Agolpados a la Puerta: “Jesús: el despierto”

  •    Diciembre 01 de 2017
  •    José Raúl Arbeláez, S.J.

El P. José Raúl Arbeláez, S.J. reflexiona en torno a la lectura del Evangelio para el domingo 4 de diciembre y señala que hay que permanecer despiertos, para vivir plenamente la condición de Hijos de Dios. Y explica: «Despertar, pues, no es otra cosa distinta de lo que San Lucas afirma que vivió Jesús en su etapa oculta: “crecía en sabiduría y gracia” (Lucas 2, 40).»


El Evangelio del próximo domingo, tomado de San Marcos, contiene una vehemente recomendación de Jesús: “Velen […] Permanezcan alerta”. No se trata de rebajar tiempo a las horas de sueño que tenemos destinadas al descanso cotidiano. Se refiere, en cambio, a un estado de conciencia que debemos mantener mientras permanecemos despiertos. Porque cabe la posibilidad de que muchos -seguramente la gran mayoría de hombres y mujeres- estemos realizando todas las acciones cotidianas, todas las rutinas del hogar, el trabajo, el descanso y la vida social, cultural, política, religiosa y económica bajo un estado de total adormecimiento. Dicho de una manera muy simple: estamos despiertos, pero nuestra conciencia duerme.

Vivo el día a día sin preguntarme con sinceridad si la vida que llevo es la que deseo o simplemente la que me tocó vivir; emprendo las tareas del hogar sin alegría, experimentando durante toda la jornada un profundo sinsabor y amargura; me resigno a las condiciones laborales de un empleo por miedo a no encontrar una nueva fuente de recurso económico; asumo que descansar es dedicar las horas que pueda a ver televisión, beber con los amigos o pasar el tiempo simplemente sin hacer nada; me resigno a permanecer en círculos sociales poco creativos y hasta dañinos, a desechar las posibilidades de crecer culturalmente, a no tener una participación política seria y sucumbir ante la corrupción aplastante de la clase gobernante, a seguir creyendo en todo lo que me dijeron acerca de Dios y de las instituciones religiosas sin preguntarme qué puede ser verdad y qué mentira, a pensar que las condiciones de pobreza y marginación es lo que me tocó vivir y no la consecuencia de decisiones políticas amañadas. Si vivo así quiere decir que estoy dormido. Los colombianos, en su gran mayoría, somos gente que, vivimos “muertos” de sueño. A los colombianos hace años nos dieron un soporífero y todavía no despertamos.

Jesús no fue así. Se mantuvo despierto, incluso hasta la hora de su muerte. Por eso mismo continúa despierto, que sería otra manera de afirmar que está resucitado. Hablamos pues de un estado de la conciencia que nos permite asumir la realidad de la manera más profunda y plena. Una adecuada espiritualidad hay que comprenderla como aquello esencial en el ser humano que permite una experiencia de genuina integración bondadosa con todo lo existente, desde las manifestaciones más asombrosas de la vida y de la materialidad circundante, hasta las más diversas ideas que han vehiculado el crecimiento de la cultura humana. Lograr una relación bondadosa con todo lo que me rodea supone un nivel de conciencia en modo “despierto”, para hacer uso de una expresión en boga asociada a los aparatos electrónicos como celulares y computadores.

La espiritualidad cristiana, adecuadamente concebida, permite despertar y mantenernos vigilantes. Podríamos decir que el estado de “atención” más eficiente y eficaz es aquel que se corresponde con una clara conciencia de que somos Hijos de Dios. ¿Quién es uno que vive despierto? Es aquel que ha comprendido que su más profunda esencia vital está vinculada de manera radical, sin ningún asomo de dualidad, a Aquel que constituye el origen de todas las cosas, Dios. Toco este aspecto espiritual -podría haber escogido el aspecto político, cultural, económico o social- porque nos implica. En efecto, implica a cualquiera que esté vinculado a una institución religiosa como la católica, cuyo fundamento es la espiritualidad cristiana. Y enfatizo este aspecto espiritual y doctrinal porque muchos de nosotros perdemos de vista que si decimos “Jesús, Hijo de Dios” -y así decimos todos los cristianos- la expresión hace también plena referencia a cada uno de nosotros: somos hijos de Dios. Aplicada a Jesús, la expresión podría también traducirse como “el despierto”. ¿Quién es el Hijo de Dios? Jesús, el despierto En otras palabras: ser hijos de Dios es permanecer despiertos. Otro giro posible de la expresión sería: hay que permanecer despiertos, para vivir plenamente la condición de Hijos de Dios.

Esta expresión “el despierto” en referencia a Jesús, es de Paul Knitter, importante teólogo contemporáneo, quien se formó inicialmente en la Universidad Gregoriana, en Roma. Se encuentra en un libro escrito por él titulado Sin Buda no podría ser cristiano, en el cual establece una serie de similitudes y diferencias entre la experiencia espiritual de Jesús y Buda. Afirma que “existen unas diferencias muy reales y definitivas entre estos dos hombres y lo que experimentaron. Sin embargo, lo que sí estoy sugiriendo es que la divinidad de Jesús no era algo que “descendiera” y aterrizara sobre él; sino que fue algo en lo que él se convirtió. Y aquello en lo que se convirtió era algo interior que él realizó, de lo que se dio cuenta y a lo que respondió. Jesús se convirtió en la Divinidad. Él se despertó a ello.” (p. 204-205)

Despertar, pues, no es otra cosa distinta de lo que San Lucas afirma que vivió Jesús en su etapa oculta: “crecía en sabiduría y gracia” (Lucas 2, 40). Nuestra experiencia humana, al igual que la de Jesús, nos debe lanzar a un despertar de las infinitas posibilidades que tenemos para dejar emerger, desde dentro de nosotros, lo más esencial de todo lo que existe: la divinidad. Por eso mismo hay que estar atentos: porque son inesperados los acontecimientos que la vida misma nos va ofreciendo para encontrar y experimentar que la vida es un llamado a participar de algo que evidentemente nos supera, de algo que está más allá de toda comprensión posible. Los acontecimientos son los “sacudones” que nos da la vida para despertar de verdad. Estamos llenos del Espíritu de Dios pero desafortunadamente muchos permanecemos dormidos ante esta realidad.

Descubrirlo, como lo descubrió Jesús, nos lleva a tener una mirada diferente de las realidades que hacen parte de nuestra vida. El despertar de Jesús lo llevó a mirar la historia de su pueblo y a cuestionar el modo como sus gobernantes y sacerdotes asumieron sus tareas administrativas y religiosas; tuvo una manera diferente de concebir los vínculos familiares (los que hagan la voluntad de mi Padre son mi madre y mis hermanos); tuvo una mirada muy particular acerca del poder, la riqueza y el honor; comprendió que su vida no podría estar dedicada a ser servido sino a servir; puso en su justo lugar la Ley, dándole con su vida toda la plenitud posible; vivió y experimentó a Dios como un bondadoso y misericordioso papá; tenía clara conciencia de que su tarea no era la de juzgar a los demás, sino la de salvar. Y claro, respecto a todo esto, vivió con total coherencia.

Otra vez, este domingo, vamos a leer el pasaje en el cual el Evangelio nos invita a despertar. Podemos pues preguntarnos con sinceridad: ¿Vivimos nuestra experiencia cristiana como fruto de un claro despertar que nos coloca en una relación no dual con Dios? ¿Vivimos radicalmente nuestra condición de Hijos de Dios? ¿Creemos con certeza que somos Hijos de Dios? ¿Estoy dispuesto a despertar a la novedad del Espíritu que “hace nuevas todas las cosas”? ¿O prefiero seguir encasillado en los viejos esquemas de una religión católica y cristiana, de una Iglesia atosigada de ritos y de costumbres ancestrales pero desligada de la realidad y de las experiencias vitales en las que estamos llamados a encontrar a Dios? ¿Estoy dispuesto a vivir esta Navidad como una experiencia auténticamente espiritual que me lleve a comprender y vivir coherentemente la urgencia que tiene Dios de que le abra mi corazón para que pueda sentirle nacer, es decir, “despertar” en mí?