¿Es buen negocio vender el voto?

  •    Marzo 08 de 2018
  •    Gustavo Jiménez Cadena, S.J.

En su artículo de opinión, el P. Gustavo Jiménez Cadena, S.J., señala que la compra de votos en Colombia es cuento viejo. Y comparte algunas palabras del P. Loidy, un misionero vasco que vivía en Pasto y decía a los campesinos: “No votéis por el político traficante de votos. Votad en conciencia”.


Todos los candidatos hablan contra la corrupción. Pero son muchísimos -¿casi todos?- los que están actuando en sus campañas como vulgares corruptos. Continuamente me llegan a la emisora Ecos de Pasto las lamentaciones de impotentes ciudadanos que quisieran ver a sus paisanos votando por gente honrada.

Ayer, nada más, una señora de Catambuco me decía: “¿Qué hacemos, padre, con esas señoras y señores candidatos que vienen por aquí? A quien les asegure 50 votos les ofrecen 500.000 pesos, a los que les consigan más de 20 les dan 200.000. Y eso lo están haciendo por todos estos pueblos...” Y pensar -digo yo- que, cuando salgan elegidos, esos miles de millones de pesos que gastan durante sus campañas se los reembolsarán ciertamente con dineros del fisco. En otras palabras, esas inmensas cantidades nos las robarán, tarde o temprano, a nosotros los ciudadanos.

La compra de votos en Colombia es cuento viejo. Me propongo hoy desenterrar un hecho que sucedió hace más de cien años, a principios del siglo pasado.

Por aquellos tiempos vivía en Pasto un sacerdote vasco, antiguo combatiente de las guerras carlistas de España: el legendario padre Loidy. En sus andanzas misioneras, el padre Loidy fundó el pueblito de San Ignacio, municipio de Buesaco. Allí se le recuerda como un santo: un virtuoso misionero que no tenía nada de ingenuo, de gran sagacidad y con los pies muy puestos en el suelo. Sobre los sencillos campesinos ejercía un régimen paternalista con frecuentes resabios de militarismo.

Llegó la campaña electoral y con ella la consabida compraventa de votos. Un día el padre Loidy llenó los bolsillos de sus zamarros con las papeletas de votación en favor de los candidatos que él consideraba honrados, montó a caballo y se dirigió a San Ignacio.

Reunidos los campesinos, a toque de corneta, les dijo: “El domingo próximo iréis a votar a Buesaco con el voto que os voy a dar. Vendrán de la ciudad los gamonales corruptos que os pedirán que votéis por ellos. Vosotros no les diréis que no. Les recibiréis también el voto y lo colocaréis en el bolsillo izquierdo; allí se quedará y me lo entregaréis después de la votación. Luego, si os dan de comer, comedles. Si os dan de beber, bebedles. Si os dicen viva el partido de ellos, decidles viva el partido. Si os piden que gritéis abajo nuestro partido, gritadles abajo nuestro partido; pero no olvidéis que tenéis que votar con el voto de vuestro bolsillo derecho”. Está de sobra contar quién ganó las elecciones.

Aunque no apruebo en su totalidad el proceder del padre Loydi, sí le reconozco una valiosa lección para nuestros días. Hoy, en su estilo español, él nos diría: “Mis amigas y amigos: recibidles a los candidatos, si os place, los 500.000 pesos con tal de que nos les consigáis ni un solo voto; si tenéis buen apetito comedles también el hornado y los tamales, y por qué no recibidles las tejas y los bultos de cemento; pero no os sintáis obligados a votar por ellos. Este contrato de cambiar el voto por dineros y otros regalos es básicamente inmoral y no os obliga en conciencia. No votéis por el político traficante de votos. Votad en conciencia”.