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Lecturas:
o
Éxodo 16, 2-4.
12-15
o
Carta de San
Pablo a los Efesios 4, 17. 20-24
o
Juan 6, 24-35
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El mensaje de la
liturgia de hoy nos llena de esperanza, pues Jesús afirma: “Yo soy el pan de
la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá
sed”. Mensaje que responde a las necesidades de una sociedad que, habiendo
buscado la felicidad por mil caminos, está hambrienta y sedienta de
espiritualidad.
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Esta catequesis
sobre el pan de la vida va precedida, como ambientación, por el relato del
libro del Éxodo sobre el maná, aquel alimento milagroso que le permitió al
pueblo de Israel sobrevivir en medio de las penurias del desierto. Este
alimento dado por Dios a su pueblo preanuncia el alimento por excelencia, el
pan eucarístico, que nos nutre espiritualmente en nuestro peregrinar por la
vida.
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Este texto del
pan de la vida se ubica después de la multiplicación de los panes, sobre el
cual reflexionamos el domingo anterior. Fue tal el entusiasmo que suscitó
la acción prodigiosa de Jesús, que tuvo que esconderse porque querían
hacerlo rey.
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Pero duró poco la
escapada de Jesús. Los que habían sido testigos de la multiplicación de los
panes lo descubrieron en Cafarnaún. Y allí se desarrolla un diálogo muy
interesante, sobre el cual los invito a profundizar.
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Si Jesús hubiera
sido un político en búsqueda de votos, se habría sentido muy complacido por
el entusiasmo de sus seguidores. Sin embargo sus palabras de saludo no son
las que hubiera pronunciado un político agradecido: “Yo les aseguro que
ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por
haber comido de aquellos panes hasta saciarse”.
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Este comentario
de Jesús nos hace reflexionar acerca de las motivaciones que tenemos para
acercarnos a Dios:
o
Hay personas que
se acercan a Dios como resultado de una búsqueda honesta de la verdad.
Después de un estudio cuidadoso y una reflexión seria, llegan a la
conclusión de que el sentido de la vida se encuentra en un Ser absoluto y
trascendente, que ha dado el impulso inicial al universo y que nos lo ha
confiado para que lo administremos responsablemente.
o
Hay otras
personas que se acercan a la iglesia por simple inercia sociológica para
asistir - como si fuera un teatro – a unos ritos que van marcando el
proceso vital: el bautismo, la primera comunión, quizás el matrimonio, las
exequias… Se trata de una religiosidad difusa, reducida a unos ritos, que no
se traduce en un compromiso de vida. Es la fe superficial de los creyentes
sociológicos.
o
Otras personas se
acercan a Dios en las emergencias, cuando sienten amenazada su seguridad
ante la inminencia de un examen, una entrevista de trabajo o un problema de
salud. Superada la emergencia, Dios vuelve al “cuarto de San Alejo”, donde
se guardan las cosas que no se usan en la vida diaria pero que pueden ser
útiles algún día.
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Jesús cuestiona
los motivos que tienen aquellos que lo han seguido hasta Cafarnaún.
Apropiémonos de esta interpelación de Jesús y analicemos la seriedad de
nuestras convicciones religiosas y éticas: ¿Es Dios nuestro interlocutor
habitual con el que dialogamos cada día pues queremos obrar según su
voluntad? ¿O se trata más bien de un interlocutor esporádico al que acudimos
para que nos dé una mano en las emergencias?
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A continuación,
Jesús hace un comentario que no podemos pasar por alto. Les dice a sus
seguidores: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento
que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre”. Estas
palabras de Jesús conservan toda su actualidad, ya que nos exhortan a
revisar nuestras prioridades:
o
Es fundamental
que hayamos definido con claridad los objetivos que queremos alcanzar. Ser
adulto no consiste simplemente en haber alcanzado la mayoría de edad
establecida por la ley civil. La verdadera adultez consiste en saber qué
queremos realizar en la vida y poner los medios para ello.
o
Tenemos que
revisar nuestras agendas personales y preguntarnos si lo que estamos
haciendo nos conduce a nuestra realización integral, de manera que podamos
mirar con paz ese corte de cuentas que es el encuentro definitivo con Dios
a la hora de la muerte.
o
Son muy sabias
las palabras de Jesús: “No trabajen por este alimento que se acaba, sino
por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del
hombre”. No podemos interpretar estas palabras como una invitación a ser
irresponsables y descuidados en nuestros deberes diarios como miembros de
una familia y de una sociedad. Hay que leerlas como una exhortación a
definir una clara escala de valores en un mundo asfixiado por el
materialismo.
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Es hora de
terminar nuestra meditación dominical. Acerquémonos confiados a Jesús, pan
de la vida. En Él encontraremos la respuesta a todos nuestros interrogantes
y en Él saciaremos todas nuestras insatisfacciones porque Él es la plenitud
de la verdad y el amor. “El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en
mí nunca tendrá sed”
jpelaez@javerianacali.edu.co |