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Lecturas:
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Génesis 9, 8-15
o
I Carta del apóstol San Pedro 3, 18-22
o
Marcos 1, 12-15
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El “miércoles de ceniza” empezó el tiempo
litúrgico de la Cuaresma:
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La palabra “cuaresma” hace referencia a los
cuarenta días que preceden la celebración de los misterios pascuales.
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Es importante recordar que, tanto en la
Biblia como en la tradición de la Iglesia, los números están cargados de
simbolismo.
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Este periodo de preparación a la Pascua,
que se prolonga por cuarenta días, recuerda los cuarenta años de
peregrinación por el desierto, cuando Israel salió de Egipto, tierra de
esclavitud, hacia la tierra prometida; también el número cuarenta hace
referencia a los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, dedicado a la
oración y al ayuno, como preparación para su ministerio apostólico.
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El evangelio que acabamos de escuchar está
tomado de Marcos. En pocas palabras describe la experiencia que Jesús vivió
en el desierto:
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“En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a
Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado
por Satanás”
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El evangelista Marcos es muy sobrio en
cuanto a los detalles de las tentaciones. Los otros evangelistas sí
describen ampliamente la experiencia vivida por Jesús.
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Nuestra meditación de hoy girará alrededor
de una frase: “el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto”
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Contextualicemos esta presencia de Jesús en
el desierto: Cuando Jesús recibió el bautismo de manos de Juan Bautista, en
el río Jordán, escuchó la voz del Padre que lo confirmaba en su identidad
como Hijo amado y en su misión.
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Pero Jesús no tiene prisa. Antes de iniciar
sus actividades apostólicas, se retira al desierto para prepararse. Y esta
preparación significó oración, ayuno y lucha contra la tentación.
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En la historia de la Iglesia, numerosos
seguidores de Jesús han querido vivir la experiencia de silencio, oración y
ayuno a imitación del Maestro. En el Oriente, fue San Antonio Abad quien
inició esta forma de vida; y en Occidente, San Benito fue el precursor de
esta vocación dedicada a la contemplación y al trabajo, llevando vida en
común.
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Jesús invita a sus seguidores a que lo
acompañemos al desierto. Pero no pensemos que el seguimiento de Jesús nos
exige convertirnos en monjes alejados de la civilización y dedicados a
largas sesiones de oración, ayuno y penitencia… Esa no es la invitación que
nos hace Jesús. Jesús nos invita a experimentar “tiempos de desierto”, es
decir, a fijar en nuestra agenda unos espacios de recogimiento y silencio
que nos permitan encontrarnos a nosotros mismos y a Dios. Debemos romper la
rutina, escapar del bullicio y reflexionar. Esta es la invitación que nos
hace Jesús al comenzar el tiempo litúrgico de la Cuaresma. Hagamos un alto
en el camino. Una excelente manera de vivir esta experiencia de desierto es
la realización de Retiros Espirituales.
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En los textos litúrgicos de este tiempo son
muy frecuentes las referencias al ayuno. Los documentos históricos nos dicen
qué alimentos se permitían, cuáles debían ser evitados y qué proporciones
eran las adecuadas si se quería ser fiel cumplidor de las normas
eclesiásticas. En el mundo secularizado en que vivimos, continúa la práctica
del ayuno, no ya por motivos espirituales, sino por salud o por
consideraciones estéticas. Las dietistas son las nuevas sacerdotisas que
ordenan a sus devotos seguidores qué pueden comer, de qué deben abstenerse y
cuántos gramos están permitidos… La misma práctica de los monjes del siglo
IV, en los arenales de Egipto. El grado extremo del ayuno en nuestra
sociedad es la anorexia, devastadora enfermedad que está acabando con la
calidad de vida de millones de jovencitas, y que es muy difícil de superar.
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El mundo ha cambiado y la gente no entiende
qué conexión pueda haber entre abstenerse de comer carne y prepararse para
la Pascua. Más aún, la pobreza que agobia a millones de seres humanos les
impone un ayuno obligatorio los 365 días del año. Suena cruel afirmar que
los católicos deben abstenerse de carne el día viernes, durante la
Cuaresma, cuando tantos hermanos nuestros no pueden consumir carne durante
toda la semana porque su precio es prohibitivo.
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No estamos haciendo nada como preparación
para las celebraciones pascuales si cambiamos una tajada de carne por un
delicioso filete de pescado o por unos langostinos. Por eso los invito a
vivir las normas de la Iglesia sobre el ayuno y la abstinencia como una
forma de compartir con los pobres: si nos privamos de algo en la mesa
familiar, que eso permita que los hijos de la empleada o de la costurera
puedan disfrutar de una comida diferente y más nutritiva.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. En este primer domingo de Cuaresma hemos acompañado a Jesús en
su experiencia de desierto. Si queremos seguirlo, debemos crear espacios de
silencio interior o desierto que nos permitan revisar nuestro proyecto de
vida con sus luces y sombras. En medio de ese silencio interior podremos
prepararnos para celebrar la Pascua del Señor. Pensemos qué gestos de
solidaridad podemos tener con los más pobres, sacrificando algo de nuestra
comodidad y bienestar. Demos un sentido social a las invitaciones que nos
hace la liturgia cuaresmal sobre el ayuno, la penitencia y la limosna.
jpelaez@javerianacali.edu.co |