El mensaje del Domingo

por: Gabriel Jaime Pérez M., S.J.



Homilía del Domingo XXVI - C
Septiembre 26 de 2004

1. El drama de los pobres que mueren de hambre agobiados por la miseria ante la indiferencia de los ricos que viven lujosamente sin importarles esta situación, es un tema recurrente en la Biblia. El profeta Amós, por ejemplo, de cuyo libro está tomada la primera lectura (Am 6, 1a.4-7), critica duramente “la orgía de los disolutos”, insensibles ante la miseria de los marginados y excluidos.

El Evangelio nos presenta hoy el relato conocido como la “Parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro” (Lc 16. 19-31). El adjetivo “epulón” es sinónimo de “banqueteador”, mientras que al mendigo se le llama con un nombre propio (hay otro Lázaro en el Evangelio según San Juan: el amigo de Jesús a quien éste resucita). “Lázaro” proviene del hebreo “El’azar”, que significa “Dios ayuda”. En la parábola, mientras al rico epulón no le importa la suerte del pobre, éste después de su muerte disfruta de una vida feliz en lo que el texto bíblico llama “el seno de Abraham”, figura simbólica que corresponde no propiamente a un lugar, sino a un estado de gozo eterno en una dimensión diferente de las del espacio y el tiempo.

2. A primera vista, la presentación del pobre Lázaro en lo que hoy llamamos nosotros el cielo parecería corroborar la mentalidad de quienes predican la resignación conformista de los pobres porque en el “mas allá” recibirán el alivio de su miseria. No es éste el sentido del Evangelio. El mensaje de Jesús, no sólo con su predicación sino también con el ejemplo de su propia actitud hacia los excluidos, consiste, por el contrario, en un llamado a la compasión efectiva, solidarizándonos con ellos para contribuir a que salgan de su situación de miseria, la cual no proviene de Dios, sino de la injusticia social que a lo largo de la historia humana ha ido haciendo del mundo un lugar donde unos pocos acumulan cada vez más riquezas a costa de un número cada vez mayor de desposeídos.

Jesús en la parábola no dice que el rico estuviera explotando o maltratando al pobre. Sencillamente, coexistía con él sin importarle su suerte. Por eso su destino final es el “infierno”, que tampoco es un lugar, sino la figura simbólica de un estado opuesto al de la felicidad eterna: el del sufrimiento perpetuo de quien ha optado por encerrarse en su egoísmo en lugar de abrirse activamente al Amor (es decir, a Dios, pues Dios es Amor).

3. Según informa el Banco Mundial, más de mil millones de personas llevan una existencia infrahumana, por debajo del umbral absoluto de pobreza, al disponer apenas de un dólar o menos por día.

Ante esta realidad, la pregunta que nos lanza hoy la Palabra de Dios a cada uno de nosotros es qué hemos hecho, que estamos haciendo y que debemos hacer para contribuir a transformar esta situación, empezando por nuestra propio entorno local. ¿Vivimos indiferentes frente a la miseria de los desposeídos, o nos duele la miseria que vemos a nuestro alrededor? ¿Nos contentamos con “no hacerle mal a nadie”, o vamos más allá, saliendo de la indiferencia insensible y actuando positivamente para contribuir a la instauración de una sociedad más justa en la que todos sin exclusiones, empezando por los más pobres, vean realizado su derecho a una vida digna?

A la luz de estos interrogantes, cobra todo su sentido la exhortación del apóstol Pablo a su amigo Timoteo (1 Tm 6, 11-16), que en la segunda lectura llega también a nosotros como una exigencia que nos hace la Palabra de Dios: “practica la justicia, la piedad (…), el amor”. En la mentalidad bíblica, la justicia es no sólo la equidad en las relaciones sociales en cuanto reconocimiento eficaz de la dignidad y los derechos de todo ser humano, sino ante todo la opción preferencial por los más pobres, para que sean ellos los primeros en ser atendidos; la piedad es no sólo la relación de unión con Dios mediante la oración y los ritos religiosos, sino ante todo la actitud práctica de compasión de quien siente como suyo propio el sufrimiento de los demás –y esto es precisamente lo que significa la palabra “com-pasión– ”; el amor es no sólo el afecto hacia las personas que nos caen o nos tratan bien, o de quienes esperamos alguna recompensa, sino ante todo la solidaridad que nos dispone a compartir lo que tenemos con los demás, preferentemente con los más pobres.

Nos reunimos en la Eucaristía alrededor de una misma mesa en la que compartimos como hermanos, hijos del mismo Dios Creador, el pan y la bebida de salvación que son el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, quien entregó su vida en la cruz para resucitar y comunicarnos una vida nueva. Realicemos en nuestra existencia cotidiana lo que celebramos en la Misa, compartiendo lo que tenemos especialmente con los más necesitados, para que así se manifieste entre nosotros y en nuestra sociedad la presencia de Dios que es Amor.-

 

JP230904

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