Agolpados a la puerta: “Sumergidos en Jesucristo”

  •    Diciembre 07 de 2017
  •    José Raúl Arbeláez, S.J.

El P. José Raúl Arbeláez, S.J., reflexiona en torno a la lectura del Evangelio para el próximo domingo 10 de diciembre del presente año y dice que por el bautismo nos vamos configurando con Jesucristo. Explica que para Jesús el bautismo significa la “actitud decidida de responder valientemente a los retos que la vida nos presenta y que implican, evidentemente, la radicalidad con la que intentamos responder a la voluntad de Dios.”


Muchos textos en el Antiguo Testamento, por ejemplo el que escucharemos el próximo domingo tomado del profeta Isaías (40, 1-5.9-11), sugieren que el Señor, es decir, Dios mismo, vendrá a la Tierra. Nada más ni nada menos. La presencia de Dios entre la humanidad indicaría el comienzo de un nuevo tiempo caracterizado por la superación de la esclavitud y el perdón de los pecados de Israel. Isaías existió ochocientos años antes de Cristo. Otros pasajes en el Antiguo Testamento, mucho más recientes, hacen referencia a la expectativa de los israelitas con respecto a un mesías, que surgiría en medio de su pueblo para liberarlos de toda opresión extranjera. Resulta, pues, sorprendente que tal expectativa mantuviese su vigencia tantos siglos, hasta la llegada de Jesús, con quien, dicen los cristianos, finalmente la expectativa se cumplió.

Resulta curiosa la caracterización que de Dios hace Isaías: le atribuye cualidades de buen pastor (apacentaría su rebaño, cuidaría con ternura a los corderitos recién nacidos y atendería con premura a sus madres); al mismo tiempo estaría lleno de poder, lo dominaría todo, sería premiado por su victoria y los trofeos así lo demostrarían. Pero todavía resulta más curiosa la afirmación que hacemos los cristianos de que Dios, tal como lo caracterizó Isaías, es Jesús de Nazaret, a quien crucificaron los romanos acusado de erigirse rey de los judíos, y del cual poco o casi nada se supo en los ámbitos sociales y políticos más influyentes de la época.

Sin duda alguna, la expectativa de un mesías se mantuvo en tiempos de Jesús. Pero, ¿cómo pudo ser posible que aquellos que lo seguían hubiesen terminado por descubrir en él a aquel mesías que había sido anunciado insistentemente en el Antiguo Testamento, si no pasaba de ser un simple hombre, común y corriente, hijo de un carpintero o probablemente todero? ¿En qué percibieron su poder? ¿Qué clase de dominio ejerció? ¿De qué victoria se podría hablar y de que trofeos, si murió en una cruz tratado como un vil sedicioso?

Sin duda, algo debió ser modificado en el imaginario de aquellos judíos, hombres y mujeres, que lo siguieron durante algunos años, hasta la hora de su muerte; algo en el espíritu, la mente y el corazón de aquellos seres humanos se transformó para poder percibir, en aquel que había sido crucificado, la presencia del mismo Dios, encarnado; una experiencia profunda de orden espiritual ha debido impactar la vida de los seguidores de Jesús, de tal modo que descubrieron en él al buen pastor, al Señor lleno de poder, al dominador de todo, al que había alcanzado la victoria y disfrutaba del premio y los trofeos. Y todo eso a pesar de la cruz. ¡Qué paradoja!

Poco a poco, la consecuencia de aquella “conversión” se dejó sentir. En primer lugar, enfrentando las posibilidades de ir a la cárcel o incluso de morir, los que habían seguido a Jesús se dedicaron a transmitir sus enseñanzas e intentaron llevar a la práctica un mandamiento nuevo: amarse los unos a los otros, como Jesús los había amado. En segundo lugar, descubrieron que la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte en cruz, podía ser leída e interpretada como la realización efectiva de la expectativa mesiánica, tanto tiempo alimentada por el pueblo de Israel. Los autores del Nuevo Testamento percibieron, por tanto, la existencia de una clara coherencia entre aquellos muchos pasajes del Antiguo Testamento, que anunciaban la llegada de un mesías para el pueblo de Israel, y la vida de Jesús. Al asumir el relevo, la fuerza y el coraje de los seguidores de Jesús, animados por su espíritu resucitado, no dejaba dudas: Jesús había resucitado.

En la resurrección se encuentra, por tanto, la clave para comprender el modo como Dios se revela plenamente y hace presencia efectiva en medio de nosotros. Es consecuencia de las actitudes misericordiosas que personifica el buen pastor: alimenta, cuida con ternura, atiende con premura. Son rasgos que hablan de alguien decididamente puesto en función del otro, del prójimo. Pero además se constata en el poder, el dominio y la victoria que cabe lograr al acoger los impulsos de quien nos atraviesa plenamente dándonos el ser, sin ningún asomo de dualidad.

Ser bautizados es ser sumergidos en esa corriente vital y trascendente que hace emerger, en medio de nuestras fragilidades humanas, las mismas características que fueron anunciadas por Isaías haciendo referencia a Dios. Por el bautismo nos vamos configurando con Jesucristo. Nos sumergimos en el fuego sagrado del espíritu resucitado de Jesús para experimentar el poder, el dominio y la victoria sobre aquellas fuerzas que pretenden sujetarme a lo rastrero, lo oscuro, lo tenebroso.

San Juan bautizaba para el perdón de los pecados. Jesús nos bautiza con el fuego del Espíritu para que su resurrección se manifieste en cada uno de nosotros. Tal vez resulta necesario recordar que Jesús no parece haber bautizado a ninguno de sus seguidores, al modo como lo hacía Juan el Bautista. Se podría afirmar que su idea del bautismo tiene que ver más con una actitud práctica permanente antes que con un rito determinado. En el Evangelio de San Marcos (10, 38) Jesús pregunta a Santiago y Juan, interesados en ocupar los puestos de la derecha y la izquierda cuando llegase su gloria, si podrán ser bautizados con el bautismo con que él sería bautizado. Es una pregunta que desconcierta, pues sabemos que Jesús había sido bautizado por Juan en el Jordán.

Por tanto, para Jesús el bautismo significa más bien la actitud decidida de responder valientemente a los retos que la vida nos presenta y que implican, evidentemente, la radicalidad con la que intentamos responder a la voluntad de Dios. En otras palabras, para Jesús el bautismo es la cruz. Nos bautizamos en cada acontecimiento vital que nos crucifica. Nos bautizamos al enfrentar las injusticias que nos aquejan; al defender las mujeres y hombres maltratados; nos bautizamos en el intento de sostener un hogar en medio de la apatía o el desaliento de alguno; nos bautizamos en medio de la lucha continua para obtener de manera legal y honrada lo necesario para vivir; nos bautizamos cuando decimos la verdad aunque con ello nos ganemos un problema; nos bautizamos cuando dedicamos tiempo a alguien que nos necesita, aunque tengamos que dejar de lado asuntos personales de cierta importancia.

Jesús no bautizó a nadie durante su vida pública. Sin embargo, en el Evangelio de Juan se cuenta que, ya resucitado, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y después de enviarlos sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. La imagen me parece sumamente bella. Jesús sopla sobre ti, sobre mí, sobre todos nosotros y nos envuelve con su Espíritu resucitado. Es la forma de decir que estamos atravesados por una realidad misteriosa que llamamos el Espíritu de Jesús resucitado. Es así, sintiéndonos envueltos y sumergidos en ese Espíritu, que Jesús, todavía hoy, se sigue manifestando vivo y resucitado.