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¡Felicítenme!, he encontrado la oveja que se me había perdido’. Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.
“Y si una mujer tiene diez monedas
y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con
cuidado hasta que la encuentra? Y al encontrarla, reúne a las amigas y
vecinas para decirles: ‘¡Felicítenme!, he encontrado la moneda que se me
había perdido.’ Les digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de
Dios por un solo pecador que se convierta.”
También les dijo: “Un hombre tenía
dos hijos; el menor dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte que me toca de la
herencia.’ El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo
menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su
fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por
aquella tierra un hambre terrible, y empezó a pasar necesidad. Fue entonces
y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos
a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las
algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando
entonces, se dijo: ‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan,
mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi
padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no
merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.’ Se puso
en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo
vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a
besarlo. Su hijo le dijo ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya
no merezco llamarme hijo tuyo.’ Pero el padre dijo a sus criados: ‘Saquen en
seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias
en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete,
porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos
encontrado.’ Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando
a uno de los empleados le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Ha vuelto
tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado
con salud.’ Él se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentaba
persuadirlo, y él le replicó: ‘Mira: en tantos años que llevo sirviéndote
sin desobedecer una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener
un banquete con mis amigos; y cuando viene ese hijo tuyo que se ha comido
tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.’ El padre le dijo:
‘Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte,
porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo
hemos encontrado.’ ” (Lucas
15, 1-32). 1. Jesús revela con sus hechos y palabras a un Dios compasivo
Y con la tercera, conocida como la parábola del “hijo pródigo” (o derrochador), pero que en su sentido completo debería llamarse más bien la parábola del “padre misericordioso y del hijo arrepentido”, nos muestra más en detalle el amor infinito de Dios a quien, reconociendo y confesando su pecado, le pide perdón: sin dejarle terminar la confesión que había preparado, el Padre recibe con un gran abrazo a su hijo que ha vuelto y le celebra una fiesta.
La actitud farisaica, soberbia e incapaz de compasión, que existe también actualmente en no pocas personas que se creen superiores a los demás, corresponde a la del hijo mayor de la tercera parábola. Jesús, en cambio, con su actitud misericordiosa, no sólo nos muestra cómo se comporta el Dios verdadero, totalmente distinto del falso dios rencoroso y vengador en el que creen los fanáticos religiosos, sino que además nos invita a tener nosotros la misma actitud de compasión y la misma disposición a perdonar que Él nos ha enseñado con su propio ejemplo como Dios hecho hombre.
El Dios verdadero, tal como nos lo presenta la primera lectura (Éxodo 32, 7-11.13-14), es un Dios que “se arrepiente” de la amenaza que le había hecho a su pueblo. Así, ya desde el Antiguo Testamento, se nos va mostrando una evolución en la concepción de Dios, a quien Jesús iba a revelar como un padre infinitamente misericordioso. Y ese mismo Dios compasivo es el que nos presenta el apóstol San Pablo en la segunda lectura (I Timoteo 1, 12-17): “Dios tuvo compasión de mí (…)”. “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero (…)”.
En medio de la situación de violencia que venimos padeciendo, no sólo en nuestro país sino en el mundo entero, tenemos el peligro de endurecernos como los fariseos y doctores de la ley, simbolizados en el hijo mayor, al creernos nosotros los buenos y juzgar a los demás como los malos o pecadores a quienes hay que eliminar. Si esta es nuestra actitud, revisémosla y miremos cómo podemos cambiarla por la del Dios compasivo que Jesús nos ha revelado.
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© 2006 |
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