Cuidar la salud

  •    Noviembre 30 de 2017
  •    José Leonardo Rincón, S.J.

En su artículo de opinión, el P. José Leonardo Rincón,S.J. nos invita a cuidar la salud. Dice que no podemos jugar con ella porque nos sentimos saludables. Y señala que a la hora de la verdad, “la vida es corta y vale la pena que hagamos un esfuerzo por vivirla sana e intensamente.”


Bien lo dice la sabiduría popular: “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Y una de las cosas que no sabemos cuidar suficientemente es nuestra salud, máxime si hemos sido ordinariamente sanos, fuertes y vigorosos. Claro, hay excepciones, como en todo. También muchos niños nacen con limitaciones: un síndrome de Down, por ejemplo, parálisis en sus miembros inferiores, carencia parcial o absoluta en uno de sus sentidos… y es, entonces, cuando, por contraste y obligada comparación, nos damos cuenta de lo que tenemos.

Ojalá esto no tuviésemos que aprenderlo a la brava, pero nuestra condición humana nos hace sentir autosuficientes. Llega una gripa, la congestión nasal no nos deja respirar bien, nos duele todo el cuerpo, no dormimos como siempre, parecemos zombis, y es entonces cuando desearíamos estar bien, pero se nos olvida que salimos a la calle en ayunas, no nos cuidamos frente a los cambios bruscos de clima, descuidamos nuestra alimentación, nuestras defensas están bajas y un contexto viral y bacterial amplio hace su agosto.

Cada instante respiramos, pero ese acto mecánico, automático y casi inconsciente no lo valoramos. Sencillamente se da y punto. Creemos que nos va a durar toda la vida. Igual pasa con todos los demás órganos: creemos que la visión y la audición, estarán bien por siempre, pero cuando paulatinamente los vamos perdiendo por natural desgaste y nos toca echar mano de lentes y audífonos, entonces caemos en cuenta lo valiosos que son y cuánto limitan nuestra existencia cuando faltan.

Poder desplazarse, caminar, saltar, correr, hacen parte de nuestra cotidianidad pero cuando se nos tuerce un pie y quedamos cojos, o se nos parte un brazo o una pierna, cuando un elemental machucón de un dedo nos deja groguis por el dolor y no podemos hacer normalmente lo de siempre, entonces caemos en cuenta del valor de nuestros miembros y la importancia que tienen.

Una lumbalgia muscular que alguna vez me afectó en la cintura y que me tumbó en cama tres días, porque literalmente no me permitía realizar ningún movimiento, me hizo tomar conciencia del valor de ciertos músculos cuyos nombres ni siquiera sabía que existían y cuyo accionar era determinante para hacer ciertas flexiones o movimientos que hasta ese momento consideraba obvios, por lo ordinarios.

Jugando baloncesto tuve una rara caída sobre el hombro derecho. Hubo ruptura de lo que llaman el manguito rotador. Dos músculos se rompieron y un tercero quedó rasgado. Mi brazo caía descolgado y aunque le daba la orden de subirlo, no respondía. La conexión estaba rota y no contaba con la autonomía de siempre. Nueve meses pasaron hasta que pude volver a jugar. La cirugía fue exitosa y la fisioterapia también y no puedo quejarme porque muchos que han pasado por la misma experiencia, quedaron lisiados para siempre.

Pero hay afecciones más graves o dolorosas. Cuando a uno le dicen que tiene un tumor, que es maligno, que puede comprometer el seguir con vida, emocionalmente quedamos choqueados y la vida se altera, por no decir que cambia radicalmente. La sentencia médica está emitida y el cronómetro corre en contra. La suerte parece echada cuando no hay esperanza de recuperación. Algunos tratamientos serán solo ejercicios paliativos temporales. Entonces, valoramos con mayor razón nuestra existencia, quisiéramos que se prolongara para poder hacer tantas cosas que estaban pendientes… pero la realidad es implacable.

Apenas aquí he hecho un superficial esbozo de eventuales afectaciones de nuestra salud. Todos sabemos que el espectro es mucho más amplio y complejo y que somos totalmente vulnerables. Ni el médico más precavido, ni la persona más sana, podrán evitar sufrír en algún momento una carencia de salud. Es una realidad ineludible ante la cual conviene estar preparados. Como dice San Ignacio, habrá que hacer todo como si solo de nosotros dependiese, pero que habrá que confiar en Dios como si de Él solo dependiese, asunto éste que es radicalmente cierto. En otras palabras, hay que cuidar la salud. No podemos jugar con ella porque nos sentimos saludables. A la hora de la verdad, la vida es corta y vale la pena hacer el esfuerzo por vivirla sana e intensamente.

Si de veras fuésemos más responsables con nuestra salud y, por ende, con nuestra vida, seguramente la expectativa de esa vida subiría, las incapacidades médicas se reducirían y tendríamos mejor calidad de subsistencia. Hay asuntos que dependen de nosotros y en eso deberíamos ser más conscientes y cuidadosos pues, finalmente, los afectados, los que vamos a padecer en carne propia, seremos nosotros mismos. Es mi deseo para esta recta final del año: ¡salud!