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En el año quince del imperio de Tiberio
César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de
Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítide, y Lisanias
tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la
palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda
la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de
los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta
Isaías: “Voz que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor,
enderecen sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina
será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos
llanos. Y todos verán la salvación de Dios” (Lucas 3, 1-6).
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1. Dios se
comunica en la historia humana El
Evangelio que acabamos de leer sitúa en una época específica de la historia
humana el inicio de la predicación de Juan el Bautista, el precursor de
Jesús. El relato comienza haciendo referencia a la situación de dependencia
política de la provincia de Judea, cuya capital era Jerusalén, sometida al
imperio romano, para ubicar la acción de Juan que predicaba en el desierto,
a orillas del río Jordán, “un bautismo de conversión para el perdón de
los pecados”. Recordemos que, en su significado ritual originario,
bautizarse era sumergirse en el agua del río, que simboliza el torrente de
la vida, para salir de ella vitalmente renovado.
También hoy, en este preciso momento de la historia
presente, en este tiempo litúrgico del Adviento, comenzando el último mes
del año 2009 y estando próximas las fiestas de Navidad, la palabra de Dios
nos invita a reconocer la necesidad de convertirnos, rectificando nuestro
comportamiento en todo lo que implica seguir el camino que nos conduce a Él,
para que así se renueve en nosotros la vida espiritual que un día recibimos
en nuestro bautismo. 2.
“Preparen el camino del Señor”
En
nuestro lenguaje contemporáneo solemos emplear el término “voz que clama
en el desierto” para referirnos a un mensaje que nadie escucha o que no
es tomado en cuenta. Sin embargo, el significado original de esta expresión,
que el Evangelio toma del profeta Isaías (40, 3-5) para aplicarla a la
predicación de Juan el Bautista en el desierto de Judea, es el de un anuncio
que proviene de Dios y llega a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad. Tanto
esta profecía de Isaías como la evocada en la primera
lectura (Baruc 5, 1-9), se habían escrito cinco siglos y medio antes de
Jesucristo, cuando los judíos se preparaban para emprender el camino de
regreso a Jerusalén después de su destierro en Babilonia. La liberación de
aquel cautiverio en el que habían permanecido durante cuarenta años, fue
precisamente el origen del Salmo 126 [125], que este domingo se propone como
salmo responsorial y en el cual se expresa la esperanza en Dios que para
quienes sufren y se acogen a Él puede cambiar la tristeza en alegría, el
llanto en canciones de gozo. En el
texto del profeta Baruc, es Dios mismo quien “ha ordenado que sean
rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles
hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro”. En el de
Isaías, evocado por el Evangelio, hay una exhortación específica a que los
beneficiarios de la acción liberadora de Dios colaboren activamente en la
preparación del camino. En efecto, la traducción de este pasaje en la
versión titulada “Biblia de Jerusalén” dice así: “Una voz clama: ‘En el
desierto abrid el camino a Yahvé, trazad en la estepa una calzada recta a
nuestro Dios’...”. En
todo caso, se trata de una imagen simbólica para indicar que el camino que
conduce al reencuentro con Dios es necesario no sólo recorrerlo sino
rehacerlo, allanando los senderos y enderezando lo torcido. Hoy diríamos,
repitiendo el verso de los “Cantares” del poeta Antonio Machado, que tan
bellamente llevó Joan Manuel Serrat a la música moderna: “Caminante, no
hay camino; se hace camino al andar”… 3. “Y todos verán la
salvación de Dios” El
texto del Evangelio de hoy termina con esta frase de la cita del profeta
Isaías, que constituye una promesa para quienes efectivamente se dispongan a
encontrarse con Dios, rectificando lo que hay que rectificar, corrigiendo lo
que hay que corregir. “Ver la salvación de Dios” es, en el sentido
más profundo de este texto bíblico, experimentar vitalmente su acción
liberadora, que Él ha querido realizar por medio de Jesús, Dios hecho
hombre, Hijo de Dios e Hijo del hombre -como Jesús mismo solía llamarse-,
cuyo nacimiento nos disponemos a celebrar una vez más al terminar este año
2009. El
tiempo litúrgico del Adviento en el cual nos encontramos no sólo se refiere
a la primera venida de Jesús hace poco más de 20 siglos, sino que implica
también una esperanza activa en su venida gloriosa y definitiva al final de
los tiempos, que para cada uno de nosotros será el momento nuestro con Él
cunado pasemos a la eternidad. En la segunda lectura de este domingo
(Filipenses 1, 4-6.8-11), el apóstol san Pablo les dice a los primeros
cristianos de la ciudad de Filipos, ciudad situada en Macedonía, al norte de
Grecia, unas palabras que también vienen dirigidas hoy a nosotros y que
constituyen una plegaria a la cual podemos unirnos aquí y ahora: “Pido en
mi oración que el amor de Cristo Jesús siga creciendo más y más en ustedes
(…). Así podrán vivir una vida limpia y avanzar sin tropiezos hasta el día
en que Cristo vuelva (…)”.
Preparémonos, pues, para que en las fiestas de Navidad podamos realmente
ver la salvación que quiere realizar el Señor en cada uno y cada una de
nosotros, si lo dejamos actuar en nuestra vida. Tal salvación sólo es
posible para quien quiera de verdad convertirse a Él saliendo del cautiverio
del egoísmo, de la violencia y de la injusticia, rectificando lo que hay que
corregir para ponerse en camino, con la ayuda de Dios, hacia el encuentro
pleno y feliz con Él en una verdadera comunidad de amor.- |
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© 2006 |
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