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Lecturas:
o
Libro del Levítico 13, 1-2. 44-46
o
I Carta de San Pablo a los Corintios 10,
31; 11, 1
o
Marcos 1, 40-45
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El domingo anterior el evangelista Marcos
nos describía cómo era la agenda ordinaria de Jesús. Durante su jornada se
alternaban las reuniones en las que explicaba la buena noticia del Reino,
sus diálogos y curaciones con los portadores de diversas enfermedades, y
los amplios espacios que dedicaba a la oración. Esto nos permite comprender
el lugar tan destacado que ocupaban los enfermos dentro de su ministerio
apostólico.
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El texto del evangelista Marcos que
acabamos de escuchar muestra la forma como Jesús se comunicó con un enfermo
de lepra, a quien curó y reintegró a la vida religiosa y social dentro de la
comunidad.
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Para poder entender la profundidad de esta
acción de Jesús, es necesaria una breve explicación sobre la manera como el
pueblo de Israel interpretaba la enfermedad.
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Empecemos por afirmar que cada cultura vive
la enfermedad de manera diferente. La enfermedad no es solo un hecho
biológico. Es una experiencia que el enfermo vive e interpreta según el
modelo cultural de la sociedad en que vive. Pensemos, por ejemplo, en la
cultura anglosajona; en ella, la enfermedad pertenece al ámbito privado y,
en consecuencia, se maneja con gran discreción. Por el contrario, en las
culturas latinas la enfermedad es un hecho que repercute en las relaciones
familiares y sociales, y muchas personas se sienten convocadas alrededor del
enfermo y de su familia; abundan las visitas, las llamadas por teléfono, los
arreglos florales y las canastas de frutas… Tenemos dos culturas – la
anglosajona y la latina – y dos maneras de vivir la enfermedad.
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Según la cultura de Israel, Dios está en el
origen de la salud y de la enfermedad. Por eso creen que una vida saludable
es resultado de la bendición de Dios, y que la enfermedad es un castigo
por algún pecado público u oculto.
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Los enfermos, considerados como apartados
de Dios por alguna razón misteriosa, suscitaban nerviosismo dentro de la
comunidad. Por eso, algunas enfermedades iban acompañadas de exclusión
social. Dentro de la mentalidad israelita, las enfermedades implicaban un
triple sufrimiento: el sufrimiento físico propio de la enfermedad como hecho
biológico, el sufrimiento moral por sentirse apartados de Dios, y el
sufrimiento social por la imposibilidad de participar en las actividades
sociales y religiosas de la comunidad.
ü
Después de iluminar el contexto cultural,
entremos a analizar la situación del protagonista del relato evangélico de
hoy:
o
El relato gira alrededor de un leproso. Es
importante decir que la palabra “lepra”, tal como aparece en la Biblia, no
corresponde a lo que la medicina moderna conoce como la “enfermedad de
Hansen”.
o
En la Biblia, la palabra “lepra” describe
un conjunto de enfermedades de la piel que resultaban repugnantes a la
vista y a cuyos portadores la gente evitaba.
o
La tragedia de estos enfermos no sólo
consistía en el sufrimiento físico, sino también en la humillación de
sentirse sucios, repugnantes, rechazados por la gente y excluidos de todas
las reuniones.
o
Volvamos a leer el texto que aparece en la
primera lectura de hoy, tomada del libro del Levítico: “El que haya sido
declarado enfermo de lepra, traerá la ropa descosida, la cabeza descubierta,
se cubrirá la boca e irá gritando: ¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro! Mientras
le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento”. Una
normativa cruel, violatoria de los derechos humanos y que sería objeto de
una acción de tutela…
o
Lo que más preocupaba a la comunidad no
era tanto el contagio sino el riesgo de quedar “impuros”, lo cual les
impedía participar en las actividades del culto.
o
El drama social que nos plantea este texto
evangélico es el de la exclusión. En nuestra época, con tantos avances en
ciencia y tecnología, siguen presentes estos prejuicios sociales que
pretenden aislar del cuerpo social a aquellas personas que manifiestan
ciertas patologías – pensemos en los portadores del VIH/Sida - , o muestran
algunas conductas inapropiadas. Se cree que la exclusión es la solución para
esas situaciones. Estos prejuicios son alimentados por la ignorancia y por
la hipocresía.
o
Estas realidades tan crueles nos permiten
comprender la carga emocional que hay detrás de la petición del leproso: “Si
tú quieres, puedes curarme”. Ser curado significaba la superación del dolor
físico, del drama moral de sentirse alejado de Dios y la inclusión en la
comunidad.
ü Jesús,
que había roto tantos paradigmas, vuelve a escandalizar a los presentes y
hace el gesto sorprendente de tocar al enfermo: “Sí quiero; sana”. No
pensemos que este gesto le resultó fácil a Jesús, pues desde niño había
sido educado dentro de la cultura de su pueblo, que rechazaba a estos
personajes. Superando el fastidio natural, Jesús entró en comunión física y
espiritual con ese enfermo.
ü
Los mensajes de este relato evangélico son
muy claros:
o
Jesús nos está diciendo que el amor al
prójimo no es un discurso etéreo sino que tiene que expresarse de manera
concreta y en las condiciones extremas.
o
Jesús está desenmascarando las hipocresías
sociales que nos hacen mirar con desprecio a ciertos sectores de la
sociedad.
o
Tomemos conciencia del drama de exclusión
que viven tantos hermanos nuestros para los cuales están cerradas las
puertas de la educación, de la salud, del trabajo; la sociedad les está
impidiendo el ejercicio de unos derechos básicos que emanan de su dignidad
sagrada como personas.
ü
Es hora de terminar nuestra meditación
dominical. Al meditar en la actuación de Jesús con el leproso, pidamos la
gracia de reconocer nuestros prejuicios de todo tipo; que tengamos abiertos
el corazón y la mente para interactuar con nuestros hermanos dejando a un
lado las apariencias, los olores desagradables, los estratos sociales, los
apellidos. Delante de Dios todos somos iguales.
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