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Lecturas:
o
Profeta Isaías 55, 10-11
o
Carta de San Pablo a los Romanos 8, 18-23
o
Mateo 13, 1-2
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Con el texto que acabamos de escuchar
empieza la parte del evangelio de Mateo llamada “libro de las parábolas”. A
través de ellas, Jesús nos explica en qué consiste el Reino que ha venido a
implantar.
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Nuestra reflexión de hoy comprende dos
partes: en primer lugar, analizaremos qué son las parábolas; en segundo
lugar, profundizaremos en el relato de hoy, la parábola del sembrador.
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Empecemos, pues, por una explicación
general sobre las parábolas:
o
Ellas constituyen la quintaesencia de la
predicación de Jesús. A pesar de haber sido pronunciadas hace dos mil años,
nos tocan el corazón por su humanidad y frescura.
o
Al escucharlas sentimos la cercanía de
Jesús. Es como si formáramos parte de las multitudes que lo seguían. Cada
vez nos preguntamos qué nos quiere comunicar Jesús, cuál es la verdad que
nos quiere manifestar a través de estas sencillas imágenes tomadas de la
vida diaria.
o
La experiencia nos muestra que cuando un
maestro desea comunicar un conocimiento nuevo a sus alumnos, usa diversos
recursos literarios: unas veces pone ejemplos, otras veces ilustra con una
comparación, otras acude a una parábola.
o
Utilizando estas herramientas, el maestro
logra que su alumno se acerque a una realidad nueva que hasta ese momento
estaba fuera de su alcance. La parábola permite acercar lo que está lejos. A
través de la imagen de una realidad sencilla (por ejemplo, una semilla, una
moneda perdida, una perla de gran valor), el oyente comprende realidades
nuevas.
o
A través de imágenes tomadas de la vida
diaria, se nos muestra el fundamento de todas las cosas, quiénes somos, qué
debemos hacer.
o
Las parábolas de Jesús transmiten un nuevo
conocimiento. Pero no se trata de conocimientos teóricos, sino que se trata
de conocimientos que piden un compromiso en nuestras vidas.
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Después de estas observaciones generales
sobre las parábolas, consideremos el relato que nos trae la liturgia de este
domingo, la parábola del sembrador:
o
El argumento central de todo el relato se
focaliza en las diversas clases de terrenos en los que cae la semilla. A
través de esta imagen, Jesús nos explica cómo acogen la semilla de la
Palabra de Dios los diversos grupos de personas.
o
El texto nos habla de cuatro tipos
diferentes de terrenos, es decir, de cuatro tipos de personas que se
diferencian por la acogida que dan a la Palabra de Dios.
o
En primer lugar, Jesús habla de la semilla
que cae al borde del camino, la cual se perdió. Hay un primer grupo de
personas que no acogen la Palabra de Dios. Las fuerzas del mal destruyen esa
semilla. Es doloroso encontrar personas que rechazan con vehemencia
cualquier referencia a Dios y a la religión. ¡Sólo Dios, que conoce lo
profundo del corazón, puede juzgar ese rechazo!
o
En segundo lugar, Jesús habla del terreno
pedregoso: “significa el que escucha la Palabra de Dios y la acepta
enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto
viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe”. Son personas
superficiales, de reacción inmediata, con entusiasmos pasajeros.
o
En tercer lugar, está el terreno inundado
de zarzas y rastrojo, que ahoga la semilla. Las zarzas y el rastrojo
simbolizan los afanes de la vida y la ambición de bienes materiales. En este
contexto es imposible que se desarrolle una espiritualidad.
o
En cuarto lugar, Jesús habla de la tierra
buena, es decir, se refiere a aquellas personas que se abren al mensaje de
Jesús y diseñan un proyecto de vida coherente con esos valores.
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Llama la atención que el evangelista Mateo
se alargue en la descripción de lo negativo, como son los terrenos no aptos
para la Palabra de Dios, y apenas dedique dos líneas para hablar de lo
positivo
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Nosotros, ¿dónde nos ubicamos?, ¿cuál de
estos terrenos expresa mejor nuestra realidad interior? Me atrevería a
formular la siguiente interpretación: Los seres humanos somos volubles. Unos
días nos sentimos generosos, con deseos de servir a los hermanos, pero hay
otros días en los que el egoísmo nos paraliza; hay días en los cuales
expresamos sentimientos altruistas, pero otras veces nuestros sentimientos
son vergonzosamente rastreros. Por eso no podemos identificarnos sin más con
un determinado tipo de terreno de los que habla la parábola. Como en los
exámenes de escogencia múltiple, podemos responder: “todas las anteriores”.
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El poeta colombiano Porfirio Barba-Jacob,
en su “Canción de la vida profunda”, expresa magistralmente el carácter
voluble de los seres humanos:
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
Como las leves briznas al viento y al azar…
Tal vez bajo otro cielo la dicha nos sonría…
La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…
-¡niñez en el crepúsculo! ¡laguna de zafir! –
Que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
¡y hasta las propias penas! Nos hacen sonreír…
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
Como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
Y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. Acerquémonos con profundo amor a las parábolas de Jesús. Aunque
las hayamos leído muchas veces, dejémonos sorprender por ellas de manera que
esas imágenes sencillas, casi infantiles, nos permitan descubrir el plan de
Dios sobre nosotros.
jpelaez@puj.edu.co |