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Noticias de la Provincia Revista Mensual de la Provincia Colombiana |
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EDITORIAL "La Encarnación y las rupturas que exige nuestra vocación" A los novicios, la Compañía les pide crudas rupturas con su contexto: familia, costumbres, amigos, trabajos, estudios, etc; sólo así podrán encarnar el modo nuestro de proceder y vivir la experiencia evangélica que les propone. Quienes pasan esta ardua prueba hacen votos del bienio e inician otra experiencia, no menos difícil y riesgosa, en la que no pocos fracasamos, aunque sigamos en la Compañía: vivir en el mundo, sin obrar con sus criterios. Ignacio, en la meditación de las 2 banderas, señala que el “enemigo de natura humana” echa sobre nosotros “redes y cadenas” que nos impiden el Divino servicio. Corremos el riesgo, entonces, de estar y no ser; de pertenecer jurídicamente a la Compañía sin vivir su dinámica espiritual. Igual ocurre con la experiencia cristiana: estamos lejos de reflejar el auténtico espíritu de Jesús y de ser Buena Noticia de Dios para nuestros contemporáneos. De ahí el llamado a la conversión permanente para todo cristiano, tanto más urgente y grave para religiosos y sacerdotes, so pena de ser intrascendentes e insignificantes. Nos apremia la necesidad de cambios personales que nos hagan vivir con más transparencia y seducción el seguimiento de Jesús: su pobreza y humildad; su castidad en el horizonte de servir y anunciar el Reino de Dios a toda criatura; y la obediencia a la voluntad de Dios, captada no apenas por la individual comunicación con Él, si queremos pertenecer cuerpo de la Compañía y a la comunidad de la Iglesia. Seguir a Jesús y encarnarlo, estando en el mundo sin ser del mundo, nos exige rupturas sucesivas y conversiones permanentes. Si las asumimos, seremos incontestables seguidores de Jesús. De lo contrario, nos iremos convirtiendo, sin quererlo y sin saberlo, en obstáculo para la renovada encarnación del Señor en nuestras vidas y en nuestro mundo. ¿De cuáles rupturas hablamos? De las que nos pide el ser jesuitas y el ser apóstoles. De la ruptura de las “redes y cadenas” que inhiben nuestro seguimiento: el apego o los prejuicios sobre personas, lugares, ciudades, costumbres, comunidades, casas, estilos de vida, gastos, trabajos, ministerios e ideas. ¿Somos capaces de dejar estas cosas, de romper con ellas y abrirnos a nuevas realidades, para acoger y dejar nacer al Señor, aquí y ahora, en nuestra vida? ¿Le damos hospedaje o lo mandamos a nacer a la “pesebrera”, es decir, al margen, allí donde no nos incomode y no nos haga cambiar? ¿Hacemos nuestros discernimientos guiados por la mística del tercer grado de humildad o por los criterios del mundo que nos ilusionan con la estabilidad personal, el triunfo, el prestigio, el poder y el pasarla bien? Un cuerpo apostólico -aunque cumpla 80 años como Provincia y tenga instituciones fuertes, como nosotros- no subsistirá ni se proyectará al futuro, si cada uno permanece atado a las “redes y cadenas” que le garantizan su estabilidad personal. Tal cuerpo apostólico, incapaz en sus miembros de hacer rupturas personales para acoger al “Dios siempre mayor”, está agresivamente atacado por el cáncer del individualismo y la falta de fe. Un cuerpo apostólico incapaz de asumir en su conjunto nuevas dinámicas apostólicas que piden adaptaciones y formas de actuar en común, está paralítico e indefenso ante la envolvente acción de las tendencias no evangélicas presentes en cultura actual.
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| JP131204 | |||
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