El proceso de Regionalización nos desacomoda, nos desinstala de nuestras zonas de estabilidad y de seguridad, ya que procuramos permanecer en estado continuo de discernimiento, a la luz del Espíritu.

Promover unos hábitos y una cultura permanente de comunidad de discernimiento, de conversación espiritual, de agentes misericordiosos, de sinceros colaboradores, que obran como facilitadores del trabajo en red, debería ser –valga la redundancia– lo habitual y lo natural en nuestro modo de ser y de proceder.

 

Aportes de la CG36 para afectarnos más en las region

El Padre General Arturo Sosa S.J., en la carta con la que promulga oficialmente los textos de la CG 36, afirma que "los decretos de la CG 36 son una invitación a entrar en la fase de la elección de nuestra vida como jesuitas y de nuestro modo de proceder en la misión. Son una invitación a elegir este camino y ponernos, sin condiciones, a la entera disposición de quien nos llama".


El proceso de Regionalización nos desacomoda, nos desinstala de nuestras zonas de estabilidad y de seguridad, ya que procuramos permanecer en estado continuo de discernimiento, a la luz del Espíritu. Este proceso no es una estrategia simplemente programática de tipo empresarial, o de tipo operativo cual gestión de una gran ONG. Dicho proceso será tanto más fecundo de frutos en el Espíritu, en tanto que con ocasión del mismo, podamos ser mujeres y varones de quienes se pueda afirmar su identidad como hombres de ardiente pasión por el Evangelio (CG 36, D.1. nn. 17 al 20).

Son cinco actitudes que podemos entresacar principalmente de los Decretos 1 y 2, que llevan por título Compañeros en una Misión de Reconciliación y de Justicia, y Un Gobierno renovado para una Misión renovada respectivamente. Esas actitudes son, por así decirlo, condiciones concretas de posibilidad para que pueda hablarse entre nosotros, de una verdadera misión de Reconciliación y de Justicia, basada en la Fe en Jesucristo y en clave de pertenencia a la Iglesia, de una Iglesia en salida al mundo, a la humanidad, como lo ha señalado el Papa Francisco claramente en todo su magisterio. Aquí, por efectos de espacio, sólo dejaremos descritas tales actitudes en algunos de sus rasgos.

En primer lugar, aparece la necesidad de retornar a las raíces de la Compañía de Jesús en sus orígenes: volver a ser comunidad de discernimiento. El discernimiento se favorece si un grupo de vida en la fe, sea la comunidad, sea el equipo de trabajo de una obra apostólica, o bien la misión regional, toma en cuenta el criterio de una vida más sencilla y sobria, como la de tantos en el mundo: los pobres. A ellos fueron siempre cercanos, afectiva y materialmente los Primeros Compañeros quienes vivieron pobremente. La comunidad de discernimiento no es autorreferencial, sino que en medio de horizontes abiertos, de trabajos diversos, y normalmente de alta especialización, se mantiene unida por el seguimiento de Cristo como un solo cuerpo. El discernimiento fortalece el sentido de cuerpo y por ende, “cuando la misión no recibe el apoyo del cuerpo de la Compañía corre el peligro de languidecer”. El discernimiento fundamenta las decisiones de toda autoridad legítima.

En segundo lugar, el discernimiento de la comunidad, o bien de una obra, o de la Región es posible si en ella, se fomenta y se cultiva la conversación espiritual. Para la CG 36, la conversación espiritual es ese intercambio de escucha activa y receptiva, de aquello que nos toca más hondamente, al considerar los movimientos espirituales, individuales y comunitarios que permitan elegir el camino de la consolación que fortalece la fe, la esperanza y la caridad. Tal conversación favorece la confianza y la apertura en nosotros y en los demás, con el fin de tomar cualquier decisión.

En tercer lugar, se puede ser ministro de la Reconciliación y de la Justicia, sólo cuando se ha experimentado en carne propia la misericordiosa mirada de Dios sobre nuestras debilidades y sobre nuestro pecado. Tal experiencia nos vuelve humildes y agradecidos con el Señor; y de esta manera, no de ninguna otra, nos convertimos en ministros de misericordia para con todos. La experiencia fundante de la misericordia de Dios, ha sido siempre la fuente de aquella audacia propia de la Compañía, que estamos llamados a preservar en nuestras vidas y en nuestras obras.

En cuarto lugar, como lo hicieron las Congregaciones Generales 34 y 35, y en sentido de la repetición ignaciana, se nos pide de nuevo el trabajo en colaboración entre todas las personas con las que compartimos la misión, especialmente con aquellas inspiradas por la espiritualidad ignaciana. En línea con lo dicho en la primera parte del mes de Enero, y parafraseando al Padre General Arturo Sosa SJ, vale la pena afirmar que la colaboración no es una estrategia utilitarista, dada la disminución del número de jesuitas; eso sería traicionar el verdadero sentido de la colaboración. En este momento de la Iglesia y de la Compañía, son los laicos quienes dan vitalidad y empuje a las obras, y aún al proceso de la Regionalización. Por otra parte, esa colaboración no es endógena, no mira a la Compañía misma, sino que es una colaboración abierta, porque se ofrece a los proyectos, iniciativas o actividades de otros, a quienes la Compañía puede ofrecer apoyo humano, técnico, intelectual o económico.

Y finalmente, una actitud consecuencia de la colaboración, es la disponibilidad especialmente de las obras y aún de las personas, capaces de aportar su visión y su liderazgo para el trabajo en Red, es decir, para la misión en colaboración. Ese trabajo en red “se construye cuando se comparte la misma visión y presupone una cultura de la generosidad, abierta a la colaboración con otros y el deseo de celebrar sus logros”. En este sentido, cada misión Regional de la Provincia es, por así decirlo, una red regional del servicio apostólico que se pretende por medio de las obras locales presentes en el territorio concreto.

Nuestra Provincia, bien sea en las Regiones de Misión donde estamos presentes, bien sea en las diversas obras apostólicas, podría y debería examinar continuamente, desde la pedagogía ignaciana de inquirir, de indagar y de evaluar mucho, qué tanto refleja en su servicio las actitudes que acaban de ser expuestas, de modo que seamos todos realmente «compañeros en una misión de Reconciliación y de Justicia». Promover unos hábitos y una cultura permanente de comunidad de discernimiento, de conversación espiritual, de agentes misericordiosos, de sinceros colaboradores, que obran como facilitadores del trabajo en red, debería ser –valga la redundancia– lo habitual y lo natural en nuestro modo de ser y de proceder. En la hora presente y de cara al futuro de nuestra sociedad en Colombia, esos hábitos son hoy más que nunca insoslayables.