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Bartolomé Esteban Murillo |
En aquél tiempo
el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada
Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, descendiente de
David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre
todas las mujeres. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué
saludo era aquél. El ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado
gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás
por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios
le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para
siempre, y su reino no tendrá fin. |
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Y María dijo al ángel: Cómo será eso, pues no conozco a varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel (Lucas 1, 26-38).
La Inmaculada Concepción de María es una de las tres fiestas de guarda establecidas por la Iglesia Católica además de los domingos. Las otras dos son la del Nacimiento de Jesús el 25 de diciembre y la de Santa María Madre de Dios el 1º de enero. A la luz de los textos bíblicos de la Misa de hoy (Génesis 3, 9-15. 20; Efesios 1, 3-6.11-12; Lucas 1, 26-38), meditemos sobre el significado de la Inmaculada Concepción.
1. El dogma de la Inmaculada Concepción de María
El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX proclamó así el dogma o verdad de fe de la Inmaculada Concepción de María: “...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles.” (Bula Ineffabilis Deus) En otras palabras, María fue liberada de todo pecado desde su concepción en el seno de su madre -conocida como “santa Ana”, aunque no haya sido mencionada como tal en los textos bíblicos-.
La Inmaculada Concepción de María
no debe confundirse con la Encarnación del Hijo de Dios. Son dos misterios
distintos: el de la concepción de María sin pecado original, que se celebra
el 8 de diciembre, y el de la concepción de Jesús en el seno de María por
obra del Espíritu Santo, que se celebra el 25 de marzo, nueve meses antes
del 25 de diciembre. Ningún texto bíblico menciona explícitamente el dogma
de la Inmaculada Concepción, pero éste se puede deducir de la Sagrada
Escritura interpretada a la luz de la tradición apostólica. En la 1ª lectura
de hoy Dios anuncia que la semilla o descendencia de la mujer aplastará la
cabeza de la serpiente, símbolo del mal. En este sentido, María será
exaltada a la gracia santificante que los seres humanos habían perdido por
el pecado original, consistente en desconocer su condición de creaturas y
pretender “ser como dioses”. El Evangelio de hoy se refiere al misterio de la Encarnación anunciado por Dios a través del “ángel Gabriel”, pero su escogencia para la fiesta de la Inmaculada Concepción de María obedece a que ella es llamada “llena de gracia”: es decir, a que el pecado no existió nunca en ella, hasta el punto de haber cumplido siempre y totalmente la voluntad de Dios: “hágase en mí según tu palabra”.
2. La anunciación a María, la “llena de gracia”: una buena noticia
La palabra ángel, del griego angelos, de donde proviene también el término euangelion (buena noticia), significa mensajero, y Gabriel quiere decir en hebreo fuerza de Dios, lo cual tiene una significativa relación con lo que el mismo ángel le dice a María: “para Dios no hay nada imposible”. Es la fuerza divina, el poder de Dios, el que ha hecho posible tanto que María haya sido concebida sin pecado, como también que conciba en su seno a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo.
El saludo del ángel comienza con la palabra “Alégrate”, una invitación al gozo propio de la buena noticia consistente en el hecho de la presencia y la acción de Dios en la vida de María -“el Señor está contigo”-, y termina con una proclamación: “bendita tú eres entre todas las mujeres”. Así la proclamamos también nosotros en el Ave María, evocamos también el saludo de Isabel, la parienta de María que la recibió en su casa con estas palabras: “Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres” (Lucas 1, 42).
Y como suele suceder en los relatos bíblicos de vocación y misión, el Señor invita a su elegida a sentirse segura: “No temas, María”. A través de su mensajero, Dios la llama por su nombre, como a toda persona a quien le encomienda una misión. En María se cumplió así plenamente, desde el inicio de su existencia, lo que diría Pablo en su carta a los cristianos de Éfeso: Dios Padre nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor (2ª lectura).
3. María, la servidora dispuesta a que en ella se haga la voluntad de Dios
“Aquí
está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, es la
respuesta de María al aceptar la misión que Dios le quiere encomendar de ser
la madre de Jesús, el Salvador de la humanidad. “Hagan lo que Él les diga”,
son las únicas palabras de María que consignan los Evangelios durante la
vida pública de Jesús, en las bodas de Caná antes de la transformación del
agua en vino. Y cuando una mujer exclamó “dichoso el vientre que te llevó
y los pechos que te alimentaron”, Jesús le respondió aludiendo a su
santísima madre: “Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y
la ponen en práctica”. Así fue toda la vida de María, siempre dispuesta a escuchar y poner por obra la palabra del Señor, haciendo realidad en todo momento lo que Jesús nos enseñó a expresar en el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Y hasta tal punto llevó esta disponibilidad total, que en el Calvario la encontramos como corredentora junto a la cruz en la cual su Hijo Jesús dio la vida para liberar del poder del pecado a toda la humanidad.
Pidámosle hoy a María, en la fiesta de su Inmaculada Concepción, que interceda por nosotros para que, en virtud de esa misma acción redentora de Jesús y con el poder santificador del Espíritu Santo, seamos liberados de todo pecado y nos llene la gracia de Dios que recibimos en nuestro bautismo, para estar siempre dispuestos, como ella y como su Hijo Jesús, a cumplir la voluntad de Dios.- |
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© 2006 |
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