad y construido técnicamente por jueces y abogados. La comisión no tiene abogados para defender o acusar, ni jueces para condenar.

Se parte de los hechos y prácticas duras recogidas de asambleas y personas con respeto, compasión, recopilación y verificación. Estos testimonios brutales no son el resultado, son datos desde los cuales se plantean las preguntas por la verdad: ¿quiénes son las víctimas, y de ellas las más frágiles?, ¿qué fue la totalidad de lo ocurrido?, ¿por qué motivos?, ¿quiénes son los victimarios y qué provecho buscaban y para quién?, ¿qué temores e imaginarios los movían?, ¿qué historia regional hay detrás?, ¿qué contexto nacional y estructural propició lo ocurrido?, etc.

Y se parte también de la información que tienen universidades, entidades del Estado, centros de investigación y derechos humanos, organizaciones de víctimas, mujeres, indígenas y afros, las ONG, los gremios, el equipo de Memoria Histórica, y de todo el acopio directo en las regiones.

Si se logran respuestas que satisfagan todas las preguntas que surgen de los datos aportados con la mayor participación posible, vamos a afirmar la respuesta como verdad. No la verdad de la comisión, sino la que emerge de esta participación centrada en las víctimas. De lo contrario no seríamos honestos. No importa que la evidencia contradiga lo que esperábamos. Esa verdad es la explicación que satisface todos los interrogantes que levantan el hecho brutal y su contexto, y vamos a protegerla aunque sea insoportable. A sabiendas de que en el futuro pueden aparecer otros datos y otras preguntas que exigen volver a revisar el proceso.

Obtenido el juicio racional cierto o probable o hipotético, vamos a pasar al juicio moral a fin de que podamos avanzar hacia la aceptación responsable, por supuesto, de actores específicos, pero también de todos como sociedad, y hacia la no repetición y la reconciliación. Siempre conscientes de que la verdad total no la poseemos, que siempre estamos en búsqueda, pero que podemos llegar a juicios de hecho y a decisiones que nos lleven a comprender lo que nos pasó y nos pongan en el camino responsable de reconstruir este país entre todos a partir de las víctimas, en compasión, reparación y justicia, sin miedo, como nos invitó a hacerlo el papa Francisco.