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Lecturas:
o
Profeta Zacarías 9, 9-10
o
Carta de San Pablo a los Romanos 8, 9.
11-13
o
Mateo 11, 25-30
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En el evangelio de este domingo podemos
identificar dos temas: por una parte, leemos un entusiasta elogio de la
sencillez, que se expresa en una acción de gracias; y, por otra parte, está
la invitación que Jesús hace a los que se sienten cansados y agobiados.
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Empecemos, pues, por el elogio de la
sencillez:
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El tema es introducido en la primera
lectura, en la que el profeta Zacarías exhorta a los habitantes de
Jerusalén para que acojan a su rey: “Mira a tu rey que viene a ti, modesto y
cabalgando en un burro”. Se trata de un rey diferente.
o
En el evangelio, Jesús exclama: “Te doy
gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a
los sabios y estudiados y se las has revelado a la gente sencilla"
o
Es evidente que estos dos textos nos están
sugiriendo que la sencillez facilita un acercamiento a los valores
espirituales.
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Sería simplista establecer una correlación
automática entre la virtud de la sencillez y una determinada clase social.
¿Por qué no considero legítima esta correlación automática entre sencillez
y clase social? Porque así nos lo muestra la experiencia.
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Conocemos personas que pertenecen a los más
altos estamentos sociales cuyo trato es descomplicado, que son abiertas a
todos sin discriminaciones y dispuestas a aprender lo que los demás puedan
aportar. Estas personas son realmente sencillas.
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Hay profesores universitarios,
respetadísimos en su área del saber, que escuchan con profundo interés a sus
estudiantes y acogen lo que los jóvenes les quieran aportar. Los
verdaderamente sabios son humildes y sencillos.
o
También conocemos a personas de muy
limitados recursos económicos que son víctimas de un terrible
resentimiento, incapaces de abrirse a los demás, siempre a la defensiva.
Estas personas no son sencillas; todo lo contrario; son muy complicadas.
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Por eso afirmamos que la sencillez, tan
valorada en las lecturas de hoy, no es un simple fenómeno socio - económico
sino que es una actitud del corazón y de la mente.
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Dios Padre se ha manifestado a todos
aquellos que están abiertos a la verdad, y no ha querido manifestarse a los
engreídos que creen ser dueños de la verdad.
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Por eso Jesús evitó a los fariseos, pues se
sentían los propietarios de la Ley y miraban con displicencia al común de
los mortales.
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Hay un pecado que es muy frecuente entre el
clero. Consiste en no tomar en serio los aportes teológicos y morales de los
laicos. Con ligereza los descalifican pues – opinan los clérigos – carecen
de una adecuada formación filosófica y teológica. ¡Craso error! Hay laicas y
laicos mejor formados que muchos sacerdotes.
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Este juicio negativo parte de un supuesto
falso pues el conocimiento de Dios no está escriturado a un estamento
particular de la Iglesia. Por el contrario, el Espíritu Santo actúa en el
corazón de todos los creyentes prescindiendo de dignidades y diplomas. El
conocimiento de Dios procede de la fe, y ésta es un don de Dios que puede
ser concedido a cualquier persona.
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Pasemos, ahora, al segundo tema que nos
plantea el evangelio de hoy: la invitación que Jesús hace a los que se
sienten cansados y agobiados:
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“Vengan a mí todos los que están cansados y
agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy
manso y humilde corazón, y encontrarán descanso. Porque mi yugo es llevadero
y mi carga ligera”.
o
¿Quiénes son los cansados y agobiados a los
que invita Jesús? Podemos afirmar que se trata, en primer lugar, de los
judíos piadosos asfixiados por los formalismos religiosos que les imponían
sus líderes. La religión judía había perdido su frescura y vitalidad
originarias para convertirse en un laberinto de normas, que ocultaban la
acción de un Dios que guiaba a Israel a través de la historia.
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Pero es legítimo ampliar el alcance de esta
invitación. Cansados y agobiados son todos los que sufren en la vida por un
matrimonio desgraciado o por problemas de salud o por privaciones económicas
o por heridas afectivas o por ser víctimas de la violencia en sus infinitas
expresiones.
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Para todos ellos Jesús tiene una palabra de
consuelo, a todos ellos quiere curarles las heridas del alma. Recordemos que
durante su existencia histórica atendió a infinidad de personas que
padecían todo tipo de dolencias. Ahora continúa su ministerio de sanación a
través de la oración, de la gracia que comunica a través de los sacramentos
y de la pastoral maternal de la Iglesia.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. Pidámosle al Señor que seamos capaces de despojarnos de todas
nuestras prevenciones y prejuicios de manera que seamos terreno donde pueda
germinar la semilla de la palabra de Dios. Sintamos que la misa dominical es
un lugar privilegiado de encuentro con Dios. Depositemos sobre el altar
nuestras preocupaciones y regresemos a nuestros hogares con alegría, seguros
de que el Señor ha asumido parte de nuestra carga.
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