Agolpados a la puerta: “Depende de nosotros que el Creador no le falle a su creación”

  •    Noviembre 24 de 2017
  •    José Raúl Arbeláez, S.J.

A la luz del Evangelio para el domingo 26 de noviembre, el P. José Raúl Arbeláez, S.J., indica que la experiencia humana es de crecimiento. Y detalla que es “un crecimiento Divino, al que todos estamos llamados: crecer en una actitud de apertura que le permita a Dios obrar a sus anchas a través de nosotros”.


La frase que utilizo como título de esta reflexión no es mía. La he tomado de un filósofo, poeta y escritor católico llamado Charles Pierre Péguy. Se encuentra citada en el libro Esperanza a pesar del mal. La resurrección como horizonte, del teólogo y filósofo Andrés Torres Queiruga. Me parece que la frase resume de una manera genial el modo como el cristianismo comprende la acción de Dios y el reto que corresponde a todo ser humano.

Alguno podrá objetar que, haciendo referencia al cristianismo, el reto debe circunscribirse al ámbito de las diferentes expresiones cristianas. Sin embargo, la vida de Jesús, de la cual brota la comprensión que de Dios tenemos nosotros los cristianos, es una invitación a asumir como buena noticia aquello que brota de Dios como marca indeleble e irrevocable de su propia esencia: la misericordia. Y la misericordia puede brotar en cualquier ser humano.

Manifestada en los gestos y palabras de Jesús, con una coherencia absoluta, la misericordia comprende uno de los rasgos fundamentales que, junto a otras características, irán configurando a ese ser que, sujeto al proceso evolutivo de las especies vivas, hemos terminado por denominar ser humano. El cristianismo hace uso de un apelativo absolutamente trascendental: a los seres humanos les llama hijos de Dios.

Ahora bien, depende de cada ser humano hacerse dócil a la acción interior del Espíritu de Dios. Y ahora sí, desde un ámbito puramente cristiano, decimos que depende de cada cristiano hacerse dócil a la acción interior del Espíritu de Jesús resucitado. Porque me parece importante hacer una precisión.

El Evangelio de este domingo nos presenta como acciones misericordiosas dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, acoger al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al preso. En general son acciones a las que muchos seres humanos tienden, independientemente de su cultura, religión, estructura social y política, tendencias sexuales y condiciones económicas. Muchas de estas personas actúan misericordiosamente, movidos por un impulso interior del cual difícilmente identifican su procedencia. Dicho de otro modo, seguramente muchos actúan misericordiosamente sin remitir ese acto a un impulso de Dios o mucho menos al hecho de considerar que aquel a quien benefician con su acto de misericordia es el Señor Jesucristo, presente en nuestros hermanos.

Sin embargo, lo que da a conocer la parábola de Jesús es el criterio de salvación universal al que están llamados todos los seres humanos, cristianos y no cristianos. La parábola, de manera pertinente, subraya que la misericordia es la condición para recibir el reino que está preparado desde el comienzo del mundo para los que así obren. Al parecer, si nos atenemos a la parábola, tener la posibilidad de recibir el reino no depende necesariamente de identificar con Cristo a un hombre o mujer, beneficiado con un gesto nuestro de misericordia.

Parecería que esta lógica expresa un facilismo inaceptable, desde el punto de vista cristiano. Pero es claro que pensar de este modo abre la puerta a dos maneras de asumir la parábola, una adecuada y otra no. La adecuada ha quedado planteada ya al suponer que aquel -cristiano o no- que se muestra misericordioso con un hombre o una mujer movido por sentimientos sinceros de solidaridad y compasión, movido por el amor, está avanzando en su proceso de apertura a la gracia de Dios. Ahora bien, la inadecuada correspondería a la actitud de un cristiano que por el deseo de “no condenarse” realiza obras de caridad, sin un genuino sentimiento de solidaridad, sin verdadera compasión, sin amor. Cabe que reciba el Reino, pero se pierde la posibilidad de crecer como ser humano en aquellos aspectos que justamente nos pueden hacer hijos de Dios, semejanza de Dios.

No podemos, pues, quedarnos limitados al criterio universal de salvación, propuesto por Jesús, en la parábola del juicio final para todas las naciones. A la misericordia, el cristianismo funde el mandamiento nuevo de Jesús: ámense los unos a los otros, como yo los he amado (Juan 13,34). La experiencia humana es de crecimiento. Aunque nuestra vida nos parezca tan sumamente corta comparada con los miles de años que han tardado los procesos evolutivos; aunque las posibilidades de aprovechar en todo su potencial nuestra conciencia particular nos resulte sumamente ínfima, en comparación con todo lo que el universo le presenta; aunque nos cueste mucho practicar la misericordia y hacerlo bajo el criterio del amor cristiano; aunque no percibamos los avances, los seres humanos crecemos. Probablemente unos más que otros. Es un crecimiento Divino, al que todos estamos llamados: crecer en una actitud de apertura que le permita a Dios obrar a sus anchas a través de nosotros.

Depende de cada uno y de nadie más. Depende de la humanidad mostrar una actitud más misericordiosa con el planeta Tierra. Depende de la humanidad establecer un sistema económico claramente equitativo. Depende de la humanidad romper los muros que hemos construido para dejar en claro que no nos interesan los vecinos. Depende de la humanidad aprovechar todo el potencial científico para el mejoramiento de las condiciones de vida, especialmente en lo que se refiere a alimentación, vivienda, salud y educación. Depende del ser humano acercarnos fraternalmente a los que son diferentes en aspectos culturales, sociales, religiosos, económicos políticos y sexuales. Depende de nosotros, porque somos capaces de ser misericordiosos, construir juntos el mundo que Dios sueña. Depende de nosotros, pues, que el Creador, no le falle a su creación. ¡Sorprendente! ¿No cierto?