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Gabriel
Izquierdo, S. J.
En este año de 2008
se celebran aniversarios significativos para la Iglesia colombiana y
latinoamericana: cien años de acción de la Conferencia de Obispos en
Colombia; cuarenta años de la II Asamblea del CELAM (Consejo Episcopal
Latinoamericano) en Medellín, que dinamizó la acción de la Iglesia católica
en nuestro continente señalando estrategias para el cambio social en la
justicia, aplicando la reflexión del Concilio Vaticano II. Cuarenta años de
la carta de Paulo VI, “Populorum Progressio” en la que se subraya que el
“desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Estos eventos sirven de marco y
de motivo para preguntarnos sobre el papel que tiene la Iglesia frente a la
sociedad, frente al mundo, frente al universo. ¿Es su función permanecer
encerrada dentro de los muros de sus templos, centrada en sus actos
litúrgicos? , ¿Es su quehacer en este mundo, actuar como árbitro inapelable
de principios y decisiones, en todos los órdenes, en virtud de su carácter
divino, que todos deben aceptar?
Fue curiosamente un
anciano octogenario, Juan XXIII, el impulsor del llamado “aggiornamento” de
la Iglesia, que ponía como meta primera establecer un diálogo real, una
comunicación activa entre la Iglesia y el mundo, con la intención de
enriquecer a los interlocutores. Este diálogo implica que el sentido de la
Iglesia es estar abierta, comunicarse, enriquecer y dejarse enriquecer en el
intercambio. Paulo VI, en su discurso ante la ONU, foro internacional por
excelencia, presentó la nueva actitud de la Iglesia como “experta en
humanidad”. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral
“Gaudium et Spes”, dedicada a examinar las relaciones Iglesia-Mundo, señala
como objeto del diálogo “…las preguntas sobre la misión del hombre en el
universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre
el destino de las cosas y del hombre…”
Dentro de este
horizonte antropocéntrico, la comunidad de la Iglesia debe encontrarse con
los hombres y mujeres del mundo para prestar un servicio de humanización
de las personas, de las relaciones sociales, de la misma naturaleza. Un
eje de ese esfuerzo de iluminación y de acción es la convocatoria para la
promoción de la dignidad de las personas y de sus derechos universales, no
negociables: el derecho a la vida durante todo el ciclo de la existencia; el
derecho efectivo a una subsistencia humana en el campo de las oportunidades
de trabajo, de la salud, de la vivienda, de la educación y de la recreación;
los derechos y las responsabilidades humanas que exigen una búsqueda común
para superar las injusticias, la pobreza y la miseria por medio de caminos
efectivos de desarrollo integral.
El derecho a la
diferencia, a ser distintos en los entornos políticos, religiosos, étnicos,
de clase social, de familia, de región, de género, de opinión. Las
diferencias pueden generar conflictos pero aceptadas y valoradas con respeto
son fuente de riqueza y posibilidades de construcción común. La práctica de
los derechos a la participación que incida en las decisiones sobre lo que
pertenece a todos, de lo público, que no se puede reducir al manejo
exclusivo de unos pocos. La vigencia del poder ser humano que se relaciona
con el derecho y el cuidado a un medio ambiente que nos ayude a vivir
dignamente.
Otro eje de
encuentro entre Iglesia y mundo es la cultura que como sistema de
significados, de símbolos múltiples y de valores que orientan el sentido de
las gentes, del mundo y del universo, debe dar forma al proyecto de
humanización: los lenguajes, las formas de comercio, el sentido de las
instituciones (familia, Estado), las prácticas de recreación. En todos estos
procesos culturales se debe combinar la autonomía propia de cada una con el
carácter de humanización. En medio de este proyecto de propuestas humanas,
es necesaria una ética basada en valores que impulse la construcción del
bien común.
El trabajo de la
Iglesia, en este diálogo, se basa, metodológicamente, en un primer paso, en
el análisis de los principales procesos del actuar humano en la historia
actual. Hoy día, fenómenos como la globalización, las migraciones, el
renacer de proyectos regionales, los lenguajes virtuales, la urbanización,
la aparición de nuevos actores políticos como la mujer, la carencia de
alimentos, y la absolutización de proyectos religiosos son realidades para
discernir e iluminar conjuntamente con los hombres y mujeres de la sociedad
con el fin de encontrar estrategias que ayuden al crecimiento y desarrollo
humano. Dentro de esta búsqueda, se debe identificar también todo lo que
destruye la humanización de la vida: las guerras, las violencias, todas las
esclavitudes del ser humano; el abuso y la trata de personas, las
injusticias y discriminaciones sociales y culturales que generan pobreza y
miseria. La paz, la libertad, la calidad de vida, la posibilidad de
convivencia y la misma existencia de la humanidad dependen de la
construcción de un proyecto de consenso y encuentro que haga realidad la
práctica de la dignidad humana, que genere culturas humanizadas en medio de
los procesos del mundo contemporáneo, y que ponga los medios para señalar y
superar las dinámicas que destruyen los derechos, las relaciones sociales y
las mismas personas y grupos humanos.
Si nos preguntamos
por base de la motivación y el sentido de la acción de la comunidad de la
Iglesia y de sus afanes en este esfuerzo, nos encontramos que, junto con las
coincidencias con los demás hombres del mundo que hemos señalado, existe una
visión y un compromiso que nacen de la fe. Las afirmaciones y práctica de la
fe, de ninguna manera debilitan el proyecto humano, sino, por el contrario,
lo profundizan, lo refuerzan y le dan nuevos significados. La humanidad y el
universo son fruto de la acción de un Dios creador que es amor. Es el Padre
que crea a hombres y mujeres y los destina, por amor, a ser sus hijos. Más
aún, “… tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo…”.Cuando Dios
se comunica con la creación humana, lo hace a través de su Hijo encarnado,
que se hace hombre “ en todo semejante a nosotros menos en el pecado…” ,que
es la destrucción de la humanización.
Jesucristo es el
grado máximo de la solidaridad de Dios con los hombres y el universo; es la
expresión profunda del respeto, del diálogo y de la aceptación de Dios a los
hombres. La lógica de Dios es su presencia personal de amor que impulsa al
perdón, a la reconciliación, a la transparencia, a la escucha, que, a su
vez, son el camino para lograr la paz. Su enseñanza vital es el amor que es
servicio, don, solidaridad. Por eso Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Su
muerte es el lenguaje efectivo de su deseo de entregarlo todo para superar
lo que destruye el proyecto humano: el odio, el egoísmo, la venganza, la
soberbia, el desprecio. Como todo acto de amor produce vida, su muerte
genera resurrección. La meta de su entrega y de su resurrección es generar
hombres y mujeres renovados en la solidaridad, en el servicio y en el amor
para construir “… un cielo nuevo y una tierra nueva...”.
Al analizar, en este
número de la Revista Javeriana, propuestas y caminos de desarrollo en lo
económico, político, ético y social, queremos reforzar hechos y prácticas de
humanización, en las que también la Iglesia tiene un papel efectivo, para
reforzar relaciones de paz, de justicia y de solidaridad en Colombia.
gasito@colomsat.net.co
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