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Lecturas:
o
Libro de la
Sabiduría 7, 7-11
o
Carta a los
Hebreos 4, 12-13
o
Marcos 10, 17-30
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A manera de
introducción a la homilía de hoy, digamos una palabra sobre la actual crisis
económica, que ha golpeado a todos los países y a todas las personas, sin
excepción. El Banco Mundial dice que ya ha comenzado la reactivación, pero
que será muy lenta. Sin embargo, no podemos caer en el facilismo de decir
¡qué bueno que ya vamos saliendo del abismo en que nos encontramos!, y no
hacer un cuidadoso análisis de las lecciones que nos deja, pues ha hecho
crisis el dogma neoliberal que confiaba en que el mercado rectificara los
errores y abusos; también ha hecho crisis la visión de un Estado pasivo,
que se abstenía de regular los procesos macroeconómicos; ha sido vergonzoso
el comportamiento de altos ejecutivos que se enriquecieron favoreciendo
perversos procesos especulativos. Y otro aprendizaje ha sido para las
familias, que han tenido que introducir dolorosos ajustes en sus hábitos de
consumo.
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Pues bien, el
evangelio de hoy nos ofrece elementos interesantes para aprender las
lecciones que nos deja la crisis económica. El texto de este domingo tiene
como protagonista a un joven de estrato 6 que le pregunta a Jesús: “Maestro
bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. Esta pregunta
honesta, hecha por un joven que sinceramente quiere vivir en la presencia de
Dios, es una excelente oportunidad para que reflexionemos sobre nuestra
posición ante el dinero.
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Antes de entrar
en materia, debemos afirmar que Jesús jamás condenó la riqueza como si fuera
algo negativo o peligroso que hubiera que evitar. Más aún, entre sus amigos
más cercanos se encontraban José de Arimatea y Zaqueo, que disfrutaban de
una holgada condición económica. Lo que Jesús condena no es la riqueza,
sino la avidez por atesorar.
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Cuando las
personas optan por el dinero como el valor central de sus vidas, todas las
demás realidades pierden importancia, pues no hay tiempo para compartir con
la familia y las relaciones sociales se escogen en función de los
beneficios que pueden aportar.
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El afán por
atesorar conduce, en muchas ocasiones, a la avaricia. Estos personajes
lleven unas vidas infelices porque no disfrutan de lo que tienen, todo les
parece carísimo y creen que las personas que están junto a ellos les quieren
robar. Y se olvidan de que la muerte les privará de todo aquello que han
acumulado con tanto celo.
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En Colombia, el
boom económico producido por el narcotráfico ha sido la causa de una grave
alteración de los valores éticos: el trabajo honrado y la sencillez en el
modo de vida han sido reemplazados por el enriquecimiento rápido y la
ostentación; y la corrupción ha contaminado la gestión pública y privada.
¡El narcotráfico ha sido la peor enfermedad que ha padecido el país! De ella
se derivan muchos de los males que nos aquejan.
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La avidez por el
dinero no sólo afecta la trama de las relaciones sociales, sino que
igualmente altera la relación con Dios:
o
La riqueza,
buscada como valor absoluto, se convierte en el anti-Dios. El creyente
afirma que todo es posible para Dios; por el contrario, quien ha hecho del
dinero su dios, afirma que todo es posible para el dinero… En él deposita su
fe, su esperanza y su amor. Estas tres virtudes – la fe, la esperanza y el
amor – ya no tienen como foco a Dios sino a la riqueza.
o
En el evangelio
de hoy, Jesús afirma: “¡Qué difícil es para los que confían en las riquezas
entrar en el Reino de los cielos!” Esta afirmación tan radical tiene una
explicación muy sencilla: quien ha puesto su confianza en el dinero, no
acepta que la salvación sea un don de Dios y no busca en Jesús la salvación;
cree que todo lo puede comprar, incluido un lugar en el cielo…
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El evangelio de
hoy no sólo critica el uso indebido del dinero sino que también nos hace
una propuesta positiva. Así como se condena la avidez por atesorar, se
invita a compartir; tal es la propuesta de Jesús al joven rico. Ahora bien,
compartir el dinero no sólo significa darlo a entidades de beneficencia y
vincularse a fundaciones, lo cual merece todos los reconocimientos:
o
Darle un sentido
social a la riqueza es, igualmente, pagar los impuestos para que el Estado
puede atender las necesidades del bien común.
o
Darle un sentido
social a la riqueza es crear nuevos puestos de trabajo y ser muy respetuosos
con los derechos de los trabajadores.
o
Darle un sentido
social a la riqueza es promover el desarrollo en armonía con el medio
ambiente. Por eso hoy día hablamos del desarrollo sostenible.
o
Afortunadamente,
un nuevo espíritu de responsabilidad social empresarial ha ido penetrando en
amplios segmentos de la comunidad económica.
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Antes de
terminar, quisiera invitarlos a dirigir nuestra atención a la primera
lectura, que nos aporta elementos muy interesantes:
o
En ella
encontramos unas palabras muy inspiradoras: “Supliqué y se me concedió la
prudencia; invoqué y vino sobre mí el espíritu de sabiduría. La preferí a
los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la
riqueza”
o
Este texto tiene
un enorme significado cuando se lee frente a los valores postulados por una
cultura “traqueta”, subproducto del narcotráfico; para estos siniestros
personajes, lo importante son las joyas, los automóviles de gama alta y
coleccionar escrituras de propiedades dispersas por el ancho mundo.
o
Por el contrario,
el libro de la Sabiduría pondera la superioridad de los valores del
espíritu. Los educadores tenemos el reto de lograr que nuestros alumnos se
enamoren de la ciencia, que descubran la magia de los grandes maestros de la
literatura universal, que disfruten de la experiencia casi mística de un
concierto, que gocen compartiendo con la familia y los amigos en medio de la
sencillez de lo cotidiano. Que ellos descubran la supremacía de la
sabiduría, es decir, de los valores del espíritu, sobre las riquezas de la
tierra y frente a una cultura que proclama la supremacía del tener y del
acumular.
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Es hora de
terminar nuestra meditación dominical. Revisemos, pues, nuestra actitud
frente al dinero, que no es un fin sino un medio para satisfacer las
necesidades humanas y permitir el desarrollo integral de la sociedad. Y que
el Espíritu Santo nos conceda el don de saborear los valores superiores de
la cultura, del arte, de la estética, del compartir, que son infinitamente
superiores al consumismo.
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