Agolpados a la puerta: “La feminidad: el don que la Iglesia sigue enterrando”

  •    Noviembre 17 de 2017
  •    José Raúl Arbeláez, S.J.

El P. José Raúl Arbeláez, S.J., reflexiona en torno a la lectura del domingo 19 de noviembre del presente año y señala que un reto, entre muchos, “pone a prueba la Iglesia: darle equidad plena a la participación de la mujer”.


Nada más asombroso que la Vida. Hay que escribirlo así, con mayúscula. Es algo tan absolutamente fascinante y complejo en su manifestación que, hasta este momento, ningún intento de producirla en laboratorios científicos ha tenido éxito. Recuerdo un episodio de la serie de televisión Cosmos. Su presentador, el famoso científico Carl Sagan, partiendo de una teoría que afirma que las primeras formas de vida surgieron de ciertos compuestos químicos primordiales, mezclaba dichos elementos, en proporciones supuestamente adecuadas, esperando que de esa “sopa química” brotara alguna forma viva. Claro, él ya sabía que, por más intentos que hiciera, de allí nunca surgiría ningún ser vivo, nada que pudiera contener Vida. Nadie sabe si algún día el ser humano, con su maravillosa capacidad de investigar, comprender y transformar, podrá producir vida. Por lo pronto, seguimos avocados a maravillarnos ante tal fenómeno y forzados a pensar que alguien o algo -todavía más fantástico- que muchos hemos acordado llamar Dios, es origen, fuente o sustento de la Vida. Los cristianos lo creemos firmemente: Dios es Vida.

Nos equivocamos, pues, cuando movidos por sentimientos de soberbia y presunción hablamos de mí vida, tu vida o nuestra vida. Es claro que cada quien puede hacer con su vida lo que quiera; y que Aquel que la concede –es decir, Dios- nunca hará nada para pasar por encima de la libertad del ser humano. Sin embargo, la Vida escapa a todo intento de privatización. No soy dueño de lo que equivocadamente llamo mi vida; y mucho menos puedo ser dueño de la vida de otro. Cuando hacemos algún esfuerzo por obtener un bien material y finalmente lo conseguimos, de algún modo, efímero sin duda, podemos decir que ese objeto, en efecto, es nuestro. La Vida no. Ni mía, ni tuya, ni nuestra: la Vida nos ha sido dada. Es un don, un regalo. No es nuestra; es de Dios. Mejor dicho: la Vida no puede ser mía, ni tuya, ni nuestra porque en realidad la Vida es Dios. "Yo soy la Vida" (Juan 14,6).

Ahora bien, con la Vida de cada hombre y mujer surge otro don maravilloso: la conciencia. Esta nos permite entender que, además de la Vida, nuestras capacidades corporales, mentales y espirituales, junto con todo lo que nos rodea en términos de materialidad, constituyen también dones, regalos de Dios. Nada, absolutamente nada de lo que tenemos, lo hemos producido nosotros. Hemos transformado la materia, sin duda. Los elementos de la naturaleza, don de Dios, los hemos modificado logrando con ello niveles de confort y comodidad inimaginables. Pero todo lo que utilizamos para llevar a cabo dichos progresos y realizaciones nos lo ha dado Dios.

Trabajar, es decir, participar en la transformación de la realidad material, es una de las formas de poner al servicio de la sociedad las capacidades intelectuales y corporales que nos han sido dadas. Trabajando responsable y creativamente logramos acrecentar las capacidades y dones que Dios nos ha dado. De esta manera devolvemos a la sociedad más de lo que en principio hemos recibido. Esta podría ser una manera de interpretar la parábola de los talentos narrada en el Evangelio de San Mateo 25, 14-30.

Pero cabe todavía otra interpretación. Si Dios es Vida; si nos percibimos con Vida; si afirmamos que nosotros participamos del ser de Dios (2 Pedro 1, 4), quiere decir que estamos invitados a relacionarnos también espiritualmente con todo lo que nos rodea, incluidos, claro está, los seres humanos. Trabajar desde el querer de Dios, tal como nosotros los cristianos lo comprendemos, es decir, participar en la transformación de las relaciones que estamos invitados a sostener unos y otros, para que cada vez sean más una realización del mandamiento nuevo que nos dio Jesús, ese trabajo espiritual y divino, es la forma que tenemos para devolverle a Dios, acrecentados, esos mismos talentos espirituales y divinos que, en principio, Él nos ha encomendado.

En otras palabras, a todo ser humano se le ha encomendado acrecentar el don de la Vida llevándola hasta los más altos niveles de Divinidad que pudiésemos esperar. Para nosotros cristianos, Jesús es la punta de lanza en esta aventura humana de intentar acrecentar los talentos de Dios. Dicho de otro modo: Jesús es el modelo. Por lo tanto, reconocemos que Jesús, respondiendo radicalmente al querer del Dios de la Vida, divinizaba las relaciones y encuentros que sostenía con los demás. Llenaba de Dios, inundaba de Vida plena a quienes encontraba en su camino. Cuestionaba y sacudía con fuerza la conciencia de aquellos que todavía no descubrían que era ese el destino fundamental de sus existencias.

Ahora bien, la Iglesia, puesto que está constituida por cristianos, está llamada a reflejar, en sus estructuras y disposiciones, una clara actitud de acogida a lo que denominamos el querer de Dios, según lo manifestó Jesús. La Iglesia tiene también como objetivo fundamental divinizar las relaciones humanas que está forzada a sostener. Sin embargo, la historia nos enseña lo difícil que ha resultado para la Iglesia, en unos momentos más que en otros, mantenerse fiel a las enseñanzas que propone el Evangelio. Si ya en el Vaticano han comenzado a pensar en la necesidad de pedir perdón –y ya han pedido perdón por algunos hechos- quiere decir que no estoy equivocado.

Un reto, entre muchos, pone a prueba la Iglesia: darle equidad plena a la participación de la mujer. El texto del libro de los Proverbios que leeremos este domingo en la liturgia, refiriéndose a las cualidades que darían valor a una mujer, dista evidentemente del modo como hoy la mujer se ve a sí misma. La mujer indiscutiblemente ha ganado espacio en el ámbito del hogar, de las instituciones, de la sociedad, de la empresa privada, la cultura y la política. En términos de justicia y equidad, que es lo propio del Evangelio, cada una de esas instancias han divinizado, es decir, han permitido que las mujeres alcancen el reconocimiento y plenitud de su dignidad, abriendo lógicamente la posibilidad de que participen en todos los espacios a los que libremente quisiesen acceder.

Lamentablemente, la Iglesia en ese sentido todavía marcha a contra vía. Para mí es, tal vez, el único aspecto en el cual el Papa Francisco se muestra contradictorio. He escuchado intervenciones del Papa hablando sobre el papel de la mujer en la Iglesia. Lo hace de una manera muy bella; pero, a pesar de sus palabras, cualquiera puede darse cuenta de la falta de coherencia institucional. En una sana lógica, habría que entender que acrecentar los talentos recibidos por parte de Dios es una tarea que también le ha sido encomendada a la Iglesia como institución. Sin embargo, la Iglesia no ha hecho otra cosa que enterrar, durante siglos, los maravillosos talentos femeninos que podrían enriquecer la institución eclesial llenándola así de Vida más plena. Probablemente, en este sentido a la Iglesia le pasa lo mismo que al servidor que recibió un solo talento: lo enterró por miedo. Me pregunto entonces: ¿A qué le tiene miedo la Iglesia que sigue impidiendo una participación equitativa de la mujer dentro de la misma, tal como lo pide y lo exige el Evangelio? ¿Por qué la Iglesia, por más que ella lo niegue, sigue tratando a las mujeres como seres humanos de segunda?

En contraste con el Papa Francisco, que dice preferir una Iglesia accidentada que enferma por encerrarse, duele la actitud conservadora de sectores eclesiásticos a todo nivel que, por miedo al riesgo, reducen la fe a un intento continuo de auto-conservación, e impiden su crecimiento y expansión. ¿Podremos revitalizar así a la Iglesia? Nos falta confiar radicalmente en el Espíritu. Nos falta perder el miedo y salir a negociar con todos los talentos que Dios nos ha dado. La Iglesia cuenta con un talento invaluable propio de la mujer: su feminidad. Pero hasta ahora, por puro miedo, lo sigue manteniendo enterrado.