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Homilía del
Domingo XXVI - C
Septiembre 26 de 2004
1. El drama de los pobres que mueren de hambre agobiados
por la miseria ante la indiferencia de los ricos que viven lujosamente sin
importarles esta situación, es un tema recurrente en la Biblia. El profeta
Amós, por ejemplo, de cuyo libro está tomada la primera lectura (Am 6,
1a.4-7), critica duramente “la orgía de los disolutos”, insensibles ante la
miseria de los marginados y excluidos.
El Evangelio nos presenta hoy el relato conocido como la
“Parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro” (Lc 16. 19-31). El adjetivo
“epulón” es sinónimo de “banqueteador”, mientras que al mendigo se le llama
con un nombre propio (hay otro Lázaro en el Evangelio según San Juan: el
amigo de Jesús a quien éste resucita). “Lázaro” proviene del hebreo “El’azar”,
que significa “Dios ayuda”. En la parábola, mientras al rico epulón no le
importa la suerte del pobre, éste después de su muerte disfruta de una vida
feliz en lo que el texto bíblico llama “el seno de Abraham”, figura
simbólica que corresponde no propiamente a un lugar, sino a un estado de
gozo eterno en una dimensión diferente de las del espacio y el tiempo.
2. A primera vista, la presentación del pobre Lázaro en
lo que hoy llamamos nosotros el cielo parecería corroborar la mentalidad de
quienes predican la resignación conformista de los pobres porque en el “mas
allá” recibirán el alivio de su miseria. No es éste el sentido del
Evangelio. El mensaje de Jesús, no sólo con su predicación sino también con
el ejemplo de su propia actitud hacia los excluidos, consiste, por el
contrario, en un llamado a la compasión efectiva, solidarizándonos con ellos
para contribuir a que salgan de su situación de miseria, la cual no proviene
de Dios, sino de la injusticia social que a lo largo de la historia humana
ha ido haciendo del mundo un lugar donde unos pocos acumulan cada vez más
riquezas a costa de un número cada vez mayor de desposeídos.
Jesús en la parábola no dice que el rico estuviera
explotando o maltratando al pobre. Sencillamente, coexistía con él sin
importarle su suerte. Por eso su destino final es el “infierno”, que tampoco
es un lugar, sino la figura simbólica de un estado opuesto al de la
felicidad eterna: el del sufrimiento perpetuo de quien ha optado por
encerrarse en su egoísmo en lugar de abrirse activamente al Amor (es decir,
a Dios, pues Dios es Amor).
3. Según informa el Banco Mundial, más de mil millones de
personas llevan una existencia infrahumana, por debajo del umbral absoluto
de pobreza, al disponer apenas de un dólar o menos por día.
Ante esta realidad, la pregunta que nos lanza hoy la
Palabra de Dios a cada uno de nosotros es qué hemos hecho, que estamos
haciendo y que debemos hacer para contribuir a transformar esta situación,
empezando por nuestra propio entorno local. ¿Vivimos indiferentes frente a
la miseria de los desposeídos, o nos duele la miseria que vemos a nuestro
alrededor? ¿Nos contentamos con “no hacerle mal a nadie”, o vamos más allá,
saliendo de la indiferencia insensible y actuando positivamente para
contribuir a la instauración de una sociedad más justa en la que todos sin
exclusiones, empezando por los más pobres, vean realizado su derecho a una
vida digna?
A la luz de estos interrogantes, cobra todo su sentido la
exhortación del apóstol Pablo a su amigo Timoteo (1 Tm 6, 11-16), que en la
segunda lectura llega también a nosotros como una exigencia que nos hace la
Palabra de Dios: “practica la justicia, la piedad (…), el amor”. En la
mentalidad bíblica, la justicia es no sólo la equidad en las relaciones
sociales en cuanto reconocimiento eficaz de la dignidad y los derechos de
todo ser humano, sino ante todo la opción preferencial por los más pobres,
para que sean ellos los primeros en ser atendidos; la piedad es no sólo la
relación de unión con Dios mediante la oración y los ritos religiosos, sino
ante todo la actitud práctica de compasión de quien siente como suyo propio
el sufrimiento de los demás –y esto es precisamente lo que significa la
palabra “com-pasión– ”; el amor es no sólo el afecto hacia las personas que
nos caen o nos tratan bien, o de quienes esperamos alguna recompensa, sino
ante todo la solidaridad que nos dispone a compartir lo que tenemos con los
demás, preferentemente con los más pobres.
Nos reunimos en la Eucaristía alrededor de una misma mesa
en la que compartimos como hermanos, hijos del mismo Dios Creador, el pan y
la bebida de salvación que son el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, quien
entregó su vida en la cruz para resucitar y comunicarnos una vida nueva.
Realicemos en nuestra existencia cotidiana lo que celebramos en la Misa,
compartiendo lo que tenemos especialmente con los más necesitados, para que
así se manifieste entre nosotros y en nuestra sociedad la presencia de Dios
que es Amor.-
JP230904 |
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