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En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “En aquellos días, después de una gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprendan de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, ustedes deducen que el verano está cerca; pues cuando vean suceder esto, sepan que Él está cerca, a la puerta. |
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Les aseguro que no pasará esta generación antes de que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán; aunque el día y la hora nadie los sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre” (Marcos 13, 24-32).
En este pasaje del Evangelio, situado en el contexto de las exhortaciones finales a sus discípulos, Jesús emplea un género literario llamado apocalíptico, y con la ayuda de una parábola tomada de la experiencia agrícola nos invita a descubrir en los acontecimientos la acción salvadora de Dios, mostrándonos que este mundo es transitorio y por eso debemos estar preparados para cuando nos llegue el momento de pasar a lo que llamamos “la vida eterna”. Reflexionemos sobre lo que el Señor nos enseña en este pasaje, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo: Daniel 12, 1-3; Salmo 16 (15); Carta a los Hebreos 10, 11-14.18.
1. “Verán venir al Hijo del Hombre… con gran poder y majestad”
En este mismo contexto, primera lectura de hoy (Daniel 12, 1-3) nos presenta una visión simbólica de lo que será el fin del mundo y el juicio final, en la que aparece el arcángel Miguel, cuyo nombre en hebreo significa “Quién como Dios”, y se hace referencia el triunfo definitivo del bien sobre el mal. Este acontecimiento es anunciado en el pasaje evangélico de hoy, en el que Jesús, hablándoles a sus discípulos en el Monte de Los Olivos, desde donde se podía ver el Templo de Jerusalén, pocos días antes de su pasión y muerte en la cruz, les anuncia a sus discípulos lo que será “el fin del mundo”.
El mismo pasaje del libro de Daniel en la primera lectura dice que al final de los tiempos todos los seres humanos resucitarán, los justos para una vida eternamente feliz, y quienes se hayan empecinado en el mal para el sufrimiento eterno. En el Evangelio, a su vez, Jesús anuncia que enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Por eso la esperanza cristiana implica una actitud de alerta para que no nos sorprenda desprevenidos el momento de nuestro encuentro con Cristo resucitado al terminar nuestra existencia terrena.
2. “Sepan que Él está cerca, a la puerta”
Los primeros discípulos de Jesús y quienes empezaron a formar junto con ellos la Iglesia primitiva, pensaban que estaba muy próximo eso que nosotros llamamos “el fin del mundo,” y con él lo que el Nuevo Testamento denomina en griego la “parusía”: la venida gloriosa y definitiva de Jesucristo resucitado, que dará comienzo a un orden nuevo. Sin embargo, la creencia inicial en que aquello sucedería en medio de un cataclismo cósmico inminente fue cambiando hacia una fe madura, unida a la esperanza paciente en la victoria final del bien sobre el mal gracias al poder de Dios.
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© 2006 |
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