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Lecturas:
o
Profeta Oseas 6, 3-6
o
Carta de San Pablo a los Romanos 4, 18-25
o
Mateo 9, 9-13
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El evangelio de hoy nos narra el llamado
que Jesús hace a Mateo para entrar a formar parte del grupo de los
apóstoles:
o
Los evangelistas Marcos y Lucas llaman a
Mateo por su otro nombra, Leví.
o
Ejercía el oficio de recaudador de
impuestos, que era mal visto por los judíos pues los impuestos iban a
engrosar las arcas de Roma, potencia ocupante. Los recaudadores de impuestos
eran considerados cómplices de los invasores.
o
Por eso llama la atención que Jesús escoja
a uno de sus más cercanos colaboradores en este colectivo detestado por la
comunidad.
o
Podemos afirmar que Mateo era doblemente
marginado: de la salvación por su condición de pecador, y de la vida social
pues los fariseos lo evitaban para no contaminarse. No obstante estas
fuertes condenas religiosas y sociales, Jesús confió en Mateo –llamado
también Leví – y le dijo “sígueme”. Jesús fue capaz de superar los
prejuicios y captó su enorme generosidad para entregarse a las nuevas tareas
evangelizadoras.
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Los fariseos, que se consideraban mejores
que los demás y que se habían constituido en jueces de la conducta ajena,
inmediatamente se fueron lanza en ristre contra Jesús:
o
“¿Cómo es que su Maestro come con
publicanos y pecadores?”. La pregunta la dirigieron a los discípulos.
Querían sembrar cizaña en la relación entre ellos y su maestro al cuestionar
el trato que sostenía con los que consideraban “amistades sospechosas”.
o
Recordemos que Jesús ofendió repetidas
veces la hipócrita sensibilidad de los fariseos al frecuentar a personas
que consideraban despreciables.
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Aunque la pregunta fue dirigida a los
discípulos, Jesús alcanzó a escucharla y quiso explicar su comportamiento:
o
“No tienen necesidad de médico los sanos
sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”.
Esta imagen de Jesús como médico nos ilustra el sentido profundamente
humanitario de su servicio: curó a los enfermos físicos y también a los del
espíritu (consolando, animando, fortaleciendo la fe de los que vacilaban,
mostrando horizontes de superación y crecimiento, perdonando los pecados,
expulsando los demonios).
o
La cercanía de Jesús con los pecadores es
un elemento constitutivo de su misión, que es la salvación de todos. Se
acercaba a aquellos que tenían mayor necesidad de la gracia de Dios.
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En este momento de nuestra meditación
dominical sobre la Palabra de Dios, quiero invitarlos a que nos detengamos a
analizar una frase muy sencilla, que es de gran contenido teológico:
o
Jesús retoma una expresión que había sido
utilizada, siglos atrás, por el profeta Oseas: “misericordia quiero y no
sacrificios”.
o
En el Antiguo Testamento, los profetas
habían hecho unas críticas muy duras contra aquellos que cumplían con la
formalidad de los ritos y que se sentían salvados porque ayunaban, pagaban
diezmos, ofrecían sacrificios, pero atropellaban a los demás y pisoteaban
lo que mandaba la justicia. Estas personas, criticadas por los profetas,
vivían una religión que se contentaba con cumplir externamente pero que no
llegaba a lo profundo del ser humano y no influía sobre su comportamiento
personal y social.
o
Al retomar esta frase del profeta Oseas,
Jesús propone una práctica religiosa auténtica, en la que la liturgia y la
vida se dan la mano.
o
Este mensaje de Jesús nos motiva para que
nuestra misa dominical sea una experiencia muy honda de encuentro con Dios y
para que, al mismo tiempo, genere una dinámica de servicio que se exprese en
todas las actividades que desarrollaremos durante la semana siguiente.
o
Esta propuesta de Jesús nos anima a que
tengamos una fe sólida, que se expresa y que se alimenta a través de los
sacramentos, y que da un espíritu nuevo a todas nuestras actividades.
o
Esta conexión entre los ritos, la vida y la
fe nos permite entender por qué la liturgia de hoy nos propone, en la
segunda lectura, la imagen de Abrahán, el hombre de fe por excelencia; a
pesar de su vejez, a pesar de todos los argumentos, creyó en la promesa que
Dios le había hecho.
o
Una vida cristiana auténtica, anclada en
la fe – una fe tan sólida como la del viejo Abrahán -, se abre a la acción
de Dios, participa gozosamente en la liturgia, se preocupa por los demás y
comparte sin egoísmo.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. El mensaje teológico de la liturgia de hoy se resume en esta
sencilla frase: “misericordia quiero y no sacrificios”. Hagamos un honesto
examen de conciencia para revisar la calidad de nuestra fe: ¿nos contentamos
con cumplir unos formalismos y nos sentimos cerca de Dios porque, de vez en
cuando, realizamos ciertas prácticas religiosas? Recordemos que no es
auténtica la fe que está desconectada de la vida diaria. Es falsa la fe sin
compromiso con las personas que nos rodean.
jpelaez@puj.edu.co |