|
ü
Lecturas:
o
Génesis 22, 1-2.
9-13. 15-18
o
Carta de San
Pablo a los Romanos 8, 31-34
o
Marcos 9, 2-10
ü
La liturgia de
este domingo propone a nuestra consideración el relato de la Transfiguración
de Jesús. Se trata de un texto de gran fuerza descriptiva, con imágenes
llenas de colorido propias del género literario de las “teofanías” o
manifestaciones de Dios.
ü
Nuestra
meditación estará centrada en un solo aspecto, las palabras que pronuncia el
Padre en medio de un escenario majestuoso:
o
Nos dice el
evangelista Marcos: “Se formó entonces una nube, que los cubrió con su
sombra, y de esta nube salió una voz que decía: Este es mi Hijo amado;
escúchenlo”
o
Estas palabras
constituyen una confirmación de la identidad de Jesús como Hijo amado, así
como una ratificación de su ministerio apostólico; es presentado como el
Maestro por excelencia de la humanidad.
o
El imperativo
verbal “escúchenlo” está cargado de autoridad. No quedan dudas: Dios Padre,
quien durante siglos había enviado a numerosos anunciadores de la promesa,
finalmente envía a su Palabra hecha carne.
o
Pero es mucho más
que una orden. Se trata de un maravilloso regalo: Jesús es el camino, la
verdad y la vida; escuchándolo y ajustando nuestro proyecto a sus
enseñanzas no nos equivocaremos en el camino de la felicidad.
ü
¿A quiénes se
dirigen estas palabras? En primer lugar, se dirigen a los tres discípulos –
Pedro, Santiago y Juan -, testigos privilegiados de esta manifestación del
poder de Dios. Igualmente estas palabras se dirigen a toda la humanidad,
pues la buena nueva de Jesús no está circunscrita al estrecho escenario de
una cultura particular, sino que está dirigida a todos los hombres y mujeres
de buena voluntad que busquen honestamente la verdad.
ü
Es claro el
mandato del Padre: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”. Pero, ¿cómo podemos
escuchar la voz de un personaje histórico del cual nos separan dos mil años?
¿Cómo podemos tener acceso a las palabras del profeta de Galilea nosotros,
navegantes del ciberespacio?
ü
Antes de entrar
en el complejo asunto del CÓMO, debemos decir que hay que crear las
condiciones favorables que permitan esta comunicación. Sólo será posible en
la medida en que creemos un silencio interior; la voluntad del Padre, que
nos es asequible a través de su enviado Jesucristo, sólo podrá ser percibida
en el silencio de la oración.
ü
Si nosotros
vivimos inmersos en el bullicio de los negocios y en el torbellino de los
compromisos sociales, será imposible este encuentro con la Palabra viva de
Jesús. Cada día debemos dedicar unos minutos a dialogar con él. Necesitamos
favorecer estos espacios de paz, reflexión e interioridad.
ü
Una vez que
hayamos creado estas condiciones de silencio interior, podremos escuchar al
Hijo amado del Padre, que nos habla, en primer lugar, a través de la
conciencia. Cada vez que la conciencia critica una actuación nuestra o nos
sugiere realizar una buena acción, es Jesús mismo que nos habla a través de
su Espíritu.
ü
Pero la sola
conciencia no es suficiente, ya que puede ser engañada por percepciones
falsas o puede ser amordazada por el egoísmo. Por eso la conciencia debe ser
iluminada por las enseñanzas del Evangelio.
ü
Jesús nos conduce
a las entrañas mismas del misterio de Dios a través del lenguaje sencillo y
profundo de las parábolas. En ellas descubrimos la oferta de amor y gracia
que Dios nos hace. Y a través de sus milagros descubrimos el rostro
misericordioso de Dios que transforma en alegría y esperanza el dolor de los
enfermos y excluidos de la sociedad. Dejemos que penetre en nuestro corazón
cada una de las palabras del Evangelio.
ü
Jesús también nos
habla a través de las enseñanzas de la Iglesia, que ha recibido la misión de
dispensar la gracia a través de los sacramentos, la liturgia y la
predicación. No veamos a la Iglesia como una estructura burocrática que está
lejos de nosotros; sintámosla como una gran familia, dentro de la cual
tenemos asignadas unas responsabilidades.
ü
Hasta este
momento hemos dicho que Jesús nos habla a través de la conciencia, de los
Evangelios y de la Iglesia. Su voz resuena igualmente en la infinita
variedad de formas y colores de la naturaleza, en la complejidad del
macrocosmos y del microcosmos, en la sonrisa de los niños… Su voz resuena
por todas partes; hay que crear las condiciones que nos permitan escucharla.
ü
Así como hemos
explorado aquellas realidades o escenarios en los cuales podemos escuchar
las palabras de Jesús, Hijo amado del Padre, tenemos que desenmascarar
aquellas mediaciones equivocadas:
o
Dios no se
manifiesta a través de los adivinos ni del horóscopo ni de la carta
astral. Es sorprendente que personas cultas tomen delicadas decisiones
simplemente porque la posición de los astros, interpretada por unos
charlatanes, así lo sugiere.
o
También hay que
ser escépticos frente a las revelaciones privadas, los mensajes
celestiales, las apariciones y voces del más allá. En la mayoría de los
casos son resultado de perturbaciones mentales o invenciones de "avivatos"
que quieren explotar la fe ingenua de algunos creyentes.
ü
Es hora de
terminar nuestra meditación dominical. En medio de los ricos contenidos
teológicos del relato de la Transfiguración, hemos centrado nuestra
reflexión en las palabras del Padre: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.
Hagamos lo que esté de nuestra parte para crear una atmósfera de silencio
interior que nos permita escuchar las palabras de Jesús. Busquémoslo donde
podemos encontrarlo: en la intimidad de nuestra conciencia, en la meditación
de la Biblia, participando en la vida de la Iglesia. Y no caigamos en la
trampa de los adivinos comerciantes de ilusiones, ni abramos los oídos a los
mensajes de las falsas apariciones y revelaciones.
jpelaez@javerianacali.edu.co |