EL MENSAJE DEL DOMINGO  
Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario
Ciclo B - Septiembre 6 de 2009


 

       


 

Al volver Jesús de la región de Tiro, pasó por Sidón y se fue al lago de Galilea en pleno territorio de la Decápolis.  Allí le presentaron un sordo y tartamudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo apartó de la gente. A solas con él le metió los dedos en los oídos, y con el dedo untado en saliva le tocó la lengua; y mirando al cielo suspiró y le dijo: “Effatá” (que quiere decir: Ábrete). Inmediatamente se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. Entonces les mandó que no se lo dijeran a nadie. Pero mientras más les mandaba, más lo pregonaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “¡Todo lo ha hecho bien! ¡Hasta hace oír a los sordos y hablar a los mudos!” (Marcos 7, 31-37).

 

 

   
   

El Evangelio de hoy nos presenta un milagro que, como todos los obrados por Jesús en favor de quienes no se cierran a su acción sanadora, y especialmente en beneficio de los más pobres y oprimidos, contiene un significado que va más allá de la curación de una enfermedad, sea ésta física o psicológica.

 

Meditemos, pues, sobre el sentido trascendente del relato que hoy nos trae el Evangelio según san Marcos, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo [Isaías 35, 4-7; Salmo 146 (145); Carta de Santiago 2, 1-5].   

 

1.- Jesús nos invita a apartarnos del bullicio para que seamos trasformados por Él

 

Lo primero que resalta en el relato evangélico es cómo Jesús, ante la petición que le hacen para que sane a aquel hombre sordo y tartamudo, lo aparta de la gente y a solas con él, realiza el milagro.

 

Al destacar este detalle, el evangelista quiere decirnos que necesitamos espacios y momentos de silencio interior para que el Señor, en un encuentro personal con Él -que viene “en persona”, como escuchamos en la primera lectura que había escrito varios siglos antes de Cristo el profeta Isaías- , realice en nosotros el milagro de disponernos a escuchar su mensaje y de capacitarnos para proclamarlo.

 

Qué difícil es escuchar, sobre todo en medio del ruido ensordecedor del ajetreo cotidiano, y más todavía en el de las grandes ciudades, cuyo ritmo acelerado impide  encontrar espacios y momentos de silencio y de soledad para oír la voz del Señor que nos habla de múltiples formas, muchas veces desapercibidas por nosotros. Por eso es necesario un esfuerzo constante para buscar y hallar esos espacios y momentos en los cuales podamos percibir lo que Dios nos dice y disponernos así a escuchar a las personas que nos rodean, especialmente a las más necesitadas de atención.

 

 2.- Jesús abre nuestros oídos para que podamos escuchar

 

Todos necesitamos que Dios mismo abra nuestras mentes y nuestros corazones, nuestros oídos interiores, para poder escucharlo. El gesto de la imposición de las manos, realizado por Jesús al obrar el milagro, significa la comunicación del Espíritu Santo, que nos hace posible oír, comprender, acoger y poner en práctica lo que Dios nos dice.

 

En el caso de las familias, por ejemplo, es necesario que el Señor abra los oídos de todos sus integrantes para que se escuchen unos a otros, en un ambiente de diálogo que haga posible la comprensión y la ayuda mutua en todos los aspectos de la relación del esposo con la esposa, del padre y la madre con sus hijos e hijas, de los hermanos y  hermanas entre sí.

 

Y en el ámbito del trabajo, o en cualquier otra circunstancia de las relaciones humanas, también es preciso que Jesús nos disponga a escucharnos unos a otros, saliendo cada cual de sí mismo para buscar todos la convivencia pacífica mediante el diálogo. La verdadera comunicación, como condición necesaria para la convivencia en paz, supone y exige la disposición de cada persona a escuchar a las demás, haciendo silencio en su interior para dejarse interpelar por el otro.       

 

3.- Jesús destraba nuestra lengua para que podamos hablar

 

Jesús no solamente abre los oídos de quienes se dejan transformar por Él, sino también les hace posible hablar. La Palabra de Dios que escuchamos no podemos dejarla sólo para nosotros mismos, estamos llamados a proclamarla, a comunicarla a nuestro alrededor, dando así testimonio de lo que el Señor ha obrado en cada uno de nosotros.

 

Sintamos pues hoy como dicha a cada uno, a cada una, aquella palabra pronunciada por Jesús en arameo: “Effatá” (“Ábrete”) Con ella, Él quiere comunicarnos su Espíritu, no sólo para abrir nuestros sentidos y nuestras mentes de modo que podamos percibir y comprender sus enseñanzas, sino además para que nos movamos a compartirlas con los demás, empezando por aquellos que pueden estar más necesitados de ellas. Es preciso que nos animemos a hablar de Dios. Pero “hablar de Dios” no es andar echando sermones aburridos, sino expresando con nuestra alegría, con nuestro testimonio constructivo, que Aquél que “todo lo hizo bien” sigue actuando a través de nuestra disposición efectiva a colaborar con Él, para hacer cada vez más de este mundo un lugar donde se escuche y se proclame a Dios, que es Amor y que se manifestó personalmente en Jesucristo, nuestro Señor.-    


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