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En aquel tiempo, al acercarse a Juan para recibir su bautismo, la gente le preguntaba: "¿Entonces qué debemos hacer?" Él contestó: "El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo". Llegaron también a bautizarse unos publicanos -los que cobraban impuestos para Roma- y le preguntaron: "¿Maestro, qué debemos hacer nosotros?" El les contestó: "No exijan más de lo establecido". Unos soldados le preguntaron: "¿Y qué debemos hacer nosotros?" El les contestó: "No hagan extorsión ni se aprovechen de nadie, sino conténtense con su salario". El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y les dijo a todos: |
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"Yo los bautizo a ustedes con agua; pero
viene uno que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus
sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego; trae su
aventador en la mano para limpiar el trigo y separarlo de la paja; guardará
el trigo en su granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se
apagará". Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba a la gente y anunciaba la
Buena Noticia (Lucas 3,10-18). En el
mensaje que al celebrar este tercer domingo de Adviento nos trae la Palabra
de Dios (Sofonías 3,14-18; Cántico de Isaías 12, 2-6; Filipenses 4, 4-7;
Lucas 3,10-18), podemos identificar tres notas características de lo que la
Sagrada Escritura expresa como la “Buena Noticia” comunicada por Dios a
todos los hombres y mujeres que la reciben con una disposición adecuada.
Veamos cuáles son.
1. La Buena
Noticia consiste en que Dios en persona viene a salvarnos por medio de su
Hijo Jesús El
término “eu-angelion”, que significa “buena noticia” o “buena
nueva”, es empleado por la primera traducción griega del Antiguo
Testamento en un texto del libro de Isaías escrito hacia el siglo VI antes
de Cristo. “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que
anuncia la paz y trae buenas nuevas, que anuncia la salvación y dice
a Sión: ‘¡Ya reina tu Dios’! ” (Isaías 52, 7). Unos
seis siglos después de este texto del libro de Isaías, el mismo término es
empleado por los escritos del Nuevo Testamento llamados precisamente
Evangelios. Así el de Marcos (1,1), al iniciar su relato de la vida
pública de Jesús, lo titula Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. El
de Mateo (4, 23) lo llama Evangelio del Reino, para indicar así que
Jesús, como Dios hecho hombre, vino a salvar a la humanidad haciendo
presente en la historia humana el “Reino de Dios”. Y cuando la palabra “evangelio”
aparece por primera vez en el de Lucas indicando el contenido de la
predicación de Juan Bautista -como acabamos de escucharlo en el pasaje
evangélico de este domingo-, lo que nos da a entender es que este contenido
es, en definitiva, la persona de Jesús, cuyo nombre significa “Yahvé salva”,
y quien constituye en sí mismo el cumplimiento y el contenido de los
antiguos anuncios proféticos. 2. La Buena Noticia nos invita a estar siempre “alegres en el Señor”
Lo que más resalta como elemento común en las lecturas bíblicas de este domingo es que la Buena Noticia proveniente de Dios es un motivo de alegría. En el pasaje del libro de Isaías anteriormente mencionado, como también en los otros textos bíblicos correspondientes a la 1ª lectura y al cántico responsorial, la tónica predominante es una invitación al júbilo, al gozo por el acontecimiento de la liberación del destierro en Babilonia: “Regocíjate, grita de júbilo (…), alégrate de todo corazón” (1ª lectura, del profeta Sofonías). “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación…; gritad jubilosos” (Cántico tomado del libro de Isaías).
En el
Nuevo Testamento, el motivo del gozo es la presencia salvadora de
Jesucristo, a quien sus primeros discípulos reconocieron como “el Señor”:
“Estén siempre alegres en el Señor; les repito, estén siempre alegres”
(2ª lectura, de la carta a los Filipenses). En esta exhortación del apóstol
Pablo hay dos detalles que caracterizan la alegría propia de quienes acogen
debidamente la Buena Noticia: por una parte, se trata de una alegría en
el Señor, que es la verdadera -no la falsa y aparente de quienes,
alejándose de Dios, buscan satisfacer sus impulsos instintivos en los
excesos del licor y de las pasiones materiales desenfrenadas -; y por otra
es una alegría permanente, no fugaz como los goces mundanos que desconocen
los valores espirituales.
3. La Buena Noticia nos invita a la renovación de
la gracia recibida en el bautismo Juan
distinguía entre el bautismo realizado por él y el que iba a realizar
nuestro Señor Jesucristo. El de Juan era un rito que, como lo decía él mismo
al responder a quienes le preguntaban qué debían hacer, implicaba la
disposición a compartir lo que se tiene con los desposeídos, a obrar
honradamente, a respetar a todas las personas y así estar preparados para
recibir al Señor que viene. El bautismo de Jesús sería el sacramento o signo
sensible del inicio de su acción salvadora y transformadora en cada persona
que acogiera la Buena Noticia presente en Él, en sus enseñanzas y en su
misma vida ordenada por entero al cumplimiento de la voluntad de Dios. Y el
contenido de la voluntad de Dios es el mismo que indicaba Juan Bautista,
pero ya no desde la expectativa del Salvador que vendrá, sino desde la fe en
Jesucristo que en el sacramento del Bautismo nos ha comunicado su Espíritu y
así nos hace posible compartir nuestros bienes con el pobre, reconocer
eficazmente la dignidad y los derechos de todos y colaborar activamente en
la construcción de la paz. En conclusión, acoger la Buena Noticia es acoger al propio Jesucristo en nuestra vida, lo cual exige de nosotros una disposición a dejarnos purificar de nuestro egoísmo y de nuestras inclinaciones desordenadas, dejando que actúe en nosotros la energía santificadora del Espíritu Santo, simbolizado en el fuego que quema la maleza. Dejémonos pues purificar en este tiempo de Adviento, para que, al celebrar las fiestas de Navidad que se avecinan, se renueve en nosotros la gracia de Dios, es decir, la participación en su vida divina, que recibimos cuando fuimos bautizados.- |
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© 2006 |
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