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Lecturas:
o
Libro del Éxodo 24, 3-8
o
Carta a los Hebreos 9, 11-15
o
Marcos 14, 12-16. 22-26
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Hoy celebra la liturgia la fiesta del
Cuerpo y Sangre de Cristo, generalmente conocida por su nombre en latín,
fiesta del Corpus. Esta celebración busca que los fieles apreciemos el
maravilloso regalo que Jesús nos ha hecho al instituir la Eucaristía y
participemos en ella con renovado fervor.
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Digamos una breve palabra sobre el origen
de esta festividad. Fue instituida por el Papa Urbano IV para
recordar un hecho extraordinario acaecido en 1263, en Orvieto (Italia).
Mientras celebraba la misa, un sacerdote dudó de la presencia real de Cristo
en la eucaristía; mientras lo atormentaban las dudas, vio que salía sangre
de la hostia consagrada, y el corporal quedó teñido con el color de la
sangre. Esta pequeña pieza de tela se conserva en la catedral de Orvieto, la
cual fue construida para venerar esta reliquia. Tal es la historia de la
fiesta que nos congrega en este día.
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Desde la niñez hemos venido participando en la misa dominical.
Esta práctica forma parte de nuestra agenda semanal. Ciertamente es digna de
admiración y hay que apoyar la asistencia a misa del grupo familiar.
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Ahora bien, es posible que esta buena
costumbre haya traído, como resultado, una cierta rutina impregnada de una
excesiva familiaridad con este misterio de la presencia de Jesús sobre el
altar eucarístico. Los invito a sacudirnos de la rutina y a redescubrir
agradecidos este regalo.
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San Francisco de Asís reflexiona con
admiración sobre la presencia de Jesús en el pan y el vino eucarísticos.
Veamos cómo argumenta San Francisco en una carta que escribió a sus frailes:
o
Este santo, que percibía con particular
sensibilidad la presencia de Dios en la naturaleza, nos recuerda la
veneración que nos produce la Virgen María por haber llevado en sus entrañas
al Hijo eterno de Dios que asumió la condición de un niño indefenso. Su
vientre se convirtió en el más santo de los templos porque durante nueve
meses fue la morada del Hijo de Dios.
o
Igualmente San Francisco recuerda la
devoción que experimentan los peregrinos que visitan la ciudad de Jerusalén
ante el Santo Sepulcro. Los peregrinos rezan en silencio ante este lecho de
piedra que fue testigo del tránsito de Jesús de la muerte a la vida.
o
Pues bien - argumenta San Francisco -, si
experimentamos una devoción tan grande cuando recordamos que María fue
templo vivo del Hijo de Dios y que el sepulcro fue su morada transitoria,
¿qué decir ante el hecho de recibir en nuestra boca al pan vivo bajado del
cielo que nos nutre espiritualmente para que tengamos la fuerza para la
lucha de cada día?
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En esta fiesta del Cuerpo de Cristo hagamos
un alto en el camino para renovar nuestra fe en la presencia sacramental de
Jesucristo y agradecer el regalo recibido.
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Nosotros podemos entrar en comunión con
Dios de diversas maneras:
o
En primer lugar, a través de la
contemplación de la naturaleza. Observando la infinita variedad de criaturas
del macrocosmos y del microcosmos percibimos la infinita sabiduría y amor de
Dios que ha dado el impulso inicial al universo a través del Big Bang, como
nos lo explican los científicos.
o
En segundo lugar, entramos en comunión con
Dios a través de su enviado Jesucristo. En Él llega a su clímax la
revelación. Como camino, verdad y vida nos conduce hasta el Padre y nos
ilumina con el don de su Espíritu.
o
En tercer lugar, entramos en comunión con
Dios cuando participamos en la eucaristía y nos acercamos a recibir el pan
de vida.
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La eucaristía tiene una doble dimensión
pues es banquete y sacrificio:
o
Como banquete, es memorial de la Última
Cena, en la que Cristo expresa sus últimas recomendaciones y pide a sus
discípulos que se sigan reuniendo para compartir el pan de vida y la copa de
la salvación. Les dijo: “hagan esto en memoria mía”.
o
Como sacrificio, es memorial de su muerte
en la Cruz. Cada vez que participamos en la celebración eucarística
actualizamos el sublime gesto de Jesús que entregó su vida por nosotros. En
la Carta a los Hebreos, que acabamos de escuchar, se nos dice que “Cristo
es el mediador de una alianza nueva. Con su muerte hizo que fueran
perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza, para que los
llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que Él les había
prometido”
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La participación semanal en la eucaristía
no puede ser un hecho desconectado de las demás actividades de la vida.
Entrar en la iglesia para participar en la misa no puede ser visto como
entrar en una burbuja aislada del mundo:
o
Los relatos del libro de los Hechos de los
Apóstoles nos testimonian que la participación eucarística generaba una
dinámica para compartir entre todos los miembros de la comunidad.
o
Los grandes escritores cristianos de los
primeros siglos, conocidos bajo el nombre de Padres de la Iglesia, insistían
en las implicaciones sociales de la eucaristía.
o
Quienes entramos a la iglesia, que es la
casa de todos, no podemos considerar a los demás como extraños. Quienes
somos invitados a sentarnos a la mesa de nuestra Padre común, escuchar la
Palabra y alimentarnos del mismo pan, debemos crear vínculos de solidaridad.
o
Después de participar en el banquete y en
el sacrificio eucarísticos, debemos regresar a nuestras casas renovados
espiritualmente y motivados para servir a los demás, en particular a los más
pobres.
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Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. Que esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo nos saque de la
rutina y participemos, sorprendidos y agradecidos, en este encuentro con
Dios mediante la comunión con el Cuerpo del Señor. Y expresemos en la vida
diaria esta experiencia de fraternidad.
jpelaez@javerianacali.edu.co |