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Lecturas:
o
Libro de
Josué 5, 9ª. 10-12
o
II Carta de
San Pablo a los Corintios 5, 17-21
o
Lucas 15,
1-3. 11-32
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El evangelio
que acabamos de proclamar constituye quizás la página más sublime sobre el
amor misericordioso de Dios hacia nosotros. En este relato es fácil
descubrir el rostro amoroso de Dios detrás de la figura de este padre, que
todos los días esperaba el regreso de su hijo. Vayamos recorriendo el texto
y dejemos que su mensaje vaya impregnando nuestro interior.
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Esta
parábola es tomada de la vida real. Son frecuentes las historias de jóvenes
que abandonan la casa de sus padres soñando con vivir una existencia sin
límites. Estas aspiraciones de una libertad absoluta con frecuencia terminan
mal porque, agotado el dinero que llevaban, se alían con personas de
oscuros antecedentes para obtener los recursos que les permitan seguir
viviendo el mismo ritmo loco que traían.
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La forma
escueta como empieza el relato oculta un doloroso drama familiar:
o
“Un hombre
tenía dos hijos y el menor de ellos le dijo a su padre: Padre, dame la parte
de la herencia que me toca. Y él les repartió los bienes. No muchos días
después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano”
o
No
encontramos una sola palabra de gratitud hacia el padre. No hay un
reconocimiento por el esfuerzo que éste hizo a lo largo de la vida y que
permitió a los hijos disfrutar de una holgada situación económica. Lo único
que le interesa a este joven es el patrimonio familiar. Exige la herencia
como si el padre ya hubiera muerto. No muestra interés por los vínculos
familiares ni por la salud del que le dio la vida…
o
Lo que sigue
es – como diría García Márquez – “la crónica de una muerte anunciada”. No
hay capital que resista un ritmo enloquecido de gastos. Como era de
esperar, después de algún tiempo se quedó sin dinero y sin amigos.
o
Este joven
millonario venido a menos se ve obligado a trabajar para poder sobrevivir.
El texto nos dice que logró un modesto trabajo cuidando cerdos. Esta
precisión que hace la parábola tiene su malicia, pues recordemos que el
pueblo judío se abstenía de comer carne de cerdo pues lo consideraban un
animal impuro. Podemos imaginar que este tipo de trabajo tenía unas
connotaciones sociales muy negativas.
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La parábola
nos dice que este joven no se hundió en la desesperación; afortunadamente,
reaccionó:
o
“Se puso
entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre
tienen pan de sobra, y yo aquí me estoy muriendo de hambre! Me levantaré,
volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti;
ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”
o
La
psicología humana es muy curiosa; con frecuencia descalificamos los consejos
de las personas mayores. Y muchos necesitan tocar fondo para poder
reaccionar. Esto fue lo que le sucedió al joven protagonista de esta
parábola. Fue necesario que llegara hasta los extremos de la pobreza para
que reconociera la estupidez que había hecho.
o
El
reconocimiento de la propia situación es condición esencial para poder
empezar a escribir un nuevo capítulo de la vida. Si las personas no
reconocen las adicciones que padecen (a la droga, al trago, al juego, al
sexo) es imposible que emprendan el camino de la rehabilitación. Este joven
del texto evangélico pudo emprender el camino de su rehabilitación gracias
a que reconoció la situación en que se encontraba…
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El drama de
este joven, cuya vida estaba arruinada por el orgullo y los excesos, se
ilumina con la presencia del padre, un ser de una ternura infinita:
o
“Estaba
todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió
hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos”
o
En el
lenguaje simbólico de Jesús, este padre amoroso que acoge al “hijo calavera”
es Dios Padre, que recibe a los pecadores que se han alejado de Él.
o
En los
textos sagrados jamás se había hecho una descripción tan cálida del amor de
Dios hacia la humanidad. Las palabras no son suficientes para expresar la
intensidad de este momento.
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En medio de
este encuentro festivo, la nota discordante la aporta el hermano mayor, que
se siente celoso y se autoproclama juez de su hermano y de su padre, a
quienes critica con amargura.
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Esta
parábola del hijo pródigo nos deja profundas enseñanzas:
o
En primer
lugar, nos invita a reflexionar sobre la forma como vivimos la religión.
Ciertamente cumplimos con unas normas y preceptos, pero ¿no nos faltará
mayor generosidad, amor y comprensión? Quizás expresamos nuestra fe de una
forma muy cerebral, y nos falta pasión en lo que hacemos por los demás.
o
En segundo
lugar, esta parábola nos invita a revisar la imagen de Dios que hemos
modelado en nuestro interior. Este relato pone de manifiesto a un Dios que
tiene la ternura de un padre y de una madre, y que desea nuestra felicidad.
Con frecuencia, experiencias negativas en nuestra formación religiosa han
desfigurado el auténtico rostro de Dios – amor para mostrarlo como un ser
duro y distante que ejerce sobre nosotros una implacable auditoría.
o
En tercer
lugar, esta parábola nos descubre la dimensión profunda del “sacramento de
la reconciliación”, que no puede ser vivido como la presentación ante un
tribunal que nos condena, sino como el encuentro con Dios misericordioso
que nos abraza y nos devuelve la paz interior y la alegría de vivir.
jpelaez@javerianacali.edu.co |