EDITORIAL
Julio de 2008

 

Dialogo Iglesia – Mundo

En los 100 años de servicio de la Conferencia Episcopal Colombian

 


Gabriel Izquierdo, S. J.

En este año de 2008 se celebran aniversarios significativos para la Iglesia colombiana y latinoamericana: cien años de acción de la Conferencia de Obispos en Colombia; cuarenta años de la II Asamblea del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) en Medellín, que dinamizó la acción de la Iglesia católica en nuestro continente señalando estrategias para el cambio social en la justicia, aplicando la reflexión del Concilio Vaticano II. Cuarenta años de la carta de Paulo VI, “Populorum Progressio” en la que se subraya que el “desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Estos eventos sirven de marco y de motivo para preguntarnos sobre el papel que tiene la Iglesia frente a la sociedad, frente al mundo, frente al universo. ¿Es su función permanecer encerrada dentro de los muros de sus templos, centrada en sus actos litúrgicos? , ¿Es su quehacer en este mundo, actuar como árbitro inapelable de principios y decisiones, en todos los órdenes, en virtud de su carácter divino, que todos deben aceptar?

Fue curiosamente un anciano octogenario, Juan XXIII, el impulsor del llamado “aggiornamento” de la Iglesia, que ponía como meta primera establecer un diálogo real, una comunicación activa entre la Iglesia y el mundo, con la intención de enriquecer a los interlocutores. Este diálogo implica que el sentido de la Iglesia es estar abierta, comunicarse, enriquecer y dejarse enriquecer en el intercambio. Paulo VI, en su discurso ante la ONU, foro internacional por excelencia, presentó la nueva actitud de la Iglesia como “experta en humanidad”. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”, dedicada a examinar las relaciones Iglesia-Mundo, señala como objeto del diálogo “…las preguntas sobre la misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino de las cosas y del hombre…”

Dentro de este horizonte antropocéntrico, la comunidad de la Iglesia debe encontrarse con los hombres y mujeres del mundo para prestar un servicio de humanización de las personas, de las relaciones sociales, de la misma naturaleza. Un eje de ese esfuerzo de iluminación y de acción es la convocatoria para la promoción de la dignidad de las personas y de sus derechos universales, no negociables: el derecho a la vida durante todo el ciclo de la existencia; el derecho efectivo a una subsistencia humana en el campo de las oportunidades de trabajo, de la salud, de la vivienda, de la educación y de la recreación; los derechos y las responsabilidades humanas que exigen una búsqueda común para superar las injusticias, la pobreza y la miseria por medio de caminos efectivos de desarrollo integral.

El derecho a la diferencia, a ser distintos en los entornos políticos, religiosos, étnicos, de clase social, de familia, de región, de género, de opinión. Las diferencias pueden generar conflictos pero aceptadas y valoradas con respeto son fuente de riqueza y posibilidades de construcción común. La práctica de los derechos a la participación que incida en las decisiones sobre lo que pertenece a todos, de lo público, que no se puede reducir al manejo exclusivo de unos pocos. La vigencia del poder ser humano que se relaciona con el derecho y el cuidado a un medio ambiente que nos ayude a vivir dignamente.

Otro eje de encuentro entre Iglesia y mundo es la cultura que como sistema de significados, de símbolos múltiples y de valores que orientan el sentido de las gentes, del mundo y del universo, debe dar forma al proyecto de humanización: los lenguajes, las formas de comercio, el sentido de las instituciones (familia, Estado), las prácticas de recreación. En todos estos procesos culturales se debe combinar la autonomía propia de cada una con el carácter de humanización. En medio de este proyecto de propuestas humanas, es necesaria una ética basada en valores que impulse la construcción del bien común.

El trabajo de la Iglesia, en este diálogo, se basa, metodológicamente, en un primer paso, en el análisis de los principales procesos del actuar humano en la historia actual. Hoy día, fenómenos como la globalización, las migraciones, el renacer de proyectos regionales, los lenguajes virtuales, la urbanización, la aparición de nuevos actores políticos como la mujer, la carencia de alimentos, y la absolutización de proyectos religiosos son realidades para discernir e iluminar conjuntamente con los hombres y mujeres de la sociedad con el fin de encontrar estrategias que ayuden al crecimiento y desarrollo humano. Dentro de esta búsqueda, se debe identificar también todo lo que destruye la humanización de la vida: las guerras, las violencias, todas las esclavitudes del ser humano; el abuso y la trata de personas, las injusticias y discriminaciones sociales y culturales que generan pobreza y miseria. La paz, la libertad, la calidad de vida, la posibilidad de convivencia y la misma existencia de la humanidad dependen de la construcción de un proyecto de consenso y encuentro que haga realidad la práctica de la dignidad humana, que genere culturas humanizadas en medio de los procesos del mundo contemporáneo, y que ponga los medios para señalar y superar las dinámicas que destruyen los derechos, las relaciones sociales y las mismas personas y grupos humanos.

Si nos preguntamos por base de la motivación y el sentido de la acción de la comunidad de la Iglesia y de sus afanes en este esfuerzo, nos encontramos que, junto con las coincidencias con los demás hombres del mundo que hemos señalado, existe una visión y un compromiso que nacen de la fe. Las afirmaciones y práctica de la fe, de ninguna manera debilitan el proyecto humano, sino, por el contrario, lo profundizan, lo refuerzan y le dan nuevos significados. La humanidad y el universo son fruto de la acción de un Dios creador que es amor. Es el Padre que crea a hombres y mujeres y los destina, por amor, a ser sus hijos. Más aún, “… tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo…”.Cuando Dios se comunica con la creación humana, lo hace a través de su Hijo encarnado, que se hace hombre “ en todo semejante a nosotros menos en el pecado…” ,que es la destrucción de la humanización.

Jesucristo es el grado máximo de la solidaridad de Dios con los hombres y el universo; es la expresión profunda del respeto, del diálogo y de la aceptación de Dios a los hombres. La lógica de Dios es su presencia personal de amor que impulsa al perdón, a la reconciliación, a la transparencia, a la escucha, que, a su vez, son el camino para lograr la paz. Su enseñanza vital es el amor que es servicio, don, solidaridad. Por eso Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Su muerte es el lenguaje efectivo de su deseo de entregarlo todo para superar lo que destruye el proyecto humano: el odio, el egoísmo, la venganza, la soberbia, el desprecio. Como todo acto de amor produce vida, su muerte genera resurrección. La meta de su entrega y de su resurrección es generar hombres y mujeres renovados en la solidaridad, en el servicio y en el amor para construir “… un cielo nuevo y una tierra nueva...”.

Al analizar, en este número de la Revista Javeriana, propuestas y caminos de desarrollo en lo económico, político, ético y social, queremos reforzar hechos y prácticas de humanización, en las que también la Iglesia tiene un papel efectivo, para reforzar relaciones de paz, de justicia y de solidaridad en Colombia.

gasito@colomsat.net.co
 

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