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COLOMBIA.
Al llegar los españoles a comienzos del siglo XVI, estaba
habitada por numerosas tribus indígenas, entre las que
sobresalía la de los muiscas, de la gran familia chibcha,
notable por su nivel cultural, establecida en las altiplanicies
centrales del país. La colonización comenzó por la costa
atlántica, donde se fundaron las ciudades de Santa Marta (1526),
Cartagena (1533) y Riohacha (1545); en el interior del país,
Santafé de Bogotá (1538), y en el occidente colombiano Cali
(1536) y Popayán (1537). Éstas eran ciudades españolas
trasplantadas a tierras americanas. A los indígenas se les
había agrupado en pequeños pueblos, llamados doctrinas. En la
época del dominio hispano, Colombia llevó el nombre de Nuevo
Reino de Granada y estuvo gobernada por el presidente de una
audiencia; en 1717, el Nuevo Reino fue elevado a virreinato,
que, suprimido en 1723, se restableció en 1739. Tras su
independencia (1819), formó con Venezuela y Ecuador la unidad
política de Gran Colombia y, al disolverse ésta en 1830,
conservó el nombre de Nueva Granada hasta 1886, que tomó el de
Colombia.
Cuando llegaron los jesuitas el
Nuevo Reino, había cuatro sedes episcopales: el arzobispado de
Santafé de Bogotá y las diócesis de Santa Marta, Cartagena y
Popayán. Encontraron ya establecidos a los mercedarios,
dominicos, franciscanos y agustinos. La cristianización de los
indígenas, especialmente de los muiscas, fue rápida, pero un
tanto superficial.
I. ANTIGUA COMPAÑÍA DE JESÚS
(1590-1767)
Los primeros jesuitas que
pisaron tierra colombiana fueron los que en 1567 desembarcaron
en Cartagena con el destino al Perú (Mon Per.
1:162-178). Los primeros en llegar a Santafé de Bogotá fueron
los PP. Fancisco de Victoria y Antonio Linero y el H. Juan
Martínez, que acompañaban al presidente Antonio González. Se
les unió en octubre de ese año el P. Antonio González, llegado
del Perú. Trataron de establecerse en Santafé,pero ni la corte
de Madrid ni el P. General Claudio Acquaviva lo juzgaron por
entonces conveniente (Ib. 5:716; 193).
En 1598, arribaron a Cartagena,
con el arzobispo de Santafé, Bartolomé Lobo Guerrero, los PP.
Alonso de Medrano y Francisco de Figueroa, procedentes de
México, y pronto se ocuparon en diversos ministerios, dando los
primeros pasos para la fundación de un colegio. En 1600, se
embarcaron para Eruropa con el fin de informar a Madrid y Roma
sobre la conveniencia de establecer la Compañía de Jesús en el
Nuevo Reino (Informe del Medrano, ABZ, 2:518-541). Fruto de
esas gestiones fue el envío de una expedición de doce jesuitas,
que llegaron a Cartagena en 1604, junto a otros que llevaba al
Perú Diego de Torres Bollo. De los doce jesuitas, siete se
quedaron en Cartagena, donde abrieron un colegio (1 de enero de
1605) y los otros cinco siguieron con Martín de Funes a Santafé.
Mediado 1605, se presentó el P. viceprovincial Torres, con
nuevos refuerzos del Perú. Asimismo en 1605, a petición del
arzobispo, se encargaron del colegio-seminario San Bartolomé,
fundado por el prelado, que aún perdura. También tomaron las
doctrinas de indios de Cajicá y Fontibón, pueblos cercanos a
Santafé, y algo más tarde, las de Duitama y Tópaga. Alonso de
Sandoval inició en Cartagena su apostolado entre los esclavos
negros, de los que la ciudad era un centro de activo comercio.
En la ciudad de Tunja (Boyacá),
se estableció un colegio (1613) y se trasladó el noviciado,
fundado inicialmente en Santafé. Para entonces, se había
constituido la viceprovincia del Nuevo Reino y Quito con las
casas de Santafé, Cartagena, Quito y Panamá, que contaba con
sesenta y un miembros. Había dependido hasta entonces de la
provincia del Perú, pero por dificultad de comunicación, se le
hizo independiente en 1607. La I Congregación Provincial se
celebró en Cartagena (1610), proponiéndose la elevación a
provincia y la devolución del colegio de Quito, que había sido
reincorporado a la provincia del Perú. Acquaviva accedió a lo
primero, y el nuevo P. General Mucio Vitelleschi unió (1617) el
colegio de Quito a la provincia, que se llamó en adelante del
Nuevo Reino y Quito (a. M. Arceo; 3 noviembre 1617 [ARSI N.
R. et Q.1, f. 53]).
Aceptada (1620) la doctrina de
Honda, un activo puerto sobre el Río Magdalena, la Compañía de
Jesús abrió una residencia que se convirtió en colegio en 1634.
Se fundó (1624) otro colegio en Pamplona, gracias a la
generosidad del presbítero Pedro Esteban Rangel, y se inició
(1634) el de Mérida (en actual territorio venezolano). En el
colegio de Santafé empezaron las clases de filosofía en 1608 y
las de teología en 1612 y, en virtud del breve de Gregorio XV
In Supereminenti (9 julio 1621) y de la real cédula de
Felipe IV (2 febrero 1622), pudo otorgar grados en 1623, con lo
que nació la Universidad Javeriana. Un ruidoso conflicto de los
jesuitas con el arzobispo de Santafé, Bernardino de Almansa,
movió a Vitelleschi a enviar a Rodrigo de Figueroa como
visitador a la provincia, que la dividió en 1637, pero fue
restaurada por orden del P. General en 1639.
En 1640, empezó el colegio de
Popayán, ciudad que dependía de la andiencia de Quito. Cuando
el obispo de Popayán, el agustino Francisco de la Serna, fundó
el colegio seminario San Francisco de Asís (1643), lo confió a
los jesuitas. El mismo año se estableció un nuevo colegio en
Mompós, que era entonces el más importante puerto sobre el río
Magdalena. Con licencia del obispo de Quito, Fr. Pedro de
Oviedo, y del presidente de la audiencia de Quito, se abrió una
residencia en Pasto (1643),pero la oposición del nuevo obispo de
Quito, Alonso de la Peña, y de su cabildo eclesiástico hizo que
se cerrara un año después.
Cuando los dominicos inauguraron
solemnemente (1639) la Universidad de Santo Tomás en Santafé,
surgió un conflicto con los jesuitas, que iba a prolongarse
varios años. Los dominicos se creían con derecho a establecer
una universidad de estudios generales, y dieron tal categoría a
su universidad. Con ello perdían los jesuitas el derecho a
conferir grados y, por esto, pidieron que se examinaran los
títulos de la Unviersidad de Santo Tomás. Llevaron el pleito
hasta Madrid y Roma, se prolongó hasta 1704, cuando el Papa
Clemente XI otorgó iguales derechos y privilegios a ambas
universidades. Uno de los más notables catedráticos de la
Javeriana fue Juan Martínez de Ripalda, que publicó sus
lecciones de filosofía y teología, De usu et abusu doctrinae
Divi Thomae (Lieja, 1704) para demostrar que en la Javeriana
se seguía la doctrina de Santo Tomás.
En Cartagena, el P. Sandoval
consignó sus experiencias y métodos en la catequización de los
esclavos negros en el admirable tratado Naturaleza, policía
sagrada y profana, costumbres y ritos, disciplina y catecismo
evangélico de todos etíopes (Sevilla, 1627). Su edición
latina, De instauranda Aethiopum salute, se empezó a
publicar en Madrid en 1647.
La provincia había enviado
(1658) una pequeña comunidad a la isla de La Española para abrir
un colegio. Aunque se trató de dejar esta fundación por la
distancia que la separaba del Nuevo Reino y la dificultad en
obtener el permiso requerido, se mantuvo la residencia hasta que
Felipe V otorgó su licencia por real cédula del 26 de septiembre
de 1701. El colegio se transformó en el siglo XVIII en
universidad real y pontificia.
Preocupado en arzobispo de
Santafé, Hernando Arias de Ugarte, del abandono espiritual de
los indios de los Llanos del Casanare, confió esta región a la
Compañía de Jesús (1624), entregándole la doctrina de Chita,
entonces en mano del clero diocesano. Cinco jesuitas trabajaron
algunos años en esta misión, hasta que el sucesor en la sede de
Santafé dejó de verlo con buenos ojos, y los jesuitas tuvieron
que abandonarla en 1628. Unos indígenas de Tame, doctrina
situada en los Llanos Orientales (hoy en Arauca), se presentaron
en Santafé a pedir doctrineros (1659), pues se encontraban sin
atención espiritual. El provincial Hernando Cabero vio lelgada
la hora de restaurar la anterior misión. Con el beneplácito de
las autoridades eclesiásticas y civiles de Santafé, envió (1661)
a Ignacio Cano, Juan Fernández Pedroche y Alonso de Neira, a los
que se unió el francés Antonio Bois-le-vert (castellanizado en
Monteverde). Los misioneros fundaron las doctrinas de o
reducciones de Pauto, Tame, San Salvador del Casanare, Nuestra
Señora del Pilar de Patute y Macaguane, a las que se sumaron
nuevos misioneros en los años siguientes. Los indígenas
evangelizados eran al principio sobre todo achaguas y tunebos;
se extendió luego a guahivos y sálivas. Ignacio Fiol y Felipe
Gómez exploraron las márgenes del Orinoco (1679), a cuyo nuevo
campo de misión fueron enviados Gaspar Pöck o Beck, Cristóbal
Rueld y Agustín Campos; al caer enfermo este último, fue
sustituido por Julián Vergara y, en 1683, se les unió el belga
Ignacio Teobaest. Todos ellos sufrieron grandes penalidades por
la carencia total de medios para vivir. Una incursión de los
temidos caribes, procedentes de la Guyana, sembró en 1684 la
destrucción en las problaciones fundadas por los misioneros.
Fiol, Pöck y Teobaest fueron asesinados, y Vergara tuvo que
huir. Se intentó restablecer la misión, protegida por una
pequeña escolta militar, pero sin éxito. En una nueva
incursión, los caribes dieron muerte a Vicente Loverso (12
febrero 1693), y los demás misioneros tuvieron que huir.
Los jesuitas habían insistido en
la conveniencia de la división de su provincia por las
diferencias que se vivían en las dos regiones de Santafé y
Quito. El P. General Tirso González envió de visitador a Diego
Francisco Altamirano, quien, tras recorrer dos veces todas las
casas de la provincia, procedió a dividirla en noviembre 1696,
creando la provincia de Quito, separa del Nuevo Reino. A esta
última provincia asignó las casas de Santafé, Tunja, Cartagena,
Pamplona, Mérida, Mompós y Honda, el colegio seminario de San
Bartolomé, la residencia de Fontibón y la misión de los Llanos
de Casanare y de los Ríos Meta y Orinoco.
En el siglo XVIII, los jesuitas
pudieron establecer en el actual territorio colombiano lo
colegios de Pasto (1712) y Buga (1745), que se incorporaron a la
provincia de Quito. Por su parte, provincia del Nuevo Reino
abrió (1727) el colegio de Santafé de Antioquia, donde gozaba la
Compañía de Jesús de especial aprecio por los numerosos alumnos
del colegio San Bartolomé que allí habían y por las no pocas
vocaciones jesuitas que de él habían salido. También en este
siglo, la provincia jesuita extendió su actividad a la capitanía
general de Venezuela. Se intentó fundar un colegio en
Maracaibo, donde había una pequeña residencia, pero se tropezó
con la resistencia del fiscal del Consejo de Indias. En cambio,
se consiguió la aprobación real para la fundación de un colegio
en Caracas por cédula de 20 de diciembre de 1752, y se inició la
docencia al año siguiente.
En 1706, se inauguró en la
Universidad Javeriana de Santafé la facultad de derecho canónico
y civil, cuyo primer catedrático fue el fiscal de la audiencia,
Pedro Sarmiento Huesterlin. En 1744, se estableció en el
colegio de Popayán la Universidad de San José con cátedras de
filosofía y teología. Basándose en el privilegio de la Compañía
de Jesús, se confirieron los primeros grados en 1748. Además,
los jesuitas introdujeron en Santafé la primera imprenta de
Colombia (1737), y se imprimieron algunos folletos y novenas.
Los primeros conocidos son de 1738: Novena del Corazón de
Jesús y Septenario al Corazón Doloroso de María Santísima,
obra del impresor catalán H. Francisco de la Peña.
Dada la escacez de vocaciones
nativas, la provincia del Nuevo Reino, como las demás del Nuevo
Mundo, se vio reforzada por varias expediciones de misioneros
venidos de Europa durante los siglos XVII y XVIII. Para ello,
los jesuitas superaron la prohibición real de dejar pasar
religiosos a América. Entre las expediciones más numerosas se
cuentan la de 1694, del P. Pedro Calderón, con cuarenta y cinco
jesuitas, varios de ellos italianos y alemanes, la de 1705 con
43, la de 1725 con 56, y la de 1760 con 34. En 1717, veintitrés
misioneros de Europa murieron en el naufragiod el navío
Sangronis.
La principal actividad jesuita
en el interior del Nuevo Reino fue la educación. Del seminario
San Bartolomé salieron muchos sacerdotes que destacaron por su
preparación académica y celo pastoral. El clero de la provincia
de Antioquia se formó en buena parte en San Bartolomé, y el
influjo del espíritu de la Compañía de Jesús advertía años
después de la expulsión de ésta (1767), como declaraba Francisco
Silvestre, gobernador de la provincia.
También destacaron las misiones
populares, siendo muchos los predicadores que organizaban desde
sus colegios misiones periódicas por la comarca; entre estos
Juan de Rivera (c. 1607-1649), José Casses (1644-1698) y Antonio
Julián. En 1761, se estableció en Buga una casa de ejercicios
espirituales y, por los mismos años, otra en Santafé de Bogotá,
llamada de San Felipe. En los colegios se habían formado
congregaciones piadosas para las varias clases sociales. Eran
frecuentes las predicaciones, los catecismos por las calles y
plazas, y las visitas periódicas a hospitales y cárceles.
En las misiones de los Llanos,
cerrada la entrada en el río Orinoco por las incursiones de los
caribes, la Compañía de Jesús intensificó su acción en el
Casanare, evangelizando a los indios betoyes, con los que José
Gumilla fundó la próspera reducción de San Ignacio. Se extendió
su acción a los achaguas y sálivas en las márgenes del río Meta,
y se fundaron las reducciones de San Francisco de Regis de
Guanapalo, San Miguel de Macuco y, más tarde, las de Jiramena y
Casimena. Se trató en vano de asentar en reducciones a los
guahivos que recorrían incesantemente los extensos Llanos. La
historia de estas misiones la escribió Juan de Rivero, que fue
su superior. En 1731, reanudaron Gumilla y Bernardo Rotella las
misiones del río Orinoco, donde establecieron varias
reducciones.
El 31 de julio de 1767
sorprendió a los jesuitas de Santafé y de otras ciudades del
Nuevo Reino la real pragmática de Carlos III que los expulsaba
de sus dominios. El virrey Pedro Messía de la Cerda, sincero
amigo de la Compañía de Jesús, fue el encargado de intimar la
orden, y procuró en lo posible mitigar de la medida. La
provincia contaba entonces con 227 religiosos, de los cuales 114
eran sacerdotes, 57 escolares y 56 hermanos. A los desterrados
se les asignó en Italia la legación de Urbino, con centro en
Gubbio, adoptando el grupo el nombre de provincia del Sagrado
Corazón de Jesús. Varios de ellos contribuyeron con sus
escritos a das a conocer mejor en Europa las regiones
americanas.
II. MODERNA
COMPAÑÍA DE JESÚS (1844-1977)
1.
Primera Etapa (1844-1850)
Colombia, de nuevo llamada Nueva Granada
(1830-1886), tenía dos partidos, el liberal y el conservador,
que se disputaban el poder y, aunque sus ideologías no se
definieron claramente hasta 1849, ya antes en un amplio sector
del liberalismo predominaba el anticlericalismo. La Iglesia,
bajo el régimen del patronato republicano, se encontraba
bastante sometida al gobierno, que se consideraba el heredero
del antiguo patronato real. El 15 de junio de 1853 se dictó la
ley de plena separación entre la Iglesia y el Estado. Tras la
guerra civil (1839-1841), llamada de los supremos, promovida por
el liberalismo, se dio en Nueva Granada una reacción religiosa
que favoreció el regreso de la Compañía de Jesús. Ya en 1820,
el gobernador del arzobispado de Bogotá, el canónigo Nicolás
Cuervo, pedía al ministro de Colombia en Londres, que promoviese
la vuelta de los jesuitas a Nueva Granada. Siendo presidente de
la nación el general conservador Pedro Alcántara Herrán, el
ministro del interior Mariano Ospina Rodríguez, presentó al
congreso nacional (1842) un proyecto de ley redactado por el
arzobispo de Bogotá, Manuel José Mosquera, por el que se
establecía en el país uno o dos colegios de misiones. Aprobado
el proyecto, el gobierno declaró que el instituto escogido para
esa obra misional era la Compañía de Jesús.
El P.General Juan Roothaan aceptó la llamada
y nombró a Pablo Torroella superior de la expedición, compuesta
de doce sacerdotes y seis hermanos. Zarparon de El Havre
(Francia) el 20 de enero de de 1844, y el 18 de junio eran
recibidos con gran júbilo en Bogotá. El arzobispo les confió su
seminario menor, que se encontraba en el mismo edificio del
colegio San Bartolomé. Por orden del nuevo presidente, Tomás
Cipriano de Mosquera, se trasladó (1845) a Popayán el noviciado
que se había abierto en Bogotá. Ese mismo se les entregó en
Medellín el “Colegio Académico” y, al dejar éste, por la
oposición levantada en un sector político, fundaron (1846) su
propio colegio. En Pasto se estableció una residencia como base
para la misión del Putumayo y Caquetá. En las selvas de estos
ríos penetraron pentraron los PP. José Segundo Laínez y Tomás
Piquer y el H. Mariano Plata.
Cuando llegó (1847) a Nueva Granada el
visitador enviado por el P. Roothaan, Manuel Gil, empezaba a
crecer el movimiento hostil a la Compañía de Jesús. Un año más
tarde, se presentó un proyecto de ley, que no prosperó, que
declaraba ilegal su permanencia en Nueva Granada, y menudearon
las publicaciones contra ella. Elegido presidnete de la nación
en marzo de 1849, el general liberal José Hilario López, que se
había comprometido a expulsar a la Compañía de Jesús, emitió un
decreto (18 de mayo de 1850), basado en la vigencia de la
pragmática sanción de Carlos III. En Nueva Granada había
setenta y seis jesuitas (treinta y un sacerdotes, veintiséis
escolares y diecinueve hermanos). Un grupo se dirigió a
Jamaica, y otro al Ecuador.
2.
Segunda Etapa (1858-1861)
Según la nueva constitución de 1858, Colombia
adoptó el sistema federal, y tomó el nombre de Confederación
Granadina. Era presidente el conservador Ospina Rodríguez, y el
país había recobrado la paz religiosa. El arzobispo de Bogotá,
Antonio Herrán, logró del P. General Pedro Beckx que el superior
de Guatemala, Pablo Blas, restaurase la Compañía de Jesús en
Colombia. Llegó éste a Bogotá (18 de febrero de 1858) con Luis
Segura y Lorenzo Navarrete, y una de sus primeras medidas fue
abrir un noviciado con cuatro novicios. Por deseo del
arzobispo, la Compañía de Jesús se encargó del seminario menor
y, poco después, del colegio San Bartolomé, como pedía el
presidente Ospina.
El gobernador del Cauca, general Mosquera,
pasado al liberalismo, se levantó en armas contra el gobierno, y
el 18 de julio de 1861 entraba triunfante en Bogotá. Poco
después, dictaba (21 de julio) el decreto de expulsión de los
jesuitas, alegando que estos tenían “votos solemnes de
obediencia pasiva” y, por tanto, “no son pesonas libres para
obrar”. (Codificación Nacional, t. 19. [Bogotá, 1930]
312-313). Se les dio setenta y dos horas de plazo, luego
alargado a ocho días, para abandonar el país. Con ellos salió
también al exilio el delegado apostólico, Miecislao
Ledochowski. Los cincuenta y dos desterrados (diecisiete
sacerdotes, doce escolares, once hermanos, diez novicios y dos
postulantes) se dirigieron a Guatemala. Mosquera, dueño del
poder, desató contra la Iglesia una dura persecución.
En 1872, llegaron a Panamá (entonces uno de
los estados de Colombia), los PP. José Telésforo Paúl
(colombiano) y Roberto del Pozo (ecuatoriano), desterrados de El
Salvador. Ambos, con el tiempo, llegarían al episcopado. Bien
recibidos por el obispo, Ignacio Antonio Parra, y el presidente
del Estado, establecieron una pequeña residencia. Cuando Paúl
fue nombrado obispo de Panamá (1875), los cuatro jesuitas de la
ciudad cooperaron en un pequeño colegio organizado por el
prelado.
Al ser asesinado el presidente del Ecuador,
Gabriel García Moreno (1875), los jesuitas de ese país trataron
de trasladar su noviciado a Pasto (Colombia), pero al estallar
la guerra civil en Colombia (1876), tuvieron que regresar a
Quito. De nuevo en Pasto, Ramón Posada y Domingo García Bovo
establecieron una pequeña residencia (1881)
3.
Tercera Etapa. (Desde 1881)
Esta persecución empezó a perder fuerza con
la elección del general Julián Trujillo como presidente de
Colombia (1878), y la paz religiosa se acentuó con la subida al
poder del doctor Rafael Núñez (1880), que impulsó, en
colaboración con los conservadores y el gruo liberal
independiente, el movimiento llamado regeneración, que se
plasmó en la constitución de 1886, vigente en el país hasta
1991, y el concordato con la Santa Sede (1887). El jesuita
colombiano Ignacio León Velasco, consagrado obispo de Pasto
(1883), pidió algunos sujetos para abrir el seminario y, con su
apoyo, los jesuitas fundaron (1885) un colegio, que se unió al
seminario.
Meses antes,
con objeto de estudiar la situación, habían llegado a Bogotá
Mario Valenzuela y Eugenio Navarro, a los que pronto se unieron
Ignacio Taboada y Santiago Páramo, todos jesuitas colombianos.
El triunfo del presidente Núñez en la guerra civil (1884-1885)
favoreció el establecimiento de los jesuitas. Gracias a la
llegada de varios jesuitas desterrados de Costa Rica (1884), se
abrieron los colegios de María Inmaculada (Bogotá) y San Ignacio
(Medellín). En el cambio político efectuado en Colombia,
contribuyó el arzobispo Paúl, que había sido trasladado de
Panamá al arzobispado de Bogotá en 1884; a él se debe la
inspiración de los artículos favorables a la religión incluidos
en la nueva Constitución (1886).
En febrero de 1887, se abrió en
Bogotá el noviciado con cuatro novicios. El maestro interino
Gregorio Azcoitia fue reemplazado el año siguiente por Luis
Gamero, que dejó honda huella en sus novicios. El gobierno
confió a la Compañía de Jesús el colegio San Bartolomé en Bogotá
(1887), y el obispo Velasco, sucesor del difunto arzobispo de
Bogotá, no sin contradicciones, le devolvió la Iglesia de San
Ignacio con todos sus bienes (1891)
Los jesuitas recorrieron en
estos años buena parte del país en misiones populares.
Destacaron entre ellos, Vicente Ramírez y Zoilo Arjona, que en
1884 predicaron en muchas poblaciones de Antioquia, encontrando
en todas partes un vivo recuerdo de la Compañía de Jesús. Tres
de estos misioneros murieron en la labor: Ramón Posada (1887),
José Arrázola (1894) e Ignacio Taboada (1895).
Al retirarse los jesuitas de
Panamá, Eugenio Biffi, obispo de Cartagena, los recibió en su
sede (1896) y les cedió la iglesia de San Pedro Claver, que
guarda los restos del santo. En 1897, se abrió en Bucaramanga
como colegio departamental el de San Pedro Claver, siendo su
primer rector Valenzuela. El colegio fue un factor decisivo en
la renovación religiosa de la ciudad.
Durante la desastrosa guerra civil (octubre de 1899 - noviembre
de 1902) promovida por los liberales contra el gobierno
conservador, varios jesuitas fueron capellanes del ejército del
gobierno y uno de ellos, Luis Javier España murió en el campo de
batalla, asistiendo a los heridos.
Desde 1903 a 1910, Luis Javier
Muñoz (futuro arzobispo de Guatemala, su patria), recorrió
numerosas poblaciones de varios departamentos, organizando
tandas de ejercicios privados para hombres, y se vio obligado, a
veces, a dar varias tandas. En cada sitio se terminaba con una
comunión general en la plaza, donde se congragaban tres, cuatro
y aun seis mil hombres regenerados por los ejercicios. Regiones
enteras se renovaron espiritualmente por este medio, y sus
frutos perduraron por muchos años.
El español Vicente Leza dejó un
imborrable recuerdo de su superiorato desde 1908, en la entonces
misión de Castilla. De nuevo abrió el noviciado que se había
quedado sin novicios, reanudó la publicación de El Mensajero
del Corazón de Jesús, suspendido durante la guerra civil,
dio nuevo impulso a los colegios y estableció la misión del Río
Magdalena. El Mensajero del Corazón de Jesús había sido
fundado, junto con el Apostolado de la Oración (1867), por el
sacerdote Eulogio Tamayo, que lo entregó a la Compañía de Jesús
al llegar ésta a Colombia. Un gran apóstol de la clase obrera
llegó a Bogotá en 1910: José María Campoamor, fundador del
Círculo de Obreros de San Francisco Javier, la Caja de Ahorros
(hoy Caja Social de Ahorros, extendida por el país) y el barrio
para obreros de Villa Javier en Bogotá, entre otras obras
sociales.
Para fomentar las vocaciones a
la Compañía de Jesús, por deseo del P. General Wlodimiro
Ledóchowski, se inició en Bogotá la escuela apostólica para
niños que se sintieran llamados a la vida jesuita (1919). Luis
Fernández fue su primer director durante diez años. Por falta
de sede propia tuvo que peregrinar por varios lugares en sus
primeros años, hasta que se asentó en la casa de Nazaret, en las
inmediaciones de Albán (Cundinamarca). Después de diecisiete
años, pasó a una nueva casa en El mortiño, cerca de Zipaquirá
(Cundinamarca). Fueron numerosos los jesuitas formados en esta
escuela apostólica, clausurada en 1971. La misión colombiana
creció con el aumento de vocaciones; se abrieron nuevas casas
(Barranquilla, Ocaña) y se establecieron (1922) los estudios de
filosofía en Bota (hasta entonces los jóvenes jesuitas eran
enviados a España y otras naciones para la filosofía y
teología). El P. Ledóchowski creó (9 de septiembre de 1924) la
provincia de Colombia, y señaló el 8 de diciembre para dar
comienzo a su existencia. Tenía la nueva provincia, al
separarse de la de Castilla, 306 jesuitas (93 sacerdotes, 102
escolares y 111 hermanos). Su provincial fue el P. Jesús María
Fernández, que desde noviembre de 1920 era superior de la
Misión.
Pío XI erigió la prefectura
apostólica del Río Magdalena (2 de abrild e 1928), que se confió
a la Compañía de Jesús; su primer prefecto Carlos Hilario
Currea. Los primeros misioneros se establecieron en
Barrancabermeja, El Centro, Tamalameque, La Gloria, Gamarra y
Puerto Wilches. La prefectura apostólica fue elevada a
vicariato en 1950, siendo Bernardo Arango Henao su primer
vicario. Juan XXIII creó la diócesis de Barrancabermeja,
modificando los límites del vicariato, y conservó de obispo a
Arango. La obra misionera se manifestó en la promoción de la
vida espiritual y religiosa de estas regiones, la construcción
de iglesias y casas curales, y la creación de obras de
asistencia social. Sobresalieron los misioneros, Efraín
Fernández y Daniel Ramos.
Un importante cambio político se
experimentó en Colombia al llegar el liberalismo al poder con el
presidente Enrique Olaya Herrera (1930). Aunque no se
presentara con el anticlericalismo del siglo XIX, se temían días
duros para la Iglesia. Al P. Fernández, perocupado por el
porvenir de los jóvenes educados en los colegios jesuitas, se
debió en gran parte la restauración de la Universidad Javeriana
de Bogotá, inaugurada el 16 de febrero de 1931 con sólo la
facultad de derecho con orientación socio-económica. En 1932,
se le añadió la facultad de filosofía y letras. La Santa Sede
le concedió el título de católica y pontificia (1937) y, al año
siguiente, se le incorporaron las facultades de teología y
filosofía. Con el correr de los años, se fueron creando otras
facultades: medicina (1942), ingeniería civil y arquitectura
(1951), odontología, economía, ingeniería electrónica,
ingeniería industrial, ciencias de la educación, psicología,
etc.
Varios colegios de la provincia
eran de carácter departamental y los administraba la Compañía de
Jesús por contrato con el gobierno. En el gobierno del
presidente Alfonso López (1934-1938), las asambleas
departamentales empezaron a rescindir estos contratos. Se
empezó por el colegio José Eusebio Caro (Ocaña), cuyo contrato
terminó el 27 de abril de 1933. Siguió el Colegio San Pedro
Claver de Bucaramanga, cuyo edificio fue entregado el 18 de
julio de 1937; aunque año y medio después (1939), gracias a los
esfuerzos del obispo y de la ciudad, la Compañía de Jesús abrió
su propio colegio, con el mismo nombre de San Pedro Claver. En
Medellín, al abolirse el contrato con el departamento, la
ciudadanía recolectó el dinero necesario para comprar el
edificio (1938), y continuó el colegio San Ignacio. Por ley 110
de 1937, el congreso nacional suspendió la destinación dada al
edificio del colegio San Bartolomé de Bogotá, y éste hubo de
trasladarse al nuevo edificio ubicado en la finca La Merced. La
medida oficial fue combatida en el congreso de 1939 por varios
parlamentarios amigos de la Compañía de Jesús. Ésta puso una
demanda sobre la propiedad del edificio del colegio ante la
Corte Suprema de Justicia. Al subir a la presidencia de la
república Laureano Gómez, antiguo alumno de la Compañía de
Jesús, se llegó a un arreglo. El 3 de febrero de 1953, Roberto
Urdaneta Arbeláez, aprobó el contrato suscrito entre los
ministros representantes de la nación y el provincial P. Ramón
Aristizábal, por el cual la nación reconoció a la Fundación
Colegio de San Bartolomé, bajo el patronato de la Compañía de
Jesús, como propietaria del antiguo edificio, quedando así la
Compañía de Jesús con dos colegios en Bogotá: San Bartolomé (La
Merced), y el llamado Colegio Mayor de San Bartolomé. Por
contrato con el gobierno, éste se comprometió a pagar al
profesorado de este último colegio, y la Compañía de Jesús a dar
educación gratuita a mil alumnos.
En la primera mitad del siglo
XX, la provincia vivió una época de crecimiento. Con muchas
vocaciones, algunas de ellas excelentes, el número de jesuitas
pasó de 306 en 1925 a 688 en 1961. Se abrió un nuevo noviciado
en La Ceja (Antioquia) y el seminario menor de Villa Gonzaga,
cerca de Medellín; así como los nuevos colegios de Cali, Tunja y
Manizales, y residencias en Cúcuta y Buga; se construyeron casas
de ejercicios en Bogotá, Medellín, Bucaramanga, Pasto, La Ceja y
Barranquilla, y se acomodaron las de Cali y Cartagena. Para los
seminaristas de la Javeriana, se abrió el Colegio Eclesiástico
Aloisiano, que tenía cincuenta y tres seminaristas de varias
diócesis en 1965. El prestigio y aceptación de la Compañía de
Jesús por la jerarquía y católicos colombianos era grande. La
labor principal se ejercía en la universidad y los colegios,
cuya matrícula era de 14.795 alumnos en 1959, además de la
atención de los fieles en las iglesias.
En estos años se construyeron,
bajo la dirección de expertos de expertos (Rubén Vega, Luis
Gómez, Esteban Alberdi), magníficas iglesias, como San José en
Barranquilla, Cristo Rey en Pasto, Sagrado Corazón de Jesús en
Bucaramanga y Sagrado Corazón de Jesús en Cali. Florecían
además congregaciones como las Madres Católicas, Hijas de María
y Marías de los Sagrarios-calvarios en Bogotá; en Medellín la de
jóvenes caballeros, Madres Católicas e Hijas de María, y en
Pasto la congregación mariana.
Algunos jesuitas destacaron a
nivel nacional en diversos campos: en filosofía, M. Valenzuela y
Antonio Botero; en lingüística y pedagogía, Félix Restrepo,
presidente de la Academia Colombiana de la Lengua (1955-1965) y
fundador del Instituto Caro y Cuervo; en literatura, Eduardo
Ospina, autor de la alabada obra El Romanticismo, y
Daniel Restrepo, fecundo escritor; en el campo científico, en
botánica, Lorenzo Uribe y Enrique Pérez Arbeláez (jesuita hasta
1929); en física, Carlos Ortiz Restrepo; en sismología, Jesús
Emilio Ramírez, fundador el Instituto Geofísico de los Andes,
todos ellos miembros de la Academia Colombiana de Ciencias
Exactas, Físicas y Naturales. Jesús María Fernández organizó en
Bogotá el primer congreso interamericano de educación católica
(1945), en el que nació la Confederación Interamericana de
Educación Católica (CIEC) y la Revista Interamericana de
Educación; a este congreso sigueiron los celebrados en las
capitales de las demás americanas, en varios de los cuales tomó
parte activa Fernández. José Luis Niño organizó la Cruzada
Eucarística de los niños, con amplia acogida en todo el país.
La creciente agitación obrera en
Colombia hizo que la Compañía de Jesús intensificara su acción
en el campo social. El episcopado confió (1944) a la Compañía
de Jesús la dirección de la Coordinación de Acción Social
Católica, que tuvo como resultado la formación de una nueva
central obrera (1944), inspirada en los principios cristianos,
la Unión de Trabajadores de Colombia (UTC), hoy la más numerosa
del país. Con los mejores dirigentes se constituyó la Selección
de Trabajadores Católicos (Setrac); se fundaron además la
Federación Agraria Nacional (Fanal), que ha conocido diversas
vicisitudes, y la Unión Cooperativa Nacional (Uconal). En Buga
(Valle), se fundó el Instituto Mayor Campesino.
Dado el crecimiento de obras y
del personal de la provincia, el P. General Juan Bautista
Janssens erigió la Región Occidental de Colombia (19 de
septiembre de 1959), con su viceprovincial en Medellín, quen
formando parte de la provincia. Comprendía la zona situada al
oeste del río Magdalena, más la misión de Barrancabermeja (AR
13 [1960], 608-610). Dos años después (6 de noviembre de 1961),
se formaron dos provincias independientes, Colombia Oriental y
Occidental, quedando algunas casas y obras comunes a ambas
provincias (Ib. 14 [1962], 79-83). En 1962, la Oriental
contaba con 309 sujetos y la Occidental con 365. El número
máximo alcanzado por los jesuitas en Colombia fue de 746 (408 en
la Occidental y 338 en la Oriental) en 1965.
La provincia de Colombia sufrió,
como todas las órdenes religiosas en gran parte del mundo, una
fuerte crisis, a raíz del Concilio Vaticaco II y la Congregación
General XXXI (1965-1966). La crisis se manifestó en la
defección de sacerdotes, el elevado número de dimisiones y la
escasez de vocaciones. El número de los jesuitas descendió
descendió de 746 en 1965, a 446 en 1982. Se cerraron algunas
casas, como los seminarios menores de San Pedro Claver (El
Moriño-Zipaquirá) y Villa Gonzaga (Medellín). Años antes (1962)
se había cerrado el Colegio José Joaquín Ortiz (Tunja). Los
noviciados de Santa Rosa de Viterbo y La Ceja fueron trasladados
a Medellín, y los escolares del Colegio Máximo y los juniores,
repartidos en pequeñas casas en Bogotá. El P. General Pedro
Arrupe decidió reunificar las dos provincias en una sola (6 de
noviembre de 1968), pero nombró dos viceprovinciales, uno para
el sector educativo y otro para las obras pastorales y sociales,
añadiendo (1971) un tercero para la formación. Sin embargo,
estos viceprovinciales fueron suprimidos seis años más tarde por
el mismo P. Arrupe (2 de febrero de 1977), y con ellos se
redujeron notablemente las asignaciones de jesuitas colombianos
a los sectores de educación, pastoral y formación. En los
últimos años se han tomado parroquias en sectores populares de
varias diócesis y algunas de las iglesias de los jesuitas se han
erigido en parroquias.
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J.M. Pacheco (X)
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