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Lecturas:
o
Profeta Jeremías
17, 5-8
o
I Carta de San
Pablo a los Corintios 15, 12.16-20
o
Lucas 6, 17.
20-26
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En medio de la
variedad y riqueza de textos que nos ofrece la liturgia de este domingo, he
escogido como foco de nuestra reflexión las palabras del profeta Jeremías,
en la primera lectura: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él
pone su fuerza y aparta del Señor su corazón. Bendito el hombre que confía
en el Señor y en Él pone su esperanza”
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Como en las
palabras de Jeremías encontramos la expresión “confiar en el hombre”, antes
de profundizar en el sentido teológico del texto, quiero hacer una breve
reflexión sobre la autoestima.
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En Psicología, la
autoestima es la percepción profunda que las personas tienen de sí
mismas. Tener una buena autoestima es reconocer las virtudes y los defectos
propios, así como ponderar con objetividad el concepto que los demás tienen
sobre nosotros.
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Una autoestima
alta es un motor importantísimo para actuar en la vida porque nos permite
asumir con entusiasmo las responsabilidades, disfrutar de los triunfos y
recuperarnos de los fracasos.
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¿Por qué hago
esta precisión? Cuando Jeremías afirma: “Maldito el hombre que confía en el
hombre”, no está haciendo ninguna referencia a la autoestima. Más aún, Dios
quiere que nos valoremos; es sano querernos a nosotros mismos, sentirnos
seguros de lo que somos.
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El problema de
fondo al que se refiere el profeta Jeremías es el orgullo de los seres
humanos que se sienten tan confiados en sus propios recursos y posibilidades
que prescinden de Dios. Recordemos la escena del pecado original en el
paraíso, escena llena de sugestivos símbolos; la serpiente tentó a la mujer
con la promesa de que ella y su esposo serían como dioses… La tentación de
querer ser como dioses está agazapada en el corazón de la humanidad y se
manifiesta a través de nuestras actuaciones.
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Nos dice el
profeta Jeremías: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él
pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”. Analicemos, en concreto,
cuáles son aquellas realidades que hacer creer a los seres humanos que son
como dioses. Hay tres factores que han desempeñado un papel muy importante
dentro de la historia: la prepotencia de cierto discurso científico, el
terror impuesto por las armas , y el dinero. Veamos en detalle cómo influye
cada uno de ellos.
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Empecemos por la
prepotencia de cierto discurso científico:
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Cuando nos
detenemos a analizar los impresionantes avances de la ciencia, quedamos
deslumbrados. Se han cruzado fronteras jamás imaginadas.
o
La constatación
de semejantes victorias científicas puede producir dos reacciones
diferentes en la comunidad científica:
§
Una primera
reacción es la humildad que se sobrecoge ante la infinita complejidad del
universo y descubre en él la presencia de Alguien que le dio el impulso
inicial.
§
También es
posible que se genere un sentimiento de soberbia, creyendo que la ciencia
tiene la llave para descubrir todos los interrogantes del universo.
o
El reconocimiento
de los sorprendentes avances de la ciencia puede conducir a un acto de fe en
Dios, creador de la infinita complejidad que nos rodea; o puede alimentar un
discurso materialista y ateo.
o
Sabemos que los
interrogantes más profundos que nos planteamos los seres humanos no pueden
ser respondidos con los equipos de un laboratorio; estos interrogantes
desbordan la capacidad de las ciencias exactas y se sitúan en un nivel
diferente.
o
Ya comprendemos
un poco mejor por qué el profeta Jeremías exclama: “Maldito el hombre que
confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”
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Analicemos el
segundo factor que hace que los hombres se sientan como dioses: el poderío
militar. Quiero referirme a dos gigantescas maquinarias de esclavitud y
muerte, que negaron a Dios y pisotearon los derechos fundamentales, y que
desaparecieron dejando una estela de destrucción y muerte; me refiero a la
Alemania Nazi y al Imperio Soviético:
o
Hitler construyó
el III Reich sobre la mentira de la superioridad racial, y tuvo la
pretensión de que éste duraría mil años. Sin embargo, después de unas pocas
décadas desapareció dejando detrás cincuenta millones de muertos.
o
El Imperio
Soviético, con su agresivo ateísmo y un impresionante arsenal militar, se
derrumbó después de setenta años sin que fuera necesario hacer un solo
disparo.
o
Viendo los
resultados de estas dos maquinarias de terror, adquieren una resonancia
particular las palabras de Jeremías que podemos retocar un poco: maldito el
sistema que confía en las armas, que en ellas pone su fuerza y aparta de
Dios su corazón.
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Llegamos así al
tercer factor, la prepotencia del dinero:
o
Ciertamente el
dinero es un elemento esencial para llevar una vida digna. Pero hay quienes
desvirtúan su sentido y creen que con él pueden comprarlo todo, incluida la
felicidad y la paz interior.
o
Pero la
experiencia nos muestra que la felicidad no es el resultado del tener ni del
acumular; el camino de la felicidad pasa por la búsqueda honesta de la
verdad, el trabajo honrado, el afecto, la convivencia amable, la justicia.
o
La ambición
desbordada conduce a la violación de todos los derechos y de los valores
éticos fundamentales.
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Es hora de
terminar nuestra meditación dominical. Hemos visto cómo la prepotencia de un
determinado discurso científico, el poder de las armas y la ambición
desmedida han producido un enorme daño. Por eso el profeta Jeremías los
maldice. Y enseguida nos propone el camino correcto: “Bendito el hombre que
confía en el Señor y en Él pone su esperanza. Será como un árbol plantado
junto al agua, que hunde en la corriente sus raíces; cuando llegue el calor,
no lo sentirá y sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequía no
se marchitará ni dejará de dar frutos”.
jpelaez@javerianacali.edu.co |