Colombia: una realidad diferente fuera de la ciudad - JRS Internacional

Muestran la situación que viven algunas familias desplazadas por la violencia en Soacha, Cund.


Bogotá, 29 de mayo de 2012 - Es más fácil ser optimista sobre la situación humanitaria en Colombia desde los bulliciosos centros de Bogotá, Cartagena o Barranquilla. La prosperidad económica estimulada por un aumento de la inversión extranjera, la creciente clase media y la calidez general de los colombianos pueden darnos la sensación de que todo está bien, que los casi 50 años de guerra civil han quedado atrás y que poco a poco los grupos armados ilegales que dejaban el terror a su paso, han sido derrotados.
Sin embargo, basta salir de los límites de la ciudad de Bogotá y entrar en Soacha, un municipio con un crecimiento urbano descontrolado, caminar por los barrios de la ciudad portuaria de Buenaventura o cruzar los ríos Calima o San Juan, para ver una historia diferente, la de un país aún atrapado en una guerra civil, donde la seguridad - el derecho humano básico a pasar el día sin la amenaza de la tortura, el secuestro o la muerte - sigue siendo un grave desafío.
En Soacha, un municipio anexo a Bogotá, con una población de unos 400,000 habitantes1, más de 30.000 residentes han sido registrados como desplazados. Llegan de todo el país, buscando la seguridad y los servicios de Bogotá, pero no pueden pagar el precio de un arriendo en la capital.
Una iniciativa de la comunidad. Nos reunimos con el equipo del JRS, y con una persona desplazada, un líder decisivo, que ha enseñado a un grupo de 26 mujeres a usar técnicas de agricultura orgánica para mejorar la seguridad alimentaria de las familias de su barrio. Cada familia participante cuenta con una pequeña parcela de tierra en la que planta frutas, tomates, pepinos, hierbas y otros productos básicos.
El apoyo y acompañamiento del Servicio Jesuita a Refugiados también ha permitido a las madres de la comunidad seguir cursos de asistencia sanitaria de emergencia y planes de contingencia.
Nos sentamos en la parcela de doña Katia*, un jardín rodeado de orquídeas y bonsais, hierbas aromáticas, papayuelas, menta, calabazas y otros cultivos; un espacio verde que se yuxtapone a los erosionados peñascos que se levantan frente a un valle polvoriento. Los camiones con piedra arenisca circulan arriba y abajo por los caminos de tierra del valle. Su carga al aire libre y el polvo levantado por los neumáticos pronto nos cubre la piel con una capa de color cobrizo.
Doña Katia mira con preocupación a su hija de diez años de cuya garganta sale una tos ronca. Muchos de los niños de la comunidad tienen problemas pulmonares, que se atribuye al polvo que sale constantemente de las de 30 canteras que salpican el paisaje de Soacha.
Sólo un puñado de éstas tienen los permisos, el resto funcionan ilegalmente saqueando los recursos de la comunidad a la vez que contaminan el agua, erosionan la tierra y hacen el lugar más vulnerable a las inundaciones.
Escuchamos la historia de la participación cívica de la comunidad y de su trabajo con la alcaldía de la localidad para plantear sus preocupación por las amenazas y desapariciones atribuidas a grupos paramilitares, y por los problemas producidos por la minería ilegal.
El acceso a la atención sanitaria de calidad, una educación adecuada y los servicios para las personas desplazadas bajo un marco legal progresista en Colombia son las preocupaciones principales de la comunidad.
Presuntamente, las FARC, un grupo rebelde de izquierda, estaría todavía presente en las áreas rurales de los alrededores de Soacha, aprovechándose de la población local, exigiéndole el pago de impuestos para la guerra y tratando de reclutar a la fuerza a los jóvenes.
A medida que los grupos paramilitares ocupan más y más el paisaje urbano, el desplazamiento intraurbano se ha convertido en un problema creciente.
Shaina Aber, adjunta para temas de advocacy del director del JRS USA
*El nombre ha sido cambiado por razones de seguridad.

Según el censo de 2005. Otros informes recogidos en este viaje pondrían la población en un millón.