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Lecturas:
o
I Libro de los
Reyes 19, 4-8
o
Carta de San
Pablo a los Efesios 4, 30 – 5,2
o
Juan 6, 41-51
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La liturgia de
este domingo continúa con el discurso sobre el pan de la vida, pronunciado
por Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. El evangelista nos va guiando a
través de este discurso para que avancemos en la comprensión de la
Eucaristía que, en palabras del Concilio Vaticano II, es cumbre y fuente de
la vida cristiana.
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Cristo nos
comunica su gracia a través de los sacramentos, recibidos en la comunidad
eclesial. Los sacramentos nos transmiten la vida divina partiendo de
realidades tan cotidianas como el agua, el aceite, la luz, el pan, la
imposición de las manos… A partir de la vivencia de estas realidades,
humanas y simples, podemos avanzar en el conocimiento de ese Dios – Amor
que nos hace partícipes de su vida.
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Los invito,
entonces, a que reflexionemos sobre el significado del pan, cuya presencia
está documentada en casi todas las culturas:
o
Su primer
significado es nutricional. Se lo considera un elemento básico. Tener pan
es sinónimo de vida; carecer del pan es sinónimo de pobreza infrahumana y
sugiere que se avanza inexorablemente hacia la muerte. Recordemos las
horripilantes hambrunas que amenazan a amplias segmentos de la población
mundial.
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Precisamente la
primera lectura, tomada del I Libro de los Reyes, nos presenta un capítulo
doloroso de la vida del profeta Elías que escapa de la ira de la perversa
reina Jezabel. El profeta está agotado física y emocionalmente. No resiste
más. Pide a Dios que le permita morir. Aparece entonces un ángel que le
ofrece pan y agua, lo invita a recuperar las fuerzas y a que continúe su
camino. El pan lo reconforta.
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Además de este
significado nutricional básico, el pan tiene un profundo sentido social ya
que hace referencia a estar juntos. Nos sentamos alredor de la mesa para
compartir como familia y además queremos que se nos unan los amigos más
cercanos.
o
Comer juntos
también tiene un profundo significado como celebración. Alredor de la mesa
se celebra el nacimiento de un nuevo miembro de la familia, se prometen amor
los novios, se hacen negocios, se sella la paz.
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El pan servido y
compartido también hace referencia al trabajo honrado. Por eso en el
ofertorio de la misa decimos: “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por
este pan fruto de la tierra y del trabajo del hombre”
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Estas sencillas
reflexiones nos ayudan a tomar conciencia del significado antropológico del
pan en la vida diaria de los pueblos. El pan es alimento, es encuentro, es
celebración, es un reconocimiento de la dignidad del trabajo.
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Cuando Jesús
afirma “yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, le da al pan – hasta
ahora relacionado con experiencias profundamente humanas – un significado
infinitamente superior. ¡El humilde y perecedero pan cotidiano se impregna
de divinidad!
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Las palabras que
pronuncia Jesús en este discurso sobre el pan de la vida suscitan una
apasionada controversia:
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Sus
contemporáneos murmuran: “¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no
conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del
cielo?”
o
Jesús va más
lejos en su provocación pues se compara con Moisés, el gran líder que guió a
Israel en su epopeya a través del desierto. No sólo se compara con Moisés
sino que afirma su superioridad: “Sus padres comieron el maná en el
desierto y sin embargo murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para
que, quien lo coma, no muera”. Afirma, pues, que el nuevo pan es garantía de
inmortalidad.
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Las palabras de
Jesús son provocadoras: primero afirma que ha bajado del cielo; luego dice
que su pan es garantía de inmortalidad; y, como si las afirmaciones
anteriores no fueran suficientemente complicadas, cierra esta parte del
discurso afirmando que “el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el
mundo tenga vida”. Ni más ni menos: el pan es la carne de Cristo.
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Para profundizar
en el alcance de estas palabras de Jesús, veamos qué sucede en la Misa,
cuando el sacerdote pronuncia las mismas palabras de Jesús en la última
Cena: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será
entregado por vosotros”:
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La Iglesia
utiliza una palabra especial para referirse a este hecho. La palabra es
transubstanciación. ¿Qué quiere decir esta extraña palabra? Quiere decir
que en el momento de la consagración, la hostia, que es un pan hecho con
harina de trigo sin levadura, deja de ser pan para convertirse en el Cuerpo
de Cristo. Las apariencias de pan continúan – la forma, el sabor, el color,
el peso -, pero cambia la realidad profunda: ya no es pan sino el Cuerpo de
Cristo.
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Es hora de
terminar nuestra meditación dominical. Pidámosle a Dios que valoremos en
plenitud el regalo que Jesús nos ha hecho al darnos el pan eucarístico: “el
pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. Que al
participar cada domingo en la mesa del Señor vivamos este rito, no como una
pesada obligación, sino como un festivo encuentro con Dios y con los
hermanos, y que se fortalezcan los vínculos de solidaridad.
jpelaez@javerianacali.edu.co |